Puro glamour. La canción de las princesas | Letras Libres
artículo no publicado

Puro glamour. La canción de las princesas

Una odisea matinal para llegar al colegio a tiempo.

Vivimos tan cerca del Pilar que desde casa se oye el Angelus. Suena tres veces al día, puntual, a las nueve, a las doce del mediodía y a las ocho de la tarde. Dan la hora, y en nuestro caso, son un sobresalto: nos avisan de que llegamos tarde. Siempre y a lo que sea. Al cole, a la cena, a todo. Por la mañana, lo ideal es que suene la canción de las princesas, como llaman los niños al Angelus, cuando estamos ya hacia el final del puente. El puente de piedra sobre el río Ebro, protegido por una pareja de leones a cada lado. Cuando pasamos por debajo vemos los testículos asomando y a veces, alguno de mis hijos grita que el león tiene caca.

Nunca suena la canción cuando debería: suena siempre demasiado cerca de nuestra casa, o sea, que llegamos tarde. A veces la canción suena antes de llegar al puente. Alguna vez suena cuando estamos en medio. Entonces mi hija mayor, que lleva gafas desde hace dos meses, se alegra de lo bien que lo hemos hecho y nos da la enhorabuena. Odia llegar tarde. Aunque ya no llora cuando eso pasa. No le quedarían lágrimas.

El día que más tarde llegamos la canción sonó cuando todavía estábamos en casa. Ni siquiera la oímos: era todo como una película de acción, un momento antes de la batalla, pero en lugar de repartirnos armas y posiciones solo se oían reproches y amenazas. Ponte las zapatillas, el abrigo, ¿por qué no te has puesto el abrigo? No necesariamente en tono sosegado. Las mochilas, el almuerzo, el agua, la mascarilla. Intendencia. Salimos de casa todos a la vez. La pequeña y su padre irán en una dirección y los mayores y yo en la contraria. Al llegar abajo, el padre se da cuenta de que ha bajado a la niña en el carrito sin atarla, pero no nos da tiempo de discutir.

Mi hija mayor llevaba varias semanas sin llorar hasta que un lunes descubrió a mitad de camino que nos habíamos dejado los patines en casa. Los lunes tiene patinaje como actividad extraescolar y está contenta con la profesora nueva porque les deja beber agua, me dice. Pero ahora está llorando mientras cruzamos el semáforo y yo le digo que no pasa nada, que se los llevo a las cuatro y media, lo prometo, estaré allí puntual, no me voy a olvidar. Y ella llora más fuerte hasta que se calma. Entonces, su hermano me suelta de la mano y me grita que se está haciendo caca y que quiere ir a casa. Nunca hace caca fuera de casa. Solo en casas que son prolongaciones de la nuestra, o sea, la de mis padres. Fue tres años a una madre de día, con ella dejó el pañal y nunca hizo caca en su váter. Su hermana mayor en cambio no deja un baño sin testar. A los dos les encanta hacerme entrar en el supermercado que hay al lado del cole para hacer pis cuando les recojo por la tarde. Y a mí me parece que no hay nada más deprimente que esos baños al lado del garaje, pero entro en el ascensor con el carrito y un niño a cada lado y le doy al -1.

Esa mañana estábamos ya en la puerta del colegio, mi hija mayor caminaba hacia su edificio. Yo iba de la mano del otro. Lo cogí, pesa poquísimo y aún se adapta a los huecos como un bebé, a pesar de que no lo es. Estaba llorando. Sus amigos nunca lo habían visto llorar, me di cuenta porque en cuanto nos vieron empezaron a comentarlo como si acabaran de ver a un pez caminando. Dejamos el abrigo y la mochila en la percha y nos metimos en el baño que no era, como nos avisó una profesora. Mi hijo lloraba pero un poco menos. Me decía que se aguantaba. Es lunes, le dije, hoy sales a las cinco y media. Lo senté en la taza y me fui a pedirle papel higiénico a su profesor. De vuelta en el baño me crucé con una niña, me miró inquisitivamente y yo, aprovechando que llevaba mascarilla, le saqué la lengua.

Poco después, dejaba a mi hijo y lo que había quedado de papel higiénico con su profesor. Como siempre hace, entró en la clase sin mirar atrás, como si no me conociera. Nunca se da la vuelta. Habría escapado de Sodoma y Gomorra sin ningún riesgo de convertirse en estatua de sal. Son las 9:10. Le pido a Siri que me avise para llevarle los patines a mi hija mayor a las cuatro y media. Estoy a punto de darle las gracias, pero me lo pienso mejor: es una máquina. Me doy cuenta de que he vuelto a salir de casa sin dinero: el hombre que pide en el puente me volverá a mirar mal.

Capítulo siguiente.