Puro glamour. El culo siempre va detrás | Letras Libres
artículo no publicado
Daniel Gascón

Puro glamour. El culo siempre va detrás

Sobre niños empeñados en vestir de negro en julio, tener miedo a conducir, ponerse las bragas de tu abuela y consejos que valen para todo.

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Nos hemos trasladado a la casa de mis padres, en las afueras de las afueras, porque hay piscina y campo y mi madre tiene vacaciones y los niños ya han acabado el colegio. Somos tantos que es imposible no poner el lavavajillas en horario de tarifa punta, la ropa limpia se acumula sin doblar durante el día y para cuando está doblada algún niño pasa por ahí y tira los montones deshaciendo el trabajo de otro. Pero nos bañamos y cogemos higos y nísperos de los árboles. También frambuesas. Mi hermana riega y mi madre dice, con cierto enfado e incomprensión, que este año todos los tomates son cherry.

El traslado a la casa de mis padres pone en evidencia que ya no puedo retrasar más el momento de superar mi miedo a conducir: si cada vez que tengo que ir a Zaragoza necesito un chófer o alguien que me acompañe, dice mi novio, estamos perdiendo recursos que necesitamos porque tenemos tres niños –cinco mientras estuvieron mis sobrinos– y hay muchas cosas que hacer, etc. Aprovecho un viaje de mi padre a la ida y uno de mi madre a la vuelta. Mi madre lleva la furgoneta de nueve plazas y en el aparcamiento del Mercadona nos cambiamos de asiento. Le digo que es tan larga que no veo el culo, y ella me dice que para qué lo quiero ver, si el culo me sigue, que me preocupe solo del morro. Lo que tienes que hacer, me dice, es coger el carril que te lleva a casa y no soltarlo. Me desarma con sus frases entre la claridad aplastante y el disparate. Es como Confucio con pelo rizado y fumadora compulsiva. Sorprendentemente, consigo aplicar su consejo y llegamos a casa sin sobresaltos.

Mi hijo mediano sigue empeñado en vestir de negro con mallas negras y camisetas de manga larga a pesar del calor. Este año, al menos, se mete en la piscina con la ayuda de un churro que sujeta bajo los hombros y que tiene que estar centrado. Es el que más celebra que haya conducido la furgoneta por primera vez.

Me llega la cita para la unidad de mama después de que me quejara de un leve dolor en la teta derecha. Hay un bultillo, algo muy pequeño en realidad y que la mañana del jueves, a última hora, el ginecólogo que atendió el parto en el que nací apenas podrá ver en la ecografía. Ni siquiera lo llamaría bulto, me dice. Pero eso será después de que discuta con mi madre y mi hermana: me parece absurdo pagar por una consulta teniendo en cuenta que me ven a final de mes. No es la primera vez en estos meses que nos dejamos llevar por el pánico: hace unos meses unos análisis de sangre más bien rutinarios revelaron que la velocidad de sedimentación lanzaba cifras anómalas. Repetimos los análisis y todo era normal. Después de la discusión (mi madre insiste en pagar ella la consulta, yo le digo que no, luego le hace bizum a mi hermana y le dice que tiene que pagar ella) digo que llevo unas bragas que no son mías. Son de mi abuela. Pero si llevan eso que marca el culo, digo. ¿Qué te crees que tu abuela no es coqueta?, me dice ella. Ahora voy en el coche blanco, mucho más manejable, camino de Zaragoza con mi hermana de copiloto, se enciende un cigarro y yo pregunto: pero ¿fumas? Desde la pandemia. Dice que cuando tenga hijos lo dejará. Aparcar nos lleva unos diez minutos y el sitio era bueno.

La clínica es blanca y luminosa. Es un sitio agradable. Ahora vacío, imagino que por la pandemia y el verano y la hora. El ginecólogo nos hace esperar. Fue profesor de mi madre y quien me dijo hace años que era biológicamente perfecta. ¿Se acordará de mí?, le he preguntado a mi madre por la mañana. ¿Cómo no se va a acordar de ti, si te nació él? Habrá nacido a muchos más desde entonces. Pero contigo se asustó mucho. Lleva el pelo más largo que la última vez que lo vi, se ha punsetizado un poco. Le digo que hasta hace poco vivía en Madrid, que tengo tres hijos. Anota: tres gestaciones y tres partos. Tres lactancias, le digo. La última acabó hace un año. Me palpa con los ojos cerrados, como hizo la matrona en mi tercer parto cuando el bebé no bajaba a pesar de las contracciones, a pesar de todo no se colocaba y nadie sabía por qué. Ahora no estoy asustada y no me duele nada. Ni siquiera me siento ridícula con las calzas encima de las converse negras un poco sucias de tierra. Además, las bragas que llevo hoy son de mi hermana. Me pone el ecógrafo y en la pantalla aparece una especie de mar blanco y negro. Dice que hay mucha grasa y poca parénquima, y yo lo que entiendo es que es la manera técnica de decir que tengo las tetas pequeñas y fofas. La ansiedad puede acabar en enfermedad, me dice. Yo no veo nada más que acumulación de tejido, no hay vascularización ni calcificaciones. Pero en cualquier caso, si hay que aplacar la ansiedad familiar te hacemos una mamografía esta tarde. Me acuerdo de Cléo de 5 a 7. Mientras esperamos que traigan el informe con las tres fotos que me ha hecho de mi teta derecha me pregunta por mis cuñadas. Y yo me siento un poco como en una pieza de Chéjov. Mi hermana está a mi lado y le dice que a ella también la ha visto. ¿Por qué han salido más bonitas en esta copia?, pregunta a la enfermera que trae el informe. Unas son en color y otras en blanco y negro.

Mi hermana y yo nos despedimos en la puerta: ella vuelve a casa y yo me quedo haciendo cosas un rato más. Hace mucho calor y cuando llego al autobús que me lleva casi hasta la casa de mis padres tengo mucha sed y la ropa pegada por el sudor. No tengo saldo en la tarjeta del bus y desde la pandemia no se puede pagar con dinero, así que saco la tarjeta de mi hija, que viaja gratis pero necesita esa tarjeta para subir al transporte público, y la acerco tapando la foto con mi mano. Me siento y aviso para que vengan a buscarme. Baja en Clavería, me dice mi padre, salgo ya.

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