Por qué escribe Deborah Levy | Letras Libres
artículo no publicado

Por qué escribe Deborah Levy

En Cosas que no quiero saber, la primera entrega de su "autobiografía en construcción", la escritora sudafricana habla de hombres y mujeres, errores y embestidas, reconstrucciones y momentos de felicidad, siempre desde una visión feminista.

Una respuesta a George Orwell. Cuando la escritora nacida en Sudáfrica Deborah Levy (1959) –autora de novelas como Leche caliente (Anagrama) y Nadando a casa (Siruela)– escribió Cosas que no quiero saber (2014) no sabía que ese libro iba a ser la primera entrega de lo que llama “Autobiografía en construcción”. La segunda entrega, El coste de vivir, llegó cinco años después. Los dos libros se acaban de publicar en España (en Penguin Random House) –la tercera entrega que cerrará la trilogía se espera más pronto que tarde–, donde Levy ha participado en la celebración del Día Orwell con la charla “Con voz propia. Lengua, literatura y la política del silencio”.

Cosas que no quiero saber lleva como subtítulo “Una respuesta al ensayo de 1946 de George Orwell ‘Por qué escribo’”. En su texto Orwell establecía los cuatro grandes motivos que movían a los prosistas, a saber: egoísmo puro y duro, entusiasmo estético, impulso estético y propósito político. Levy divide su libro en cuatro capítulos, cada uno lleva como título uno de los motivos que daba Orwell. Lo que descubre Levy es que el propósito, al menos el político, de su escritura está en el feminismo. Cosas que no quiero saber explica por qué escribe Deborah Levy, pero también desde dónde lo hace y cómo eso condiciona o no sus libros y sus lecturas.

Saltos en la memoria. El libro está lleno de citas de La vida material de Marguerite Duras, también aparecen Simone de Beauvoir y Julia Kristeva. El recuerdo de esas lecturas le llega a través del mordisco a un albaricoque. Levy está en Mallorca, en una pensión semisecreta a la que los huéspedes llegan buscando calma, silencio. Ella acudió allí buscando lo mismo, en una época en que “la vida se hacía cuesta arriba y yo andaba peleada con mi suerte y sencillamente no veía hacia dónde ir, lloraba sobre todo en las escaleras mecánicas de las estaciones ferroviarias”. A Mallorca se lleva Del amor y otros demonios, Un invierno en Mallorca, de George Sand, y un cuaderno en cuya tapa había escrito “POLONIA, 1988”.

Recupera algunas notas de ese cuaderno, otras que le sirvieron para novelas, luego pasa al albaricoque y se acuerda de las mujeres con las que esperaba a que sus hijos salieran del colegio, y de ahí a Duras, Kristeva y Beauvoir. Ese salto en la memoria la lleva a un capricho: chocolate con un 99% de cacao. La tienda la lleva un chino de Shanghái, le habla de “Jorge Sand”. Luego se cruzan y, cuando ella dice que no habla francés, él pregunta: “¿Por qué los ingleses no habláis otros idiomas?”. La respuesta corta es que ella no es del todo inglesa. La larga es el relato que ocupa el resto del libro: su vida desde más o menos los cinco años –cuando su padre es detenido y encarcelado por protestar contra el apartheid– hasta los quince años, ya en Reino Unido y con sus padres ya separados, y siendo ella una adolescente bastante cretina y egoísta que “sabía que lo que más quería en el mundo era ser escritora”.

Orson Welles y los finales felices. “Tal y como nos enseñó Orson Welles, si queremos un final feliz, este depende de dónde acabemos la historia”, escribe Levy en El coste de vivir. En esta segunda parte de su autobiografía en construcción, Levy está divorciada y vive con una de sus hijas, la otra está en la universidad. La casa en la que viven apenas tiene agua caliente y la calefacción está estropeada. Casi todo necesita reparación. Los muebles de la otra vida no caben en esta casa. “Pensaba con claridad, con lucidez; la mudanza a la colina y la nueva situación habían liberado algo que vivía atrapado y rígido. A los cincuenta años me puse en forma, justo cuando se suponía que mis huesos debían perder fuerza. Tenía energía porque no me quedaba más opción que tenerla. Debía escribir para mantener a mis hijas y tenía que ocuparme de cargar con todo. La libertad nunca sale gratis”.

Un año más tarde, que Levy pasa escribiendo en un cobertizo que le alquila una vecina y yendo de un sitio para otro en una bicicleta eléctrica, se reúne con el padre de sus hijas para celebrar la Navidad juntos. Ahora, dice, “la máscara social de marido y esposa habían caído y volvíamos a vernos. Quizá lo que veíamos era demasiado humano para soportarlo”. El coste de vivir quizá se ve lastrado por el deseo de interpretarlo todo a través de un único filtro y que la vida responda a las categorías teóricas. Es mejor cuando no tiene ese afán de explicarlo todo como consecuencia del patriarcado; cuando habla de hombres y mujeres, errores y embestidas, reconstrucciones y momentos de felicidad como si se tratara solo de eso, de la vida.