Puro glamour VIII. El bucle de Aravaca, pesadillas y Simone Weil | Letras Libres
artículo no publicado
Aloma Rodríguez

Puro glamour VIII. El bucle de Aravaca, pesadillas y Simone Weil

Un viaje en coche desde el Bierzo, paseos con tres niños y tres perros, gallinas que mueren de calor, parejas que nunca están solas, bibliotecas que flotan y Almodóvar como villano para niños.

Durante el viaje de vuelta de nuestras minivacaciones en el Bierzo descubrimos que se puede tocar fondo dos veces en muy poco tiempo: la pantalla táctil del ordenador portátil de mi novio se había roto, tal vez por haberla dejado al sol, y mi novio había encontrado una de segunda mano; solo que estaba en Collado-Villalba. Pensó que podíamos desviarnos en el camino de vuelta del Bierzo y entrar para recoger la pantalla. Cuando entramos en la autovía ya íbamos justos de tiempo. Paramos solo a estirar las piernas en un área de descanso y yo me enfadé porque no había baño y él no quería volver a salir de la autovía y que los tres niños quisieran bajar, etc., así que tuve que agacharme ahí, junto a la furgoneta, para hacer pis. A unos metros, separados por una acequia en desuso y unos árboles, dos familias comían en mesas de cemento. Ese fue el primer momento. El segundo fue poco después de recoger la pantalla y tratar de volver a la autovía, esta vez, camino de Zaragoza. Google maps nos llevó por Aravaca, donde descubrimos que es fácil entrar y difícil salir. Los niños estaban sorprendentemente tranquilos, sobre todo comparado con cómo habían sido los primeros minutos del viaje. La tercera vez que nos equivocamos en la misma rotonda, mi novio gritó. En el siguiente intento cogimos la salida correcta.


 

Volvemos y nos quedamos una semana en nuestra casa: vamos al cine, a tomar helados y mi madre acude con los tres perros. Tiene que ir a la óptica a recoger las gafas –uno de los perros le destrozó las suyas– y mi hermana y yo nos quedamos en la puerta de la heladería con los perros y los niños, los seis un poco asilvestrados, y yo me pregunto si habremos quemado las calorías del helado por el estrés de los perros y los niños. Vamos a Ejulve, el pueblo de mis abuelos, a pasar los dos días de más calor del verano. En el viaje de vuelta a Garrapinillos, el cielo anuncia el apocalipsis. Al día siguiente, una de las dos gallinas de mi madre está muerta. Pasamos el resto de las vacaciones en Garrapinillos, en la casa de mis padres, que un amigo bautizó como Garrapinillos-sur-mer. Este verano, ese nombre es lo más cerca que estamos de la playa. A mi madre se le acaban las vacaciones, el primer día tiene guardia hasta las cinco, pero quiere ir a por gallinas: quiere llevarse a los niños. Mi novio y yo pensamos secretamente que nos quedaremos solos en la casa: mi padre también ha vuelto al trabajo y mi hermana se ha ido de vacaciones. La mayor quiere ir a buscar las gallinas pero se marea y no quiere subirse a la furgoneta. El mediano no quiere separarse de mí. La pequeña lleva un rato sentada en su silla del coche. La mayor se echa a llorar porque quiere irse pero no quiere y quiere saber lo que quiere. Al final se sube a la furgoneta. El mediano se echa a llorar porque decide que también quiere irse. Cuando están todos en el coche, mi madre se da cuenta de que es demasiado tarde: el sitio de las gallinas ya está cerrado. Mi novio y yo nos subimos a la furgoneta: vamos todo a comprar, la nevera está vacía.


 

Hacemos una excursión a Lechago, se apuntan los dos pequeños, mi hermano mayor viene de Madrid, lo recogemos (tarde) en la estación de camino. Comemos en Calamocha, Lechago está muy cerca. Vamos a asistir al hundimiento de una biblioteca, tomando al pie de la letra una broma del escritor Félix Romeo –de cuya muerte se cumplen diez años en octubre. El padre de Félix es de Lechago y cuando en los noventa la construcción de un pantano amenazó con anegar el pueblo, Félix dijo que debería haber una biblioteca sumergida en el pantano. Mucha gente mandó ejemplares para la biblioteca, yo envié uno de mi primer libro, París tres, que le debe a Félix el título y también el impulso. El artista José Azul había construido la biblioteca con una hormigonera: lo llamó Félix Bomba de amor. Llegamos un poco justos y nos cruzamos con la comitiva, encabezada por el coche donde estaba la escultura-biblioteca. Se detuvo un momento para que Jonás Trueba, cámara al hombro, se cambiara de asiento en el coche de atrás. Había guardia civil indicando dónde aparcar. Los bomberos esperaban a la orilla del pantano de Lechago. Pero todo el mundo caminaba hacia el puente, desde donde se supone que veríamos el hundimiento. En realidad, todo fue un poco diferente a como se había previsto: la biblioteca no se hundía, flotaba. Me imaginé a Félix gritando “et pur flota, amiguitos”. Al final, los bomberos consiguieron hundir la biblioteca y ahora mis hijos juegan a ser bomberos: mirá, mamá, estoy hundiendo una librería, dice el mediano.


 

Leo El fuego de la libertad y comento la biografía de Anna Caballé de Carmen Laforet por whatsapp con una amiga. Laforet venía a Zaragoza al dentista (!) y pasó un mes en el Gran Hotel de Zaragoza. También estuvo en el Monasterio de Piedra y en Veruela escribiendo. Por supuesto, especulamos con que venía para estar con Rosa María Cajal. Entre el libro de las filósofas y la vida de Laforet hay una conexión más que pasa por Aragón: Laforet tuvo una abundante correspondencia con Sender que leyó a Simone Weil que estuvo en el Frente de Aragón durante la Guerra Civil. Me gusta una cosa que dice Simone Weil (y que recoge Wolfram Eilenberger en El fuego de la libertad) matizando a Marx: La revolución es el verdadero opio del pueblo. Cuando lo acabo me entretengo pensando en quién es quién del Equipo A: Simone Weil claramente es Murdoch; Ayn Rand es M.A. –no sería capaz de explicar por qué pero no tengo ninguna duda–; Simone de Beauvoir es Phoenix y a Hannah Arendt solo le queda Hannibal.

 

Supongo que como se anuncian muchos cambios en los medios, sueño con cosas de trabajo. Como la película de Almodóvar inaugura Venecia sueño que me sale curro como doble de luces de alguien en una peli de Almodóvar. Nos hacemos un poco amigos y yo pienso que es muy mal actor y que alguien le tiene que decir que no puede caminar así –en mi sueño, actúa en la película que dirige–. Me habla como si yo fuera muy joven y le acabo enseñando fotos de mis hijos. Cuando a la hora de la comida mis hijos se ponen a contar pesadillas, yo les cuento mi sueño con Almodóvar. Mi hijo mediano dice cuando acabo: Jo, qué mal sueño.