No te cambies por nadie | Letras Libres
artículo no publicado

No te cambies por nadie

Quizá sea ahora un buen momento, aunque solo sea porque no hay otra cosa que hacer y porque esa evidencia es nuestra única certeza, de buscar la satisfacción en ser cada cual, con nuestra potencia y nuestro rango único de percepción del mundo.

La afinidad es un proceso que se mueve por el detalle. Recordamos el conjunto por un fragmento advertido de reojo, un verano por una noche, una noche por una frase. De un cuadro preferido nos fijamos en el brillo de una jarra, en alguien que se asoma a la ventana, en un perrillo que no se sabe qué hace ahí o en la acción que transcurre al margen del tema principal. Hay mucha consciencia manifiesta de este efecto en el Paisaje con la caída de Ícaro, de Brueghel el Viejo, que parece invertirlo al mostrar en el centro un campesino arando vestido de rojo y que reserva una esquinita para las piernas de Ícaro, ya casi hundido entre la espuma. Dice Auden en su poema Musée des Beaux Arts: “…El labrador oyó seguramente / el rumor de las aguas y el grito inconsolable. / Pero el fracaso no lo conmovió: / brillaba el sol como brilló en el cuerpo blanco / al hundirse en las aguas verdes…”

De esa misma manera recordamos a veces detalles de los libros que no son necesariamente lo más característico. También es inexplicable por qué afloran en ciertos momentos. Tengo muchos escritores favoritos y muy presentes pero hay algo de Albert Cossery que me ha acompañado desde que lo leí hace muchísimos años. Debió de ser en La casa de la muerte segura, porque no he leído otra novela suya. La novela cuenta la historia de una casa ruinosa en mitad de El Cairo, de su abyecto propietario y de sus desgraciados inquilinos. Es una cadena de sordideces. Lo que yo recuerdo es esta imagen: un pobre de solemnidad ve pasar un cochazo, yo lo recuerdo como un descapotable rojo brillante que atraviesa con ostentación el miserable barrio. Y el último de los desheredados, al verlo pasar, se dice que nunca, ni en el peor de sus días, ni ante el palacio más magnífico, ha deseado ser otra persona que él mismo. Y esa convicción era su riqueza.

Sin que yo la convocase esa imagen me ha venido a socorrer siempre que he estado triste, que he sentido que todo era un fracaso, que lo había echado todo a perder o que no estaba aprovechando bien las cosas. Y de ahí, del pasmoso darme cuenta de que yo era yo y no otra, y mi vida era esta y no otra, he sacado una fuerza, o una certidumbre no sé en qué pero irreductible (hasta el siguiente disgusto por lo menos). Claro que a pesar de las contrariedades yo era joven a fin de cuentas y era mona y vivía cómodamente y me querían, pero a un buen axioma debe exigírsele que funcione en todos los casos. Espero que sea igual cuando sea vieja y quizá crea a veces que ya no tengo nada que dar ni que tomar. Ese regalo me habré hecho desde mi juventud, el mensaje entregado por el menesteroso cairota desdentado. Y se lo agradezco a Gutenberg de paso.

En la actual familiaridad impuesta con nosotros mismos y en este no contar más que con lo que tenemos a mano, quizá esa imagen nos ayude. Que existes, que estás aquí y que eres tú. Quizá sea ahora un buen momento, aunque solo sea porque no hay otra cosa que hacer y porque esa evidencia es nuestra única certeza, de buscar la satisfacción en ser cada cual, con nuestra potencia y nuestro rango único de percepción del mundo. No “seré mejor”. No “irá mejor”. Sino “no me cambiaría por nadie”. El respeto a uno mismo que nace del fondo de la existencia y que también nos sostendrá, inadvertido, en momentos futuros más despreocupados.

La traducción del poema de W. H. Auden es de José Emilio Pacheco.