Postal desde Zaragoza | Letras Libres
artículo no publicado

Postal desde Zaragoza

A la ida, mi ciudad parece una ciudad del norte de Europa con edificios modernos y un río y su ribera y todos en bici con casco. A la vuelta, mi ciudad me hace pensar en Roma, donde nunca he estado, pero a mi ciudad se la conocía como la Florencia española hasta la Guerra de la Independencia.

Querida señorita en Madrid, 

Tres días a la semana voy paralela al río unos tres kilómetros, según Google maps. Primero a un lado de la ribera, luego al otro. Es curioso, a la ida el camino me deprime: la gasolinera, un carril bici que toma curvas en ángulo recto y la sede de la televisión autonómica que de pronto ya no parece tan grande ni tan alejada de la ciudad como era en mi cabeza. La ciudad de la justicia está en lo que queda de la Expo. Hay muchas parejas con carritos, puede que también se dé de alta allí a los recién nacidos en el registro. Y cuando veo a esas parejas empujando su carrito siempre me imagino dentro un bebé minúsculo y me acuerdo de mi primer bebé minúsculo y de la sensación de terror y extraña calma de los primeros días del primer bebé. Yo voy un poco más lejos. Hay cafeterías con terrazas.

A la vuelta todo lo que a la ida me resultaba gris me parece encantador, supongo que es porque suelo llevar el viento a favor y hay más bajada que a la ida. El camino es el mismo, y voy dejando atrás las terrazas que abrieron con la Expo, el Helios, que es un club de natación al que históricamente se apuntaban los pijos.

A la ida, mi ciudad parece una ciudad del norte de Europa con edificios modernos y un río y su ribera y todos en bici con casco. A la vuelta, mi ciudad me hace pensar en Roma, donde nunca he estado, pero a mi ciudad se la conocía como la Florencia española hasta la Guerra de la Independencia. Tiene el encanto de las cosas antiguas y sólidas. El otro día, paseando por la ribera, descubrí que en esa zona, donde la arboleda Macanaz, hubo hace años una zona de baños en el propio río. La zona donde se permitía nadar estaba delimitada con unas boyas. Y había un edificio que en la foto en blanco y negro me hizo pensar en Biarritz, donde sí he estado.

Me gusta cruzar el río dos veces en bici y unas cuatro andando de camino al cole y a casa, con y sin hijos. Me gusta que en mi recorrido habitual vea el cielo todo el rato. Los primeros días me di cuenta de que esperaba los edificios altos de Madrid enmarcando lo que veía. Ahora es todo cielo abierto, casi siempre despejado, por el viento, a veces con niebla.

En realidad, hace poco que he vuelto a mi ciudad después de nueve años en Madrid, de donde huye la gente y de la que yo en el fondo me sentí expulsada. Echo de menos Madrid o, mejor dicho, echo de menos una idea de Madrid. Echo de menos estar en Madrid, porque se supone que es donde las cosas pasan. Como si estar en Madrid me fuera a hacer mejor escritora. Debería escribir un libro, la cara B del de Jabois, Irse de Madrid.

A veces, si no pillo ningún semáforo en rojo voy del tirón casi hasta el final de la ciudad. Llego cansada y adelanto a algunos ciclistas, otros me adelantan a mí y veo cómo avanzan sin esfuerzo los de los patinetes eléctricos. Pero a mí me gusta tener que pedalear.

Me he ido de una ciudad a otra ciudad. La ciudad a la que he vuelto es mi ciudad. Y no dejo de pensar en que Madrid ha sido un poco mi ciudad estos años. Cuando voy a Madrid me pasa como me pasaba cuando volvía a Zaragoza: lo miraba todo como si hablara de mí y de lo que he cambiado. Creo que de lo que estoy hablando es de que soy melancólica.