Realidad Mikado | Letras Libres
artículo no publicado
Filippo Morgen

Realidad Mikado

Era un regalo poder enfrentarme al obstáculo material, un recuerdo de otra vida, como una visita a unos parientes donde nos dan a probar el té del tiempo, y que al menos mis aventuras me habían arrancado durante un rato del ordenador.

Cuando me asomé por la mañana a la ventana vi algo que me estremeció. Me ha pasado más veces, pero al primer vistazo me di cuenta de que rescatar el revoltijo textil en que se había convertido la ropa que había tendido el día anterior me iba a exigir unas competencias inusitadas, de astronauta en pruebas. De la ventana de mi cocina a la del vecino van dos cuerdas. Yo uso la del lado de acá; él la suya no la usa nunca. Mis pantalones, mis camisas, con la ayuda del viento nocturno, se las habían arreglado para enhebrarse entre las dos cuerdas formando una trama complejísima.

Como estos líos en la ropa se me hacen muy a menudo, lo que me hace sospechar que nuestro patio es uno de esos sitios donde da la vuelta el aire, mis amigos me suelen recomendar que me compre un tendedero portátil, pero no me gusta la humedad que producen y además, de vez en cuando, asomada a la ventana con las pinzas en la mano, me asalta una imagen de riqueza cósmica derramada sobre la humanidad, que para secarse la humilde ropa utiliza nada menos que la antiquísima estrella que organiza el sistema solar, el legitimador de las dinastías egipcias, el carro de Apolo, el símbolo de la vida y de la sabiduría y en términos más materiales una potentísima fuente de energía que desde una distancia de ciento cincuenta millones de kilómetros nos seca las bragas y los calcetines, y la imagen me recuerda a la de los lirios del campo y las túnicas de Salomón.

Cómo no voy a preferir tender la ropa al sol.

Pero mis atavíos de faraona interestelar se habían vuelto un problema en forma de gurruño inalcanzable en mitad de la cuerda. La sacudí un poco para comprobar la magnitud del embrollo y me senté al ordenador.

Al cabo de unas horas volví a asomarme a la ventana. No había mejorado nada, por supuesto. Peor aún, me dio la sensación de que la ropa se había agrupado más en el centro, volviéndose más inalcanzable. Se debe a que la cuerda nunca estuvo muy tirante, lo que dificulta estas operaciones. Blandiendo un palo de escoba me asomé a la ventana para intentar darle la vuelta a lo más cercano que había y así devolver cierto deslizamiento a las cuerdas por la polea. Pero nada. Qué desaliento. ¿Por qué se añade esto a tener que hacer la declaración de la renta por internet, etc.?

Busqué en internet qué hacer. Lío ropa tendida. Ropa colgada vendaval. Lo primero que aparece son fotos de distintos modelos de tendal, porque es todo una inmensa tienda. Pensé en llamar al ayuntamiento a preguntar qué hacer. No me puedo creer que sea yo la única persona a la que la ropa se le ha enredado tanto que no puede descolgarla. Este debe de ser un problema recurrente de las ciudades construidas en altura. De pronto recordé esas pinzas prensiles de colmado donde te cogen de lo alto de una estantería las latas que llevan caducadas desde el referéndum de la OTAN. Siempre había querido tener una. Salí a la calle y la encontré animadísima. Al pasar junto a unos niños sentados en un banco les oí decir “para qué quieres comprar condones falsos en la farmacia”. La verdad es que no entendí nada, pero luego me dije “ah, son unos golfillos, seguramente ahora se pondrán a fumar un pitillo de matalahúga”, y comprendí así la naturaleza del barrio, con sus patios de vecinos y sus botijos, y me dirigí alegremente a sus colmados. En la ferretería me ofrecieron una pinza de un metro setenta de altura y dos empuñaduras que costaba más que la ropa de la cuerda, pero el precio no era aquí el asunto. Mientras sacaba la tarjeta para pagar intenté pegar la hebra contando la historia en la que me había visto envuelta, porque me parecía una aventura muy de barrio, a juego con el tono que tenía todo, pero no me contestaron más que “ah” y salí pensando que todo se había perdido si se ha perdido la charleta circunstancial.

El artilugio se reveló útil. Apunté, dirigí, agarré, presioné, atraje. Rescaté una toalla, roja bandera en el mástil de la pinza. Me sentí victoriosa. Avanti Popolo! Pero el artilugio mecánico no era lo bastante largo. Había deslizado una nota bajo la puerta del vecino para intentar llegar desde su casa, pero no estaba. Quizá desde la ventana de mi baño llegaría al resto de las prendas. Me arrodillé en la ducha, porque como está elevada con respecto al suelo la ventana queda muy baja y me daba miedo caerme. Para entonces ya me reía a carcajadas de la escena, del patio de tebeo por cuyas ventanas, de vez en cuando, asomaban impotentes palos que trataban de alcanzar los colgajos indiscernibles.

Me reía y me entretenía pensar en la mezcla de pericias físicas e intelectuales que hacían falta para la operación. Visión espacial, pulso, resistencia, flexibilidad, coordinación. Los seres quiméricos capaces del éxito. Un ingeniero contorsionista, una oruga rapaz, un lavandero de Tarifa, un marinero experto en nudos titiritero. Un dron, pero hacía falta quien supiese dirigirlo; una tijera podadora para cortar la gordiana cuerda por lo sano, pero había que avisar a los vecinos de los pisos inferiores de que un látigo con ropa adherida iba a percutir quién sabe con qué fuerza en sus ventanas: ¡no se asusten!

Me desperté en mitad de la noche con la solución. Si hay alguien que sepa cómo resolver esto es un bombero. Me sonaba que las fachadas son competencia suya, así que al día siguiente me dirigí al parque cercano a mi casa para consultarles de viva voz y no mediante una confusa llamada de teléfono cómo podría resolver el asunto. “Quizá le parezca algo raro, pero…” comencé a través de la mascarilla. Era un bombero jovencísimo que me atendió muy amablemente y que miró las fotos que le enseñé en el móvil con tanta atención que incluso me lo pidió para ampliarlas, pero concluyó que estaba solo y que no sabía lo que había que hacer y no recuerdo si me deseó suerte. Finalmente recibí la visita de mi hermana, que no es bombera pero sí campeona de visión espacial. Escudriñó la cosa tratando de seguir el camino que había seguido la ropa y cómo había que empujarla a deshacerlo. Sacudió las cuerdas de una manera especial, lo que en instante produjo el alucinante espectáculo de una tela desenvolviéndose dócil hasta recuperar la forma de unos pantalones. Eso aflojó un poco el nudo general, y la polea de la cuerda volvió a correr unos centímetros. Entonces cogimos el artilugio prensil y alternando agarres y deslizamientos fuimos acercando toda la ropa y la recuperamos con entusiasmo mecánico y mental.

Por esos mismos días tuve otro accidente en la cocina. Me había hecho unos espaguetis para cenar y antes de servírmelos en el plato cogí el paquete con los que habían sobrado para devolverlo a un estante alto. Pero lo había cogido al revés y se me cayeron por la encimera, se desparramaron por el suelo y por la sartén como un juego de mikado. Ay, dije, y luego me reí a carcajadas por el puro gozo del slapstick y del caos.

¿Qué quiere decir que se me embrollen en mil direcciones las cosas que nos sirven para alimentarnos y taparnos? ¡Haznos caso! Entonces me di cuenta de que me tiraba el día trabajando y de que para acceder a las cosas a través de las pantallas nos pasamos el tiempo tecleando una absurdez de secuencias alfanuméricas que nos cargan el cerebro y los dedos y que era un regalo poder enfrentarme al obstáculo material, un recuerdo de otra vida, como una visita a unos parientes donde nos dan a probar el té del tiempo, y que al menos mis aventuras me habían arrancado durante un rato del ordenador y puesto a prueba mi naturaleza tridimensional y sometida a las leyes físicas con las que puedo lidiar con la mente, con el ingenio y con el cuerpo. ¡Y con la ayuda de mi hermana!