Michèle Bernstein: alcohol, promiscuidad y sentimientos | Letras Libres
artículo no publicado

Michèle Bernstein: alcohol, promiscuidad y sentimientos

En 'Todos los caballos del rey', que acaba de reeditar Anagrama, la escritora parisina narra la historia de una pareja y sus aventuras sentimentales extraconyugales y consentidas.

La debutante. Cuando escribió Todos los caballos del rey, Michèle Bernstein (París, 1932) no quería hacerse un lugar en el mundo de las letras. Su plan en realidad era que la novela se convirtiera en un best-seller. Las ganancias del libro irían a la Internacional Situacionista, Bernstein era miembro y una de las fundadoras. La novela se publicó en 1960 y su autora fue saludada por Mauriac, que la reseñó en L’Express, como “el monstruito de la temporada”. Bernstein trabajaba en una editorial y envió su manuscrito a cuatro. Fue rechazada en las cuatro. En una de ellas, el escritor y periodista francés François Nourissier se fijó en ella, pero le ponía reparos a uno de los personajes, Hélène. Así que Bernstein le devolvió el manuscrito con una promesa: había hecho desaparecer a Hélène. Lo que había hecho era cambiarle el nombre: en la nueva versión se llamaba Virginie. La novela la publicó Buchet / Chastel en 1960 y en 2004 la reeditó Allia. Anagrama la tradujo en 2006 y acaba de publicar una segunda edición.

Amoríos y aventuras. Todos los caballos del rey es una novela sobre una pareja y sus aventuras sentimentales extraconyugales y consentidas. En ese sentido, el prólogo de Allia dice que el argumento recuerda al de Las amistades peligrosas. La de Bernstein es una novela pretendidamente ligera, aparentemente frívola, y como sucede en la de Laclos, los satélites de la pareja, aventurillas o amoríos, según la narradora, son víctimas de los tejemanejes y los juegos de amor de Gilles y Geneviève, la narradora, y sus sentimientos les importan bastante poco. Pero eso no significa que no sientan nada por ellos. La naturaleza de los afectos y lealtades es bastante compleja e inasible. Las aventuras transcurren en París, en noches que se prolongan hasta altas horas de la madrugada, en bares, casas o en las calles, y en dos pueblos de la Costa Azul. Hay alcohol constantemente, y comidas y conversaciones ingeniosas y chicas que tocan la guitarra y cantan y aspirantes a poeta y a pintor. Se come, se bebe y se hace el amor en elegantes elipsis: “Aquella noche pasaron cosas inesperadas. Por la mañana, no habíamos dormido.” O: “Cuando Carole se fue a su cuarto, en el que durmió muy pocas veces, nos quedamos mucho rato jugando al ajedrez.”

Buenos días, aburrimiento. Cuando se publicó la novela, la prensa se preguntó si era una parodia. En parte, sí. Tiene algo de pastiche del estilo Sagan: frases más bien cortas que imponen un ritmo veloz, personajes tendentes a la melancolía y a la manipulación. A veces, cuando en la novela de Bernstein los personajes van de un pueblo a otro en coche de noche y borrachos, me temía lo peor: un accidente, muertos. En parte, porque no dejaba de pensar en Buenos días, tristeza. Sin embargo, y afortunadamente en este caso, como recuerda la cita de Racine que encabeza la tercera parte de la novela, “No es indispensable que en una tragedia haya sangre y muertos: basta con que la acción sea noble, con que los actores sean heroicos, con que las pasiones estén exacerbadas y con que todo padezca esa tristeza majestuosa que constituye el agrado sumo de la tragedia”. Geneviève en general no está triste, a veces de mal humor, eso sí, y muchas veces aburrida, pero por voluntad propia. A diferencia de Gilles, que se dedica según él cuenta, a la reificación, es decir, “Me paseo. Más que nada me paseo”, Geneviève trabaja en una agencia de publicidad.

Una novela en clave. La promiscuidad y la libertad en las relaciones amorosas me hacía pensar en La mamá y la puta, de Jean Eustache, pero también en algunas películas de Éric Rohmer que suceden en casas de verano cerca de playas o lagos y en las que los personajes hablan sin parar. Todos los caballos del rey puede leerse como una novela en clave en la que Bernstein se oculta tras la narradora, Geneviève. Gilles esconde a Guy Debord, que en 1967 publicó La sociedad del espectáculo. Debord y Bernstein estuvieron casados una década. Bernstein publicó otra novela en 1961, La noche, y fue cronista literaria de Libération durante quince años.