Pedro Sorela, el infinito como creación | Letras Libres
artículo no publicado

Pedro Sorela, el infinito como creación

'Quién crea la noche’, la novela póstuma del escritor, es una autobiografía en clave poética. A través de sus personajes encontramos todas las facetas que Sorela reunió: el escritor, el viajero, el profesor, el periodista, el pensador, el dibujante y el poeta.

“Cuántos millones de líneas escribe una tormenta”, se pregunta el profesor Leonardo Hurtado al reencontrarse con Miriam, una antigua alumna de Límites y Deslímites, la asignatura no obligatoria que impartía en la universidad, convertida en “una plaza tomada por los geómetras” de la realidad cuantificable. Con ella irá en busca del frío que llega de golpe a las madrugadas del desierto, donde cada noche es distinta como una revelación. Es una de las 35 historias que se entrelazan en cada capítulo, o relato, de Quién crea la noche, la novela póstuma del escritor Pedro Sorela (Bogotá, 1951-Madrid, 2018), publicada por Alfaguara. Es una obra que evoca una herencia y un tiempo que se desvanece, anticipándose a un futuro de fronteras invisibles cuya dimensión todavía desconocemos.

Con el mundo entero como escenario, decenas de personajes atraviesan esta novela desde una encrucijada que los empuja al viaje, a encontrar lo que no sabían que buscaban. La suma de lo vivido por cada uno de ellos crea una composición coral vívida y una original estructura narrativa de hilos invisibles que anudan cada historia a la siguiente. “El viaje es lo que sucede detrás de los ojos, no delante, y al igual que la literatura hace posible que de nuestro mundo hagamos una creación”, decía el autor que concebía el viaje, tema central de toda su obra, como creación, la condición misma de la libertad.

El viaje es el antídoto de todas las fronteras que Pedro Sorela combatió, de los muros que parcelan la realidad de un modo artificial, de los tópicos, las etiquetas, los cajoncitos, los pasaportes y “la industria identitaria, la más grande y poderosa jamás creada sobre la tierra”. Todos sus personajes experimentan, a partir del viaje, una transformación que los acerca a lo inesperado, a hacer de la propia vida una creación.

Heredero de Saint-Exupéry, Pedro Sorela dio continuidad al pensamiento humanista del aviador francés, sobre el que escribió (era un experto) y al que hizo numerosos guiños en toda su obra. Con él compartía, entre otras cosas, una particular forma de ensalzar la grandeza del hombre y de entender la escritura como un instrumento de revelación de lo esencial. También los dos supieron preservar esa mirada poética, por curiosa y libre, del niño que sigue vivo en el adulto.

El sol como disfraz

La publicación de la novela póstuma coincide con la reedición de El sol como disfraz, su novela, y también ensayo, sobre el periodismo que primero ejerció y luego enseñó durante treinta años en la Universidad Complutense de Madrid, como singular maestro recordado por generaciones de alumnos. “Todo lo que se dice en una clase es peligroso porque puede haber alguien que lo recuerde siempre”, pensaba el profesor Diego de la Balma, uno de los personajes de Quién crea la noche, que decía conformarse si conseguía contagiar a los alumnos su alergia al tópico.

Pedro Sorela enseñaba en sus clases que la curiosidad es lo más necesario y lo que antes pierde el periodista, la profesión en la que más rápido envejece la mirada. Esa mirada que, tanto en la literatura como en el periodismo, busca lo extraordinario, busca el matiz que evita los lugares comunes. “Para descubrir una máscara hay que usar otra, sí, como una palanca”, dice uno de los periodistas de El sol como disfraz.

Desde esa mirada creadora, que el autor consideraba la condición misma del arte, Sorela sugiere ahora un nuevo diálogo entre El sol como disfraz y Quién crea la noche, dos obras que en el universo del escritor simbolizan, a través del sol y la noche, las dos aristas de una misma alegoría: el sol como la máscara que disfraza y uniforma la realidad con una apariencia deslumbrante frente a la noche que, siempre distinta como la oscuridad infinita del desierto, evoca la permanente sugerencia de la creación. En el Sahara Pedro Sorela había descubierto que el desierto es “la tierra que se toma más tiempo y espacio para anunciarse” porque en ella nos espera una revelación que cambia el propio lugar en el mundo: el infinito. El infinito no como abstracción sino como silencio, un silencio que no es y que, como ocurre en la escritura, está lleno de vida y encierra el misterio de la sugerencia.

Aritmética de la escritura

Desde esa escritura desnuda y profunda, Pedro Sorela alcanza en Quién crea la noche una fuerza que anuda cada historia a la siguiente de un modo natural, como aquello que no tiene principio ni final. Ya desde el título evoca dimensiones que no podemos comprender y para las que ni siquiera disponemos de un lenguaje suficiente. Entonces solo queda la sugerencia, que abarca infinitas posibilidades y que siempre implica al cómplice lector. El autor lleva esta idea del infinito como creación a la propia estructura de “muñecas rusas” que desarrolla en la que podemos considerar su obra maestra, donde reinventa la técnica literaria de mise en abyme, a la que incluso se refiere en algún momento de la novela para hablar de la perspectiva de los edificios de Hong Kong.

La expresión mise en abyme fue introducida en la literatura por André Gide, mentor literario de Saint-Exupéry, para referirse a una técnica empleada en el arte desde la antigüedad y en la que a través de una construcción en abismo se cuenta una historia que nace de otra y así sucesivamente. Lo hace sin que se note el proceso, sin que ninguna línea rompa el equilibrio, lo que también se debe a la importancia que siempre concedió al ritmo. Desde esta original construcción narrativa propone una visión del mundo en la que desvela fronteras invisibles, realidades que se ocultaban a simple vista.

En el famoso Retrato de Giovanni Arnolfini y su esposa el pequeño espejo del fondo descubre, desde otro punto de vista, aquello que el primer plano esconde tras la apariencia del posado. De igual modo, Sorela se sitúa en una perspectiva alejada de lo previsto para mostrarnos su propia visión del mundo y desvelar una realidad esquiva que solo puede alumbrarse desde la creación. Como le ocurre al último personaje de Quién crea la noche, un intérprete que se transforma repentinamente en compositor, “poseído por una emoción que temía perdida”.

Pedro Sorela ofrece más pistas sobre la aritmética de su escritura cuando dice que “la resolución de un problema matemático equivale a un viaje y este a una novela: al comienzo solo se adivina el camino, surgen imprevistos, el héroe los vence y el final no es si no el punto de partida de otro problema, otro viaje, otro cuento”. También lo hace a través de la historia de un cocinero que crea nuevas recetas a base de condimentos imposibles para un determinado plato, ingredientes que luego escamotea en las historias que inventa sobre sus creaciones, con apariencia antigua y verosímil, pero que no desentonan con la receta. Recurre para ello al fino humor, la ironía y el ingenio que recorre toda su obra, cuajada de ocurrentes metáforas y comparaciones únicas que lo acercan al característico mamagallismo de García Márquez, autor sobre el que era un reconocido experto, y su Colombia natal.

Quién crea la noche es también una autobiografía en clave poética. A través de sus personajes encontramos todas las facetas que Sorela reunió: el escritor, el viajero, el profesor, el periodista, el pensador, el dibujante y el poeta. Están reunidos también todos sus grandes temas y un amplio catálogo de sus referentes culturales, así como de la simbología que desarrolló en toda su obra.

Como es el caso de Tres de Marzo, su ciudad mítica, símbolo de ese mundo ya desaparecido que conoció y siempre añoró, en el que un abuelo explorador podía descubrir que el sentido de la vida no era el hallazgo sino la búsqueda. Es un mundo sin televisión en el que la permanente sugerencia era el efecto que producían los silencios de los cuentos que un padre dejaba sin terminar. O en el que la nostalgia por Sudamérica podía llevar a que una madre pagase veinte dólares por un aguacate de un amarillo grisáceo que le serviría para ilustrar las historias sobre aquellas tierras de abundancia que les contaba a sus hijos antes de dormir.

Es un mundo, relata, en el que no se trataba de parecerse sino de diferenciarse, la condición misma de la belleza, que no admite réplica. Pedro Sorela combatió la fealdad como síntoma de una época que consideraba de escaparate y diseño, de escenarios cartón-piedra, de vida envuelta en el plástico de la mediocridad: “Hemos postergado lo trágico y lo escondemos detrás de vacaciones, hipotecas y pantallas”, decía.

Sin embargo, piensa uno de sus personajes, “es todo ese contacto con los muertos, la tormenta, los relámpagos… lo trágico, si se quiere, pero lo trágico verdadero, pese a todo, lo que me permite, lo que me hace escribir”; escribir como el campesino que permanece en la siembra hasta el mismo día de su muerte, escribir como lo hacía el aviador que no distinguía el acto del verbo, escribir para sugerir como consecuencia de una vida que Pedro Sorela dedicó al infinito como creación.