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Antes de la pandemia ya tuve un primer impulso de iniciar una correspondencia, aunque fallido. En el encierro abrí una tinyletter, con la mudanza empezamos a mandar cartas a los amigos perdidos. Pero no eran mis cartas, eran las cartas de mis hijos.

A veces mando cartas. Este año he recibido dos felicitaciones de navidad y una caja con dos botellas de vino. Creo que llegará alguna más. Me refiero a felicitaciones físicas, por correo postal. Yo he mandado alguna, sobre todo a los amigos de mis hijos de los que la pandemia nos ha alejado. Una postal hacia el Bierzo y otra hacia la calle Bravo Murillo, en Madrid.

Antes de que empezara la pandemia, escribí una carta a un antiguo amigo que había publicado un libro, creo que su primer libro, que yo leía por la calle mientras iba a recoger a los niños al colegio, y eso le contaba en la carta. Pensé que le haría ilusión recibir de una manera tan anacrónica mis impresiones sobre su libro. La verdad es que nunca me respondió a través de ningún canal, ni siquiera uno un poco menos antiguo, ni siquiera uno un poco más cómodo. Quiero decir que antes de la pandemia ya tuve un primer impulso de iniciar una correspondencia, aunque fallido. Durante el encierro abrí una tinyletter, el podcast de los pobres de tiempo, y mandé algunas minicartas con canciones y fotos. Lo que más me gustaba de esa tinyletter era la ubicación: Plaza de los Chisperos. Con la mudanza empezamos a mandar cartas a los amigos perdidos, que a su vez nos mandaban paquetes con castañas o dibujos y tatuajes. Pero no eran mis cartas, eran las cartas de mis hijos.

En mi empeño de cartearme, inicié una correspondencia en público, escribí un texto en respuesta a otro, pero la cosa no se prolongó más. Mi respuesta no provocó otra.

Las cartas y el cine. Entre tanto, he visto una película-correspondencia, Transoceánicas, de Meritxell Collel y Lucía Vassallo, de la que entré y salí a lo largo del metraje, y está bien así. Entendí al verlo la advertencia que hacía Sergio Oksman a sus alumnos de documental sobre hacer un corto sobre su abuela. Una estaba en Argentina, la otra en Barcelona. La correspondencia abarca varios años, un aborto espontáneo, una donación de óvulos, una ruptura y cierra con el reencuentro de las dos. Me recordó a la correspondencia entre Carla Simón y Dominga Sotomayor, una pieza breve que no recordaba haber visto.

News from home, de Chantal Akerman, está hecha con las cartas que le mandaba su madre a la cineasta belga mientras esta estaba en Nueva York. La vi este verano. Y hace unas semanas, Lettre d’un cinéaste à sa fille, una película de Eric Pawles, otro belga, de 2002. Se estrena A media voz, de Heidi Hassan y Patricia Pérez Fernández; también una correspondencia que no puedo ver porque no se estrena en mi ciudad.

Las cartas de Sylvia Plath. La editorial Tres hermanas publica el primer volumen de las cartas de Sylvia Plath, llegan hasta el año 1951, y lo que en la edición original se ha publicado en dos volúmenes aquí se hará en cinco. Esta primera entrega se cierra con una carta del 15 de diciembre en la que se despide de su destinatario con un “Vacacionalmente tuya, Sylvia”. Plath es aquí una niña y luego una adolescente. Escribe a su madre, casi cada día; escribe a un correspondiente alemán y a un lector de su primer cuento publicado, en la revista Seventeen. Me gusta una frase que le escribe a su madre: “La vida parece más bella. Tengo un chaleco salvavidas y hay tierra a la vista. Besos, Sivvy.”