Sobrevenida autoridad no disputada en la cabina de proyección | Letras Libres
artículo no publicado

Sobrevenida autoridad no disputada en la cabina de proyección

Una historia sobre el comportamiento humano, la bondad de los desconocidos y los polluelos de ocas silvestres.

Lo más importante que me pasó la semana pasada fue que estando en la planta de arriba del cine al que había acompañado a mi amiga que iba a proyectar una película en 16 milímetros se abrió de repente la puerta y entró el taquillero, que con mucho tiento y una sonrisa tímida se me acercó a contarme que había una espectadora que venía con unas muletas porque se había caído y a preguntarme si podíamos hacer la excepción de dejarle ver las películas desde ahí arriba, donde las butacas están dispuestas de manera que podría estirar la pierna rota, no como en el patio de butacas donde las piernas hay que tenerlas flexionadas.

“¡Por supuesto, sin ningún problema!”, concedí con tan pocas dudas como legitimidad para hacerlo. Yo no había visto en mi vida a ese señor y él a mí tampoco creo que me hubiese visto, y aunque él para mí representaba la autoridad del cine en el que desempeñaba el trabajo de taquillero, resulta que a su vez él dedujo que la autoridad era yo, precisamente porque al abrir la puerta de la cabina de proyección improvisada el primer rostro que vio fue el mío. Yo estaba ahí por casualidad, pero estaba.

La primera persona con la que nos topemos y la naturalidad con la que responda a nuestras necesidades puede revestirse de cualquier cosa que proyectemos en ella. He ahí una manera de fundar una relación y de marcar su desarrollo. Así por ejemplo algunos animales toman por su madre al primer animal con que se encuentran. Copio del zoólogo y etólogo Konrad Lorenz: “Los pollos de ocas silvestres creen que es su madre el primer ser viviente que encuentran, y lo siguen con toda fidelidad. Pero lo cierto es que los patitos [ánades azulones] no querían saber nada de mí. […] Cuando los patitos estuvieron secos, los tomé bajo mis cuidados y recité las voces de llamada […]. Los patitos miraron hacia mí confiados, y esta vez no mostraron temor alguno. Cuando, sin dejar de imitar la voz de llamada de los ánades, empecé a moverme lentamente, ellos, obedientes, emprendieron también la marcha y me siguieron en apretado pelotón, de la misma forma que los patitos siguen a su madre”.

El veloz intercambio me dejó pensativa porque noté que confluían en él interesantes circunstancias y tendencias de comportamiento. Aún no había perdido de vista al taquillero, que se dirigía a transmitirle la buena noticia a la cinéfila encojecida, cuando me di cuenta del inmenso poder que podemos ejercer con esa actitud desenvuelta de la que acababa de hacer gala y la cantidad de beneficios que puede reportarnos el aplomo cuando se asienta sobre el desconocimiento ajeno. Ese es también el truco que usa alguna gente para hurtar en los supermercados: salir con el objeto sustraído sin pretender ocultarlo y con una actitud de total seguridad.

También me di cuenta de que yo había respondido a favor de la petición de aquel hombre por su actitud casi agradecida de antemano; su sonrisa y su tono anticipaban ya el agradecimiento por mi conformidad y de hecho la fabricaban un poco, la dejaban medio hecha antes de entregármela para que yo acabase de moldearla.

Quiero destacar también el sentido de responsabilidad que se despertó en mí: al sentirme responsable (y esto es también importante, porque la mayor parte de nosotros lo que queremos es una misión; los niños cuando se ponen tristes o pesados quieren misiones y los jóvenes de los que se habla en las portadas de los periódicos que se preguntan si quieren familias o libertad también quizá lo que quieran es una misión, y los viejos quieren también una misión) de la comodidad durante hora y media de una mujer que, debilitada y condicionada por la fractura del peroné, muy probablemente había visto reducidas sus posibilidades de ocio y dispersión, no pude detenerme a dudar si yo tenía o no el derecho de disponer de aquellas butacas a mi antojo. El mayor bien para la mujer coja era el eje alrededor del cual alguien debía tomar una decisión, y a esa luz en realidad la tomamos a medias el taquillero y yo, como dos personajes bufos de una obra que se preguntan retóricamente si no será mejor llevar a cabo lo que en realidad ya tienen decidido hacer.

Me pregunto también el papel que desempeñó el proyector de 16 milímetros en el desarrollo de los acontecimientos. Al igual que el uso de la jerga profesional o para los iniciados de la secta delimita muy claramente quién está dentro y quién queda fuera, las técnicas que algunos aparatos nos exigen conocer para su uso pueden dotar a quienes las dominan de un aura especial y establecen una jerarquía quizá arbitraria pero clara. Yo lo único que había hecho era sostener en la mano el rollo vacío donde se iba a enrollar la película durante la proyección, mientras mi amiga colocaba el rollo lleno. Pero ahí, para alguien que abría la puerta sin saber lo que iba a encontrarse, yo, a pesar de mi baja tasa de utilidad, aparecía como una extensión de la experta capaz de manejar la máquina, ese fetiche.

Creo que estas estructuras de comportamiento fueron algunas de las que se manifestaron en la parte de arriba de la sala, al amparo del proyector. Y creo que mi cerebro estaba muy receptivo porque había comido con cuatro personas a las que hacía tiempo no veía, lo que seguramente habría hecho saltar de sus chaises longues a algunas neuronas mías.

Termino con otra observación sobre el extraño, inconexo y enternecedor comportamiento humano. Por fin la sesión empezó. La mujer había subido acompañada por un hombre. Las butacas que habían elegido no tenían nada delante y pudieron sentarse a gusto. Nosotras estábamos un poco más adelantadas, junto al proyector, y sus voces nos llegaban desde atrás. La verdad es que el tipo no dejó darle al pico durante toda la proyección, pero la banda sonora de las películas, muy distorsionada, no nos dejaba distinguir nada claro entre su bisbiseo, aunque estábamos de verdad interesadas en lo que podían estar diciendo sin parar. Cuando acabó el tercero de los cortometrajes el silencio provisional nos permitió distinguir “Ya solo queda una. Eso es lo mejor”, lo que sin duda es una declaración extraordinaria para alguien que ha deseado tanto ver unas películas que se ha desplazado al cine con unas muletas y que ha pedido que le acomoden en una sala especial. Me pregunté qué sería lo peor. Espero que se le suelden los huesos pronto.