Natalia Ginzburg: Una primera novela | Letras Libres
artículo no publicado

Natalia Ginzburg: Una primera novela

Dicen que en la primera obra de un artista están ya todos los hilos de los que tirará a lo largo de su carrera, que la madeja de su obra está hecha ya de alguna manera

La primera vez. En el prólogo a El camino a la ciudad, Natalia Ginzburg cuenta que empezó a escribir este libro en septiembre de 1941 –durante su exilio en los Abruzos– y que quería escribir una novela. “Al comenzar temí que me saliera, una vez más, un relato breve. Aunque al mismo tiempo también temía que me saliera demasiado largo y aburrido. Recordaba que cuando mi madre leía una novela demasiado larga y aburrida siempre decía: ‘¡Menudo rollo!’. Hasta ese momento nunca me había dado por pensar en mi madre cuando escribía. Y si lo había hecho, siempre me había parecido que no me habría importado mucho su opinión. Pero en aquel momento mi madre estaba lejos y yo sentía nostalgia. Por primera vez sentí el deseo de escribir algo que le gustara a mi madre. Para que no fuera un rollo escribí y reescribí muchas veces las primeras páginas, tratando de ser lo más directa y esquemática posible. Quería que cada una de mis frases fuese como un latigazo, una bofetada”.

Una idea extendida. Dicen que en la primera obra de un artista están ya todos los hilos de los que tirará a lo largo de su carrera, que la madeja de su obra está hecha ya de alguna manera. No sé si es siempre cierto, o si esa afirmación se hace siempre de manera inductiva, es decir, desde la última obra a la primera. En este caso, ya había leído El camino a la ciudad, la primera novela de Natalia Ginzburg, y cuando la leí, ya había leído otros libros suyos. Además, mi relectura está profundamente contaminada por el amor profundo que siento por sus textos: por la manera en que aborda sus protagonistas a través de una mirada un poco chejoviana en la que no hay condescendencia ni idealización. También por el gusto por el lenguaje y por cómo trata de mantener que las palabras que usan sus personajes sean las palabras que usarían en la vida real. En El camino a la ciudad aparecen algunas cosas que seguirán apareciendo en el resto de textos de la escritora italiana: el más evidente, las relaciones personales. Las idas y venidas, la incapacidad de enfrentarse a los sentimientos propios y ajenos, y cómo esos malentendidos y cosas no dichas son los que trazan las vías por las que se desarrolla la vida. Y está también esa sensibilidad –que es quizá una de las cualidades innatas de Ginzburg más valiosas como escritora– para levantar un universo de ficción fijado en detalles que construyen una atmósfera verosímil.

La escritora pequeña. En “Mi oficio”, un texto de 1949 contenido en Las pequeñas virtudes, Natalia Ginzburg escribió: “hay un rinconcito de mi alma donde sé muy bien y siempre lo que soy, es decir, una escritora pequeña, muy pequeña. Juro que lo sé. Pero no me importa mucho. […] Prefiero creer que nadie ha sido nunca como yo, por pequeña escritora que yo sea, aunque como escritora sea una pulga o un mosquito”. Siempre vuelvo a Natalia Ginzburg porque me pasa con sus textos lo que Calvino decía que ocurría con los clásicos, que nunca termina de decir lo que tiene que decir. O dicho de otro modo, que en cada nueva lectura encuentro algo diferente que se me había pasado por alto. Por ejemplo, esa cita sobre que es una escritora pequeña la he usado más veces, y en cada nuevo uso descubro una arista que profundiza en el sentido que creo que quiso darle Ginzburg. Se dice escritora pequeña en muchos sentidos: quizá porque no aborda los grandes temas, quizá porque no es grandilocuente, quizá porque le interesan los dramas privados, las historias íntimas… También porque en ese momento sus libros no tenían apenas lectores. Y en esa cita veo hoy una defensa de la individualidad creadora.

Engaños, muerte y depresión. La edición de El camino a casa, con traducción de Andrés Barba, en Acantilado, lleva tres cuentos además de la primera novela de Ginzburg. Son “Una ausencia”, “Una casa en la playa” y “Mi marido”. Este es un libro muy triste en realidad, aunque no lo parezca. Hay infidelidades, reales e imaginarias, depresiones, matrimonios de conveniencia y no por amor, y líos de parejas en los que siempre pierde alguien, aunque no se ahonde en el drama ni cuando hay drama. Esa es otra de las virtudes de Ginzburg: no subraya la tragedia, como si no quisiera explotar la condición de víctima de sus personajes para que no nos compadezcamos de ellos, como si quisiera protegerlos del paternalismo. Por eso, entre otras cosas, me gustan sus novelas, cuentos y obras de teatro. Y creo que por eso también se define como escritora pequeña.