Todavía Pasolini | Letras Libres
artículo no publicado

Todavía Pasolini

En 'Algo escrito', el crítico literario Emanuele Trevi recuerda a Pier Paolo Pasolini y reivindica su novela inacabada, 'Petróleo'.

Emanuele Trevi aborda Algo escrito (Sexto Piso, 2019) desde la nostalgia de la modernidad: “¡Ah, siglo XX, cuánto te echo de menos!” Menciona a Pynchon, Plath, Bernhard o Deleuze y Guattari para referirse a un tipo de escritura que ya no se practica. No es que la literatura haya muerto –qué bien que nos conceda esto–, sino que, desde hace treinta o cuarenta años, “limita drásticamente y de una vez para siempre sus posibilidades y sus prerrogativas”, y “empieza una época en la que la excelencia literaria coincide cada vez más con la habilidad de entretener”.

El papel del escritor, dice, ha pasado a ser el de un storyteller, del que Carver aparece como paradigma. En vista de estas anotaciones, parece que en su libro quiere recuperar algo de esos modelos pasados: homenajearlos, recuperar su filosofía, y quizá hasta sus formas. Y, de manera más concreta, de un modelo entre modelos como es la novela inacabada de Pasolini, Petróleo.

Desde este punto de vista, el libro es un pequeño fracaso. El texto está dividido en fragmentos de pocas páginas, a la manera de anotaciones sueltas; sin embargo, mantiene una linealidad, un hilo narrativo, que las citas intercaladas de Artaud, Nietzsche o Woolf no disimulan. Hay además varias páginas de notas y bibliografía, que buscan colocar el libro en un género híbrido que permita distanciarlo de la autoficción (la “emoción fundamental del reconocimiento”) que en otro momento se critica. Pero muchas de las referencias que hace están cogidas con pinzas. Un momento especialmente gracioso es cuando, hablando de personas que viven en un estado de agitación continuo, la nota remite sin más contexto a la idea de estado de excepción del “gran jurista Carl Schmitt”.

En cuanto al contenido, todo lo que no son referencias a sus personajes principales tiende a caer en un tono sentencioso o provocativo (“la rabia es lo más importante, ni las ideas, ni el talento en primer lugar, sino la rabia”), cuando no en el simple relleno (“esa península que se parece vagamente a un peine de hueso corroído por la sal marina, o a una letra del alfabeto de una lengua extinta”). Ambos se combinan, por ejemplo, en el epílogo, que narra un peregrinaje de Trevi a Eleusis –ahora “profanado” por la civilización– para establecer una analogía débil entre el lugar del rito por antonomasia y ese otro rito que se supone que es la obra final de Pasolini.

Dicho lo cual, el material del que parte Algo escrito es demasiado atractivo como para dejarlo pasar. Petróleo fue escrito a pedazos entre 1972 y 1975 y no se recompuso y publicó hasta 1992. Trevi trabajó en el fondo Pier Paolo Pasolini a principios de los noventa, así que conoce bien las circunstancias de escritura de esta pseudonovela, que son en buena parte las que condujeron al conocido final de su autor (“si nos preguntamos quién ordenó la muerte de Pier Paolo Pasolini”, dice Trevi en otra muestra de tono, “la primera en la lista de sospechosos debería ser la mediocridad”). La lectura de estos fragmentos reconstruye un argumento general y una simbología que ilustran las preocupaciones del último Pasolini. También contribuye a reforzar el misticismo con que los comentaristas envuelven su figura.

En Algo escrito, Pasolini aparece como “un individuo absolutamente auténtico, capaz, por tanto, de llegar a una especie de límite, de transformar su existencia toda en una manifestación de la verdad”. Quizá esto incurre en que, como en todo lo que he leído sobre Pasolini, al final se habla de todo menos de Pasolini. O mejor dicho, se habla de él pero se dice poco. Uno siempre se queda con ganas de que haya menos misterio y más de lo otro. Más de, como también se menciona, el reportaje fotográfico de Dino Pedriali, o el trabajo con los actores de sus películas, o cualquier otra cosa que le traiga a la tierra.

Por otro lado, el análisis de Petróleo alterna con pasajes autobiográficos acerca de su relación con la entonces directora del Fondo, Laura Betti. Betti, recordada como la criada de Teorema, y a la que Trevi se refiere como la Loca, es un testimonio de cierto “efecto Pasolini” que este ejercía sobre los que le rodeaban. En el libro se habla del amor (no correspondido) que ella le profesó durante el tiempo que compartieron, y de cómo a la muerte de Pasolini esto mutó en una agonía rabiosa, un desprecio hacia el mundo que duró los restantes treinta años de su vida.

Trevi vivió este desprecio en sus carnes: la Loca lo trataba de “putilla”, siempre que podía le recordaba que no iba a prosperar, y el día en que le presentó su primera novela publicada ella destrozó el ejemplar. Por otro lado, también le sirve como conexión con todo tipo de personajes interesados en Pasolini, desde académicos hasta sadomasoquistas, y en los pasajes en los que la acompaña en reuniones o eventos están las mejores páginas del libro. Sirvan de ejemplo la cena que ella celebró con sus amigos para ver los resultados de las elecciones de 1994, y que terminaría con la que fue la primera victoria de Berlusconi, o el momento en que, como represalia contra el trato recibido en un hotel, se levanta la falda y orina en la moqueta del ascensor que la lleva a su habitación.

Como ejercicio de estilo, Algo escrito tiene unos resultados dudosos. Más allá de que sea cierta esta ruptura entre la modernidad y esa “otra cosa” en la que estaríamos implantados, o de que lo sea en los términos que Trevi plantea, no parece una buena idea recuperar otros tiempos tratando de imitarlos de manera tan descuidada. Como recuerdo de Pasolini, reconozco que ese halo, por excesivo que sea, siempre me atrae a seguir leyendo sobre él. La recuperación de Petróleo y el retrato de esta magnífica Betti son las mejores excusas.