La magistral provocación de Albert Cohen | Letras Libres
artículo no publicado

La magistral provocación de Albert Cohen

Bella del señor es una de las mejores novelas de amor del siglo XX, pero es también una sagaz crítica de la diplomacia y los nacionalismos.

En 1926 Albert Cohen (Corfú, 1895 - Ginebra, 1981) ingresó como funcionario internacional en la División diplomática del Bureau International du Travail, en Ginebra. Trabajó en esa institución hasta 1951, para después dedicarse exclusivamente a la literatura. Esa experiencia está detrás de una de las mejores novelas de amor del siglo XX: Bella del señor (1968), que obtuvo el Grand Prix du Roman y que Anagrama ha reeditado recientemente en la colección “Otra vuelta de tuerca”. La obra ofrece una sagaz crítica de la Sociedad de Naciones mucho más provocadora que cualquier análisis académico. Es también un ejercicio de introspección sobre los valores de la sociedad europea de los años 30 y una crítica al internacionalismo naciente del siglo pasado que sigue vigente hoy en día.

Todo es desmedido en esta novela de Cohen, conocedor de la sociedad ginebrina de la época: sus bellas mujeres, su política, sus mascaradas y su clasismo. Además, en Bella del Señor, la ironía alcanza niveles solo esbozados en sus anteriores obras. Cohen elige como protagonista de esta novela a Solal, un alto funcionario de la Sociedad de Naciones, judío en la Ginebra de 1936, en una época en la que el antisemitismo alcanza su paroxismo en Alemania. Solal, que en muchos sentidos se puede ver como un alter ego del autor, seduce a la aristócrata Ariane, mujer de un subordinado suyo, Adrien Deume (el lamentable Didi).

La de Ariane y Solal es una historia que rompe todos los esquemas románticos, desde el tratamiento amoroso de la seducción, los celos y la crueldad, hasta la obsesión por la belleza y una búsqueda permanente del amor puro llevado a la exageración, al ridículo. Una introspección de los personajes en la que se manifiesta la amplitud de registro del escritor y en la que el amor a veces se eleva a la altura de la religión: “Llámeme loco, pero créame. Un parpadeo de ella, y me miró sin verme, y fue la primavera y la gloria y el mar tibio y su transparencia junto a la orilla y mi juventud recobrada, y nació el mundo”…

Pero esa relación les arrastra lentamente a circunstancias un tanto miserables, que asumen desesperados. Se crean en medio de la inevitable monotonía del amor situaciones de largas esperas, sufrimientos, y especialmente escenas de celos, desconfianza, románticas reconciliaciones. Como confiesa Solal: “Lo terrible, querido Nathan, es que ese amor religioso, comprado a tan asqueroso precio, es la maravilla del mundo”. Cohen logra que estas escenas de los amantes aparezcan corroídas por la burla y la ironía, convirtiendo una novela de amor en una parodia del romanticismo.

Al mismo tiempo, Bella del Señor es una obra inquietante que describe con una ironía feroz el mundo de los egos y las apariencias, de los juegos de poder y las instituciones masculinas y jerárquicas de la época. Toda la novela es una crítica a la cursilería que puede alcanzar la mundanería voluptuosa del ambiente diplomático. Cohen describe un ambiente de “sonrisas estereotipadas, cordialidades y crueles pliegues en las comisuras, ambiciones arropadas en nobleza, cálculos y tejemanejes, halagos y recelos, complicidades e intrigas”.

Desacredita a aquellos ministros y diplomáticos que deambulan por el salón de los pasos perdidos, discutiendo circunspectos, penetrados de su propia importancia, intercambiando con profundidad inútiles impresiones, que deslumbran a los siempre reverenciosos y “trastornados con la mente deliciosamente embotada” funcionarios internacionales. Cohen describe la crueldad de las relaciones entre los “vencedores insensibles” en busca del maná de los halagos y el de los que esperaban, como Deume, una ocasión de captura, un golpe de suerte, “respetando de lejos y aún dolorosamente amando” a los peces gordos, ministros y embajadores desconocidos. Deume solo conseguirá ascender a las altas esferas a través de Solal, quien a cambio le enviará a prolongadas misiones en el extranjero mientras seduce a Ariane en Ginebra.

A través de la historia de Solal también podemos ver la evolución de la sociedad europea desde la belle époque hasta el ascenso del nazismo. El protagonista vive atormentado y presa de preocupaciones políticas, y critica la discapacidad inherente de la Sociedad de Naciones para hacer frente el antisemitismo en Alemania, Suiza o Francia. Conforme avanzaron los años 30 se hizo más evidente la impotencia de la institución para garantizar un orden internacional (en realidad marcadamente occidental e injusto). Ese internacionalismo cosmopolita y moderno, civilizado, que estaba naciendo, se vería sobrepasado por el nacionalismo en sus distintas variantes en Europa y otras partes del mundo.

Con un humor particular Cohen logra una crítica introspectiva y psicológica que desarma el artificioso mundo del poder, y desenmascara una sociedad supuestamente modélica y perfecta que aspiraría a proyectar mediante sus instituciones y organismos internacionales una especie de prolongación global de sí misma. La historia del fracaso del internacionalismo de la primera mitad del siglo XX es la de un sistema que desestimó la importancia del sentimiento nacionalista y su calado. Al igual que Stefan Zweig, Thomas Mann o Sándor Márai, Cohen retrata el fin de una época con tintes de nostalgia ante las vicisitudes de una Europa convulsa.

El nacionalismo en sus distintas variantes fue incrustándose en la política internacional con mayores o menores éxitos y en distintas formas, sobrepasando muchas veces al “globalismo” o internacionalismo a lo largo de la segunda mitad del siglo XX. En la actualidad sus ideas siguen calando hondo y abriendo brechas en proyectos tan logrados como la Unión Europea.

Ahora la pregunta es qué nueva forma tomarán en el siglo XXI estos movimientos, que no solamente insisten en las diferencias entre los países y nacionalidades, sino que también fomentan el odio y las diferencias entre ellos basándose en un esencialismo etnicista e historicista. El complejo e inquietante pulso entre internacionalismo y nacionalismos se repite nuevamente, y por ello Cohen, además de ser un novelista brillante, es un autor de plena actualidad, que nos recuerda la necesidad de autocrítica y de un nuevo sistema internacional, adaptado a los valores y mentalidades de nuestra época, en un momento en el que las instituciones permanecen imperturbables.