Puro glamour. Las tres motos de mi novio | Letras Libres
artículo no publicado

Puro glamour. Las tres motos de mi novio

Hace unos meses mi novio me dijo que estaba pasando por la crisis de los 40, que cumplió en marzo. Me dijo que una de las cosas que pasan es que te preguntas si has tomado las decisiones correctas y fantaseas con la posibilidad de otra vida.

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Cuando me quedé embarazada la primera vez, mi novio se compró una moto. Por supuesto, todos nuestros amigos y yo nos burlábamos de él: cliché con patas. Él, que ha ido desarrollando y mejorando una gran capacidad para justificar todas sus decisiones, hasta las más absurdas, explicaba: Ya sé que no es el típico vehículo familiar, pero en realidad sí ayuda porque hará que vuelva antes a casa del curro. Se compró una que en realidad no le gustaba, me gustaba a mí, pero nunca me llevó. Era una Van Van negra. Él odiaba esa moto: enseguida le pilló manía, así que cuando me quedé embarazada por segunda vez ya tenía otra moto: una más grande, roja, para la que había tenido que sacarse el carné específico y en la que tampoco nunca me monté. No recuerdo por qué la vendió, pero cuando me quedé embarazada por tercera vez ya no se compró otra moto. Con una de las dos motos tuvo un accidente, se dio un golpe en la rodilla y a veces todavía le duele, aunque no sabe si es de ese choque o de viejo. La última temporada en Madrid, iba en bici al trabajo y se compró un piano. Después un soporte para el piano.

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Hace unos meses mi novio me dijo que estaba pasando por la crisis de los 40, que cumplió en marzo. Me dijo que una de las cosas que pasan en la crisis de los 40 es que te preguntas si has tomado las decisiones correctas y fantaseas con la posibilidad de otra vida. Buscas en tu pasado. Todo eso lo había leído en internet. Había entrado en la página de Facebook de antiguos alumnos de su colegio. Le pregunté si estaba deprimido o solo petado de trabajo. Las dos un poco. Y, además, me dijo, no encuentro a ninguna de mis exnovias en internet. Le dije que eso era imposible y los dos nos pusimos a buscar: nada. Tampoco de mi exnovio encontré nada. La brecha digital. A él le tranquilizó saber que lo que le estaba pasando era eso, y que le pasaba a todo el mundo, que era normal y no se estaba volviendo loco. Me dijo que, según había leído en internet, en la crisis de los cuarenta hay un cuestionamiento y una búsqueda interior: es como que te haces un mundo interior, me dijo. Y luego se metió conmigo: así que a ti no te pasará.

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Desde hace meses fantaseo con pasar la noche en un hotel de la ciudad, me da igual que esté en mi misma calle, a mi novio le parece un sinsentido. Mi hermana me manda fotos del Kadrit, un hotel de esos en los que no ves a nadie y tiene espejos en el techo. Está en Cadrete. Una amiga me cuenta que un novio la llevó a uno de esos sitios y que son más horribles de lo que parecen. Yo solo pienso en dormir una noche del tirón, en una cama de sábanas blancas, en un montón de almohadas y cojines blancos. A mi novio no le convence nada. Busco hotel con spa. Ni así. Uso lo que es para mí un argumento irrebatible: buffet libre. Nada. Desisto. Ni siquiera le convenzo con unos versos de Enrique Cebrián en los que se cita con su mujer en un hotel, “como dos amantes que escondiesen un oscuro secreto”. Mi novio tiene otros planes: que nos vayamos de vez en cuando a pasar un fin de semana a una casa rural, sin los niños, quizá baste con una noche, no muy lejos de Zaragoza. Dejamos a los niños con mis padres en Garrapinillos y nos vamos nosotros. Pero claro… Reconozco esa muletilla, después de eso viene su argumento imposible para justificar una decisión absurda. He pensado, empieza, que podemos ir en moto, y así tenemos lo que los dos queríamos. No sabía que querías una moto. La que no me compré con la tercera, dice.

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Mi novio se ha comprado un mono de motorista, botas, un pantalón y una chaqueta. También un chaleco protector que me anima a tocar y luego golpear: cuando lo tocas está blando, si lo golpeas está duro. Le digo que es un poco como el experimento ese que hicimos con los niños del agua y la maicena, que a lo mejor su chaleco también es fluido no newtoniano, aunque no sé exactamente qué quiero decir. Tendrás que pensar en la ropa que quieres llevar tú. Me mareo del susto: la idea de pensar en enfundarme en un mono de plástico o cuero me aterroriza. Nota que preferiría no hacerlo. Hay ropa normal, me dice, no todo tiene que ser apretado. Pienso en Halle Berry vestida de Catwoman, luego en Halle Berry en bikini saliendo de la playa. Luego me pelo un kiwi.

 

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