La noche turolense: Revolución social en la España vacía (y 2) | Letras Libres
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La noche turolense: Revolución social en la España vacía (y 2)

Metaficción, un rodaje, violencia y un giro inesperado de la trama en La Cañada: nueva aventuras de un hipster en la España vacía.

[En el capítulo anterior.]

DEL DIARIO DE SANTIAGO ESPONERA MARTÍNEZ DE ISÁBENA

El pueblo estaba en silencio, como cuando haces un chiste sobre la expareja de la novia en una boda. Eduardo y yo hemos salido de la fonda, donde la chica que nos ha gritado nos había conseguido una habitación, y hemos cruzado la plaza sin hacer ruido. Hemos dado con la iglesia y luego hemos bajado por la calle mayor hasta llegar a la casa del cura. He llamado a la puerta con la mano.

-Mosen -he susurrado-. Padre.

No ha habido respuesta. He estado forcejeando para encontrar el timbre. Y, al encontrarlo, me he dado cuenta de que no era buena idea. ¿Qué potencia tendría? ¿Y si despertaba a todo el pueblo?

He salido de debajo del portal, he dado un paso atrás y he visto que había una ventana con una reja. No estaba muy alta.

-Hazme pies -le he dicho a Eduardo.

Eduardo me ha impulsado y he conseguido agarrarme a la reja. Luego he visto que no era tan fácil llegar a la ventana desde ahí. Eduardo me sujetaba los pies, he conseguido tocar el cristal un par de veces.

-Mosen. ¡Mosen!

-Alejandro, que te llaman -ha dicho alguien.

-¿Quién es?

-Un hombre.

-Hostia puta. Ahora bajo.

-No, no, es aquí en la ventana.

-Pues abre, anda.

-Sí, hombre. Abre tú, que es tu casa.

-¿Y si es tu marido?

-Tienes que responsabilizarte de tus cosas, ya te lo he dicho.

-¡Santiago! -me ha dicho Eduardo.

-Eduardo, no me grites, que estamos uno encima del otro. Te oigo perfectamente.

-Perdón.

-No pasa nada.

-Vale.

-Pero me querías decir algo.

-Sí.

-Pues dímelo, chico.

-Me meo.

-No jodas.

-Las cervezas.

-¿No puedes aguantar un poco?

-No, tío. Me meo vivo.

-¿Entonces?

-¿Puedo irme? ¿Bajas?

-No, vete. Que yo me aguanto.

-Vale, sigue, que yo aguanto.

Al final la ventana se ha abierto.

-¿Qué pasa?

-Padre.

-Sí.

-Santiago Esponera Martínez de Isábena, para servir a Dios y a España -le he tendido la mano, pero he tenido que volver a agarrarme a la reja, no me fiaba mucho de aguantar solo con una mano.

-Muy bien. Un placer. ¿Pasa algo?

-He venido a rescatarle, padre.

-¿Rescatarme de qué?

-De este pifostio. La revolución.

-¿La revolución?

-El pueblo está en poder de la horda roja.

-Me cago en Dios, ¿y para eso me despiertas?

-Salimos esta noche y por la mañana nos han perdido la pista. Es para aprovechar esas horas.

-La revolución. La horda roja.

-Sí.

-Mira. Mañana tengo que ir a un montón de pueblos. Me voy a dormir. Y a ti más vale bajarte de ahí. La próxima vez que venga un borracho a tocarme los huevos igual le tiro una maceta a la cabeza.

Ha cerrado la ventana y he saltado. Me he torcido el tobillo pero no es grave, y además solo me ha visto Eduardo. Se reía un poco por lo bajo el cabrón y le he dado una colleja.

No sé si el cura está conchabado o desconfía.

 

DEL CUADERNO DEL HIPSTER

Por las tardes, cuando saco a pasear a Yanis, hablo un poco con Werner Diddledock. Se ha convertido en una costumbre. Es verdad que solo ha pasado tres veces, pero así se construyen las tradiciones. Yo le pregunto por el rodaje y él me pregunta por las fiestas del pueblo, por el queso de Carmelo, por la vegetación local. Se ve que es un hombre con una curiosidad infinita. Por ejemplo, un día me preguntó hacia dónde iba cada carretera del cruce. Creo que en parte le decepciona que yo no sea un campesino de verdad, aunque le gustó que le enseñara mi huerto.

Habla un español macarrónico. Dice que lo aprendió en los años setenta, cuando se dedicaba al contrabando de películas porno húngaras con el célebre Gernot Dudda. A veces pasamos al inglés. Al principio me daba corte preguntarle por el cine. De todas formas, aunque él no saca mucho el tema, me suele contestar. He pensado que sería bonito hacer un libro sobre estos diálogos, un poco como el Hitchcock/Truffaut: Conversaciones en La Cañada. Lástima que no tenga tiempo. Pero me debo a mis responsabilidades como alcalde.

El otro día le pregunté por el plano secuencia de Dry Lightning, que terminaba en un espejo. Era el plano más famoso de la película. Varios directores han intentado imitar el movimiento final, como no les salía decían que eran homenajes.

-¿De qué va? ¿Es la de las hormigas? -me preguntó.

-No. Es la que se basa en la teoría del chivo expiatorio de Girard. Explica que toda sociedad se funda en un crimen.

-¿La de Anne?

-¿Anne?

-Anne Greaves.

-Ah, sí, claro.

Estábamos sentados en la barbacana a la entrada del pueblo. Una chica llegó corriendo, era del equipo de arte. Llevaba dos pañuelos en la mano, le preguntó a Werner cuál prefería para Lisa. Él miró un momento y eligió el más oscuro.

-No me acuerdo de cómo lo hice. Mira que como se hizo tan famoso lo intenté repetir un montón de veces pero nunca me salió igual. Esa película la hice porque estaba enamorado de Anne. Estaba muy distraído.

Le comenté mi hipótesis. Había pasado horas en la cafetería de la facultad hablando de eso.

-Puede ser y me casé con una amiga suya, que por cierto también era actriz. ¿Dices que la película va del chivo expiatorio?

-Sí.

-No me acuerdo muy bien, la verdad.

-Es una de sus mejores películas.

-Fue uno de mis mejores matrimonios.

 

DEL DIARIO DE SANTIAGO ESPONERA MARTÍNEZ DE ISÁBENA

Hoy se ha producido una situación extraña. Todavía le estoy dando vueltas.

Una chica, extranjera, caminaba despistada por la calle mayor hacia la plaza. No sé qué le preocuparía, parecía perdida en sus pensamientos. A mí eso no me pasa nunca. No es porque, como decía mi exmujer, perderse en mis pensamientos sea como perderse en el pasillo de casa. Es porque un buen español no pierde el control de lo que pasa en ninguna parte de su cuerpo: cuando menos te lo esperas te la lían como una comunidad autónoma desleal. Los reinos de taifas ni en pintura. Otra cosa no, pero ya sabemos a dónde llevan. De todas maneras, volviendo a este caso particular, estaba claro que la chavala estaba distraída y no veía que había una olla hirviendo en una especie de camping gas.

Lo que más me ha sorprendido es que había por lo menos veinticinco personas mirando, y la pobre se iba acercando y nadie le decía nada.

Todos ahí mirando listos para descojonarse, como si le hubieran dicho una adivinanza a Carmen Calvo y esperasen la respuesta. Mientras, yo pensaba en la solidaridad y todo eso con lo que tanto les gusta llenarse la boca.

A ver. Yo soy el primero que odia a los extranjeros. Me gustan menos que un carril bici en mi ciudad o una huelga climática en el colegio de mis hijos. Pero no me jodas, dejar que una chica tan guapa se meta de cabeza en una olla hirviendo como si fuera la piscina de la urbanización. Que ellos serán extranjeros pero nosotros somos cristianos.

Y la chica es blanca, además.

Sin embargo ahí estaban esos, adalides de la solidaridad y el igualitarismo; astronautas que vuelan sobre todos los demás en la órbita lejana de su superioridad moral; intransigentes propagandistas de la sororidad; vehementes aliados que expían en los demás los pecados de su vida pasada; adictas a la tinta roja que nos apresan en el corsé asfixiante de la corrección política; histéricos herbívoros que sueltan monsergas sobre la limpieza de los océanos y no se duchan ni los días pares: toda esa caterva miraba expectante cómo la chica avanzaba, mirando el cielo y anotando en su cuaderno, hacia la olla hirviente.

Pasmado, atónito, casi paralizado (así de poderoso es el virus de la confianza en la moralidad de la izquierda: hasta yo me había creído esa patraña) por la indiferencia de los demás testigos, corrí hacia la chica. Salté sobre ella cuando estaba a punto de meter el pie en la olla. Con un movimiento bien aprendido en numerosos visionados de La jungla de cristal, protegí con mi cuerpo su caída. Para tranquilizarla la miré a los ojos mientras me chocaba contra muebles, cables, paredes. En medio del estrépito oía voces de los rojos, griterío, sorpresa, susto, pavor, blasfemias. El cuerpo ligero pero voluptuoso de la joven yacía sobre mí, ella me miraba con los ojos muy abiertos, un poco bovinos pero inundados de agradecimiento, acaso amor, y pensé que tenía que decirle que por desgracia soy hombre de una sola mujer, Pilar Remacha, cuando la voz rotunda, extranjera, del jefe silenció la algarada de la purria insolidaria.

-Me gusta. Es un acto fallido.

Ha habido un momento de duda.

-Un aplauso para el energúmeno este -ha dicho.

Y todos han empezado a aplaudir.

Energúmeno. Mi apodo del instituto. Qué feliz coincidencia que se le haya ocurrido.

Durante unos segundos -magullado, aturdido-, me he sentido como en casa.

 

En la habitación de la fonda Eduardo me ha puesto agua oxigenada y betadine en las heridas. Me duele un poco el tobillo de la caída desde la ventana del cura, pero no tenemos nada para eso.

Él no cree que estemos en una situación tan grave.

-Pero viste cómo quemaban los santos.

-Pero el cura no quiso venir con nosotros.

Siempre ha sido así, ingenuo, entrañable. Un corazón enorme y un cerebro de mosquito. Por eso me lo confió Pilar. Para que le enseñara, para que lo iniciara en la áspera realidad de la vida auténtica, para que lo hiciera hombre. Entonces he oído voces en la entrada.

-Venga, que os invitamos a la matanza. No habéis visto cosa igual.

-¡Te lo dije! -le he dicho-. Vamos a ver.

Pero Eduardo ha dicho que estaba cansado y prefería quedarse en la habitación. Los millennials son así.

 

DEL CUADERNO DEL HIPSTER

He cenado con el equipo en el local de la peña La Boina, la más lujosa del pueblo, tiene sofás y todo. La matanza del tío José el Garroso, que ha intimado con Lisa Kunze: chorizos, longanizas, morcilla.

Son amables, lo hemos pasado bien. El alcohol que hemos consumido podría llenar el embalse de Calanda. Benigno Balarrasa ha contado algunas de sus anécdotas clásicas, Rosaura Lorés se ha burlado de él, Werner Diddledock ha contado un chiste que no hemos entendido, era algo de Heidegger. He tenido un momento de confusión porque pensaba que Lucía, la script, era pareja de Jaime, el director de fotografía. Pero luego me han dicho que fue solo la primera semana de rodaje. Luego Lucía se lió con el de sonido, que dejó la película sin dar explicaciones. Jaime se lió con una de arte, que antes había estado con el operador de cámara, que estaba casado con la ayudante de vestuario, pero la boda fue solo por los papeles, en realidad en esa época él estaba con Laura del equipo de dirección, pero luego ella se había hecho lesbiana rodando una película con Julio Medem. Ahora ya está todo claro.

Después de la cena hemos ido al bar de Lourdes, le he cogido un bocadillo de panceta que sé que le gustan mucho. Con la cantidad de hamburguesas de seitán que tuve que comer con Lina.

Nada más salir de la peña me he encontrado con un tipo que andaba cerca de la peña. No es algo que sea muy frecuente, pero estos días hay más o menos el doble de población en el pueblo que de costumbre, así que no me ha extrañado. Luego me ha parecido reconocerlo –barba afilada, entrecejo fruncido, ojos saltones pero una mirada más vacía que un solar, como si el brinco los hubiera dejado en blanco: me recuerda a un besugo al que le hubieran pegado un árbol de coníferas invertido, por decirlo de manera sencilla–, lo había visto en el rodaje estos días, salió en la escena de la colectivización.

Nos hemos presentado (se llama Santiago, creo) y le he dicho que íbamos al bar, que si quería venirse. El otro día no me fijé en su cojera.

-La verdad es que se nota un propósito común -eso hay que reconocerlo, me ha dicho, ya en el bar.

-Sí.

-Esa idea de un esfuerzo compartido.

-Es verdad.

-Será lo que sea, pero eso hay que reconocerlo.

-Desde luego.

-Hay un elemento orgánico. Una especie de espíritu, casi. Que lo invade todo, crea un clima especial.

-Sí, hay una intensidad muy particular.

-No me extraña que haya gente que se quede enganchada. Que tengan que estar yendo de una a otra, que la vida normal les parezca anodina, vacía.

-¿Otra cerveza?

-Yo puedo entender esa sensación.

-Lourdes, ¿nos pones otras dos?

-Y luego es bonita esa horizontalidad. Todo el mundo sabe lo que tiene que hacer. Es orgánico.

-Bueno, pero hace falta siempre alguien que tenga la visión. Te están preguntando todo el tiempo, tienes que tomar un montón de pequeñas decisiones -he matizado.

-Es muy colectivo.

-Sí. Pero necesitas al director. Al final todo depende de él. Un montón de decisiones aparentemente menores, una visión general.

-Un caudillo.

-Un núcleo irradiador.

-El líder.

-Puedes llamarlo así.

 

DEL DIARIO DE SANTIAGO ESPONERA MARTÍNEZ DE ISÁBENA

“Pues entonces lo llamaré así”, le he dicho al tipo con pinta de hippie pero simpático en general que me había invitado a acompañarlos. Hemos seguido bebiendo, al final quedábamos muy pocos en el bar. Cuando volvíamos el hippie se ha empeñado en acompañarme a la fonda, decía que tenía una responsabilidad cívica, que no podía dejar que volviera solo, tenemos que cuidarnos unos a otros ha dicho. Me he dado cuenta de que él también estaba borracho y he decidido acompañarlo a su casa, los españoles tenemos que cuidarnos entre nosotros. Somos 47 millones y si quitas extranjeros y catalanes, ¿cuánto queda? Al llegar a su casa ha dicho que no podía dejar que yo volviera solo. La operación se ha repetido unas cuantas veces. Pero finalmente hemos llegado a una solución de compromiso. Nos hemos separado a medio camino.

 

DEL CUADERNO DEL HIPSTER

Es majo el Santiago este.

Mañana será un gran día.

 

DEL DIARIO DE SANTIAGO ESPONERA MARTÍNEZ DE ISÁBENA

Me levanto pronto, inquieto, alerta por una extraña agitación, me visto, despierto a Eduardo, salimos. Vamos hacia donde se oyen los ruidos. Es temprano y el pueblo parece vacío. Pero percibo una tensión indefinible. En las eras veo lo que me había temido. Un ataque por sorpresa, una puñalada por la espalda, un asalto que realiza además gente que ayer estaba con nosotros compartiendo su pan, bebiendo con nosotros, riendo, hablando a las mujeres de La Cañada de su casa en la Toscana. Ahí veo al italiano y a unos más corriendo hacia el pueblo.

 

DEL CUADERNO DEL HIPSTER

Es un gran día porque es el día en que se rueda la secuencia del ataque de los fascistas a La Cañada, el fracaso del sueño revolucionario. Me dijo Benigno que era uno de los más complicados técnicamente. Han metido un traveling de doscientos metros que cruza la explanada de las escuelas y luego pasa por delante del corral del tío Soltero y de la casa de Eulalia y después baja donde la cochera de los de la Tosca y termina en la plaza de las eras donde el abrevadero y el cementerio viejo. Me siento al lado de Werner, al comienzo de la vía, se oye motor, dice acción.

Es el gran día pero Werner parece meditabundo, deprimido, apagado, sin la energía madura pero precisa que mostraba estos días, siempre haciendo bromas que no tenían gracia, con alguna palabra amable e incomprensible para la gente de la Cañada y el equipo, con esa infatigable bonhomía. ¿Serán los años, el paso del tiempo, la preocupación por la tarea esencialmente infructuosa del artista políticamente comprometido que a partir de cierto grado de sofisticación sabe que no puede cambiar la realidad que pretende transformar pero cuya carrera se basa en esa pretensión y por otro lado ya es demasiado rico y famoso como para hacer otra cosa, y entonces se encuentra frente al abismo de su contradicción y descubre que, como escribía Nietzsche, es el abismo el que le está mirando a él? Una explicación alternativa es que hubiera bebido demasiadas botellas del vino de cosechero de José el Garroso.

Sea lo que sea, mientras en la distancia Vincenzo Cameroni y el resto de los actores inician la carrera, y la cámara empieza a moverse lentamente, miro a mi izquierda y veo a Werner Diddledock, leyenda viva del cine europeo, símbolo del compromiso social, que ha empezado roncar.

 

DEL DIARIO DE SANTIAGO ESPONERA MARTÍNEZ DE ISÁBENA

Para mí los italianos y para ti los moros, con la manía que les tienes, le digo a Eduardo. Le quito la escopeta a uno de los milicianos y corremos hacia ellos, él con su paso de rinoceronte, yo con mi viril cojera.

Toda mi vida he odiado esta revolución judeo-masónica-feminazi-vegana pagada por Soros, pero estoy también en contra de esta escoria que ataca a traición, y me ha emocionado el espíritu de solidaridad, la unidad de propósito que he visto en La Cañada. ¿Y qué se han creído estos extranjeros traidores? La nación está por encima de la ideología. Es una especie de epifanía, algo que se siente y no se puede decir con palabras.

Veo que vacilan un poco al vernos correr hacia ellos, no esperaban encontrar resistencia. Voy hacia el italiano, el primer golpe es de advertencia, le doy con la culata en la cara y a lo mejor se me va un poco la pinza pero yo soy así cuando entro en acción, nada me detiene, vaya somanta le pego, me acuerdo del codazo de Tassoti a Luis Enrique, del puto Eros Ramazzoti y de Sandro Giacobbe y todos los cantantes melódicos, de que siempre tienen mejores puestos que nosotros en la Unión Europea, de la puta Eurovisión, de lo bien que les quedan las camisetas azules a los jugadores de la selección, bien que os jodió el 4-0, cobardes que en las dos guerras mundiales habéis cambiado de bando, de las españolas que siempre pasan por el italiano, el argentino o el músico, está hecho una piltrafa, lo levanto y lo meto en el abrevadero.

 

DEL CUADERNO DEL HIPSTER

Todo el equipo se queda paralizado. Nadie entiende bien qué pasa. La cámara está grabando y como alcalde tomo una decisión ejecutiva. Un traveling es una cuestión moral. Sigue, no pares, le digo al operador, y lo empujo, somos él y yo, pasamos por el recreo, por delante del corral del tío Soltero y la casa de la tía Eulalia, bajamos por donde la cochera de los de la Tosca, mientras el pobre Cameroni se lleva la paliza de su vida incluyendo la crítica aquella que le hizo Boyero. Al llegar al abrevadero, donde acaban las vías, me acuerdo de todas las tardes en la cafetería, hablando de cine en vez de ir a la clase de Gramática histórica. Muevo un poco al operador, y lo guío para que repita lo que siempre he pensado que era el movimiento final de Dry Lightning. Creo que lo tengo. Siento una euforia increíble y luego un escalofrío de horror puro, que es la expresión que tiene el operario de cámara. Me giro y entonces veo que Werner se ha despertado al final y ha visto cómo dos oligofrénicos estropeaban la secuencia más cara del rodaje y parte de la película porque hay varios actores heridos. Hay un silencio. El equipo está expectante. Y de repente Werner se encoge de hombros, sonríe y dice:

-Tarantino se va a cagar.

 

DEL DIARIO DE SANTIAGO ESPONERA MARTÍNEZ DE ISÁBENA

El alemán me ha felicitado. Los demás parecían en estado de shock. Les ha sorprendido el asalto y la aplastante derrota del enemigo. Cautivos y desarmados los atacantes, Eduardo y yo hemos decidido seguir nuestro viaje, extender nuestro mensaje y alertar del peligro de asaltos traicioneros de los contrarrevolucionarios. Benigno Balarrasa me advierte de que debería cambiar unos cuantos euros por el dinero de la revolución, quién sabe si en los pueblos que tenemos que atravesar reconocerán la moneda y cuántos días nos puede llevar atravesar el frente.

-En Alcañiz puedes volver a cambiar -me dice-. En un par de semanas podéis llegar allí.

Le he dado 2000 euros, todo lo que llevaba, me ha dado unos vales de la revolución y nos hemos abrazado. Eduardo y yo nos hemos ido, hacia el norte. Ellos se iban al bar de la carretera, a celebrar la victoria.

-Invita producción -ha dicho Benigno-. ¡Viva la revolución social!

Y viva, coño.