Puro glamour V. Los niños quieren volver a su hábitat natural | Letras Libres
artículo no publicado
Aloma Rodríguez

Puro glamour V. Los niños quieren volver a su hábitat natural

A pesar de la piscina, el huerto y los perros, los niños echan de menos sus juguetes. Entre tanto, la abuela recuerda el pasado pero olvida lo inmediato, los escritores tienen miedo de destruir su familia y en los libros infantiles está el secreto de la vida.

Mis hijos mayores quieren volver a la casa de don Jaime; cada noche, justo antes de dormirse, el mediano llora y grita que echa de menos sus juguetes y que se quiere ir a su casa. Su hermana mayor solo llora cuando le pregunto por qué quiere irse si se lo pasa tan bien en la piscina, y además están mis hermanos y mi tía y mi abuela. No me lo dice a mí, se lo cuenta a mi hermana: necesita estar en su casa, con sus cosas, como los animales en su hábitat. No debería escribir esto porque hace solo dos días me dijo que no le gustaba que repitiera lo que ella decía y que luego todos se rieran. Le dije que nunca hacía eso y luego me acordé de una frase del último volumen de los diarios de Trapiello que le vi subrayada a mi hermano, decía algo así como que no hay nada más vil que traicionar el secreto de un niño. Pactamos volver a la casa de Zaragoza un lunes por la tarde: me aterra la idea de la nevera vacía, de pensar otra vez en comidas y menús y en la previsión logística de la que en casa de mis padres se encarga mi madre con la férrea supervisión de mi hermana.

Mi abuela está en casa de mis padres, la primera semana se cayó y pasó unos días con un ojo morado y unas tiras de aproximación en la ceja. A los días le salió un moratón en la pierna. Ahora ya no sale por la puerta que da a las escaleras por las que se cayó, cuando quiere salir, rodea y sale por la otra puerta. Está perdiendo memoria a corto plazo, y eso hace que pregunte lo mismo muchas veces en muy poco tiempo. Sus obsesiones van cambiando según hitos: cuándo venía mi tía, cuándo se iban mis tíos, dónde están los niños de mi hermano, cuándo presenta mi hermano su libro en Ejulve, y quién se lo presenta. Introduce todas las preguntas con “Así”. Estamos esparcidos en los sofás y las mesas después de comer, unos leyendo, otros trabajando, algún niño puede estar dormido, y ella, como si recuperara una conversación dice: Así, ¿cuándo dices que viene Isa? Nos pregunta también qué día es: ¿A qué día estamos pues? Una noche nos lo pregunta tantas veces que nos da la risa porque nos confundimos. Ella se da cuenta y se echa a reír también. Así, ¿cuándo es la presentación en Ejulve?, me dice. Y antes de que pueda responder, añade: No te creas que va a ser la única vez que te lo pregunto. Mi hija mayor es muy cariñosa con ella, se sienta a su lado y le pide que le enseñe a coser. Mi abuela habla de su melena. A veces se pone a contar cosas del pasado y entonces yo dejo el libro y le presto toda mi atención. Me habla de la señora Bibiana, ¿en qué piso vivía? En el de arriba, con sus dos hijos y sus nueras. Menudas. Estaba también la señora Visitación, que vivía en la casa que ella y mi abuelo compraron. Una de las dos le decía: Isabel, que si te haces de miel se te comerán las moscas. Y ella dice o sea y encoge los hombros.

Tengo una amiga que está escribiendo sobre su historia familiar, hay una parte muy personal, un drama particular e íntimo, y otra que conecta con algo generacional y con un momento concreto de España. Tiene miedo de lo que pueda pasar cuando su madre lo lea. Philip Roth citaba mucho una frase de Czesław Miłosz: “Cuando en una familia nace un escritor, esa familia está acabada”. Vamos juntas al concierto de León Benavente y le susurro una frase de Carrière: “Un buen guionista cada mañana debe matar a su padre, violar a su madre y traicionar a su patria”.

El concierto de León Benavente es el 9 de julio, se cumplen trece años de la muerte de Sergio Algora.

La casa de don Jaime está ordenada, impoluta y fresca. Todo está en su sitio, no hay libro ni juguetes por en medio. Llevamos unos gallos que nos ha dado mi madre para la cena. Llevamos un tupper con fideua. Nos han metido también un tomate y media docena de huevos. En menos de dos horas, ya parece que haya pasado un huracán. Juguetes, libros, pinturas, platos con restos de comida, olor a gallo frito.

Me ha llegado un libro, Con el tiempo, de Isabel Minhós Martins y Madalena Matoso, edita Fulgencio Pimentel e hijos. Es un álbum ilustrado, me seduce la sencillez del dibujo, los colores como bloques y cierta tosquedad aparente que es a la vez delicada. Habla del paso del tiempo y de que el tiempo no se ve, pero sí se ve cómo cambian las cosas y eso es el tiempo: los pantalones largos se vuelven cortos, el pan se vuelve duro, las galletas, blandas.

Mi amiga Emilie está en Zaragoza, un poco de paso, como siempre. Quedamos en bodegas Almau, en la terraza, donde en 2007 presenté mi primer libro. Está con más gente, algunos no me reconocen hasta que me bajo la mascarilla para beber de mi vaso. Al principio, tenía a los tres niños agarrados a mis piernas, me imaginaba a mí misma como un dibujo animado, un cuerpo del que salían tres cabezas de niño. Poco a poco se han ido soltando: juegan con las piedras, me las meten en el bolsillo, en el bolso y el mediano –mi amiga me dice que parece u actor de Lecoq– se deja su helicóptero de juguete encima de la mesa. Al día siguiente viene Emilie a traerlo. Se ha comprado una casa en el campo, cerca de Nantes, es funcionaria. ¿Cómo ha pasado esto?, dice. Tenía una vida guay, una compañía de teatro, viajaba, iba de gira, hacía entrevistas en la radio. Podría responderle con una frase de Con el tiempo: “Con el tiempo, perderás algunas cosas… ¡y ganarás otras!” Pero la verdad es que creo que nadie sabe muy bien cómo se convierten sus vidas en lo que son y que por eso leemos novelas y vemos películas. Vuelve a anotar en su móvil algunos nombres de directores de cine franceses que siempre le doy y luego olvida y cuyas películas jamás ve. Antes de irse nos enseña un vídeo de su hija. Qué pelo tan largo, digo. Como el de la tuya, dice entre risas.