Julián Rodríguez en mi recuerdo | Letras Libres
artículo no publicado

Julián Rodríguez en mi recuerdo

Chusé Raúl Usón, editor de Xordica, se despide del editor de Periférica Julián Rodríguez, fallecido el 28 de junio: "Julián lo había leído todo, lo sabía todo, tenía una cultura que apabullaba, era culto, de un grandísimo nivel intelectual."

El jueves por la mañana, mientras echaba un vistazo a las redes sociales, leí la noticia de la edición conmemorativa de Prosas apátridas, de Julio Ramón Ribeyro, y me acordé de Julián. Me lo regaló durante una presentación de un libro de Xordica en La Buena Vida, la librería de Jesús Trueba. Tras la presentación, mientras tomábamos unas cervezas, desapareció un momento para regresar después y decirme:

-Toma. Léetelo. Es cojonudo.

Aquella noche descubrí que Julián, al igual que Félix Romeo, también quería compartir los buenos libros con sus amigos, aquellas lecturas que a él le habían marcado, y que también regalaba libros de forma inesperada. Como Félix. Intento escribir estas líneas, todavía perplejo. Me levanto de la silla y me acerco a la estantería donde está la R. Allí se encuentran algunos de los libros de Julián: Lo improbable y otras novelas, Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás, Ninguna necesidad... y un poco más adelante, el libro de Ribeyro. Lo abro. Está firmado. “En La Buena Vida, entre amigos. Navidad 2008. JR”.

Si la memoria no me falla, fue en torno al año 2000 cuando supe que había un crítico en Cáceres que conocía de arriba abajo el catálogo de Xordica y que con cierta regularidad reseñaba la mayoría de las novedades que publicábamos. Y meses después, charlando con el escritor Ismael Grasa, apareció nuevamente su nombre. Había estado recientemente con él: 

-Sí, Julián Rodríguez. Lo tienes que conocer. Es el “Félix Romeo de Extremadura”. Gordo, como Félix; viste de negro, como Félix; y lo ha leído todo, como Félix.

Creo que mi primer encuentro con Julián fue en febrero de 2005. Comimos, junto a Félix Romeo, en una arrocería de Zaragoza junto al Palacio de Montemuzo. Me sugirió que publicase Los papeles de K, una novelita del escritor portugués Manuel António Pina. También publiqué Hoja de ruta, de Jean Debernard. Julián le había hablado muy bien de ese libro a Ignacio Martínez de Pisón.

En septiembre de 2006, Félix y yo hicimos un viaje a Lisboa para conocer a algunos escritores portugueses que creíamos que tenían que traducirse y publicar en mi editorial: Gonçalo M. Tavares, Onjaki, Possidónio Cachapa... Un par de días después acudieron desde Cáceres Antonio Sáez Delgado, escritor y traductor de portugués, y Julián Rodríguez. Recuerdo unos momentos memorables: las cervezas en el Café Nicola, las risas junto a la estatua de Pessoa, la cena con Manuel António Pina y la celebración de mi 40 aniversario en el Pavilhao Chines. Pocos meses después Julián creó la editorial Periférica.

En octubre de 2007 Ismael Grasa obtuvo el Premio Ojo Crítico de Narrativa por su libro de relatos Trescientos días de sol, publicado por Xordica. Julián me llamó para decirme que estaba en el jurado. Me dijo:

-Hay que hacer justicia. Ese premio lo debe ganar Ismael.

Su apoyo incondicional y el hecho de que estuviese en el jurado la escritora aragonesa Soledad Puértolas allanaron el camino.

En aquellos días, Julián me insistía para que cambiase de distribuidora y me sumase a un proyecto que acababa de surgir en Madrid, UDL. Algo se estaba preparando a nivel de editores independientes y quería que Xordica estuviese ahí. Insistía, pero tuve vértigo. Aquello que se estaba gestando fue el Grupo Contexto, que aglutinaría a varias editoriales independientes que acababan de nacer.

Julián, como Félix, lo había leído todo, lo sabía todo, tenía una cultura que apabullaba, era culto, de un grandísimo nivel intelectual. Cuando se juntaban Félix y Julián, uno se sentía diminuto, aunque midas uno ochenta y seis y peses cien kilos (ahora quizás alguno más).

Le estoy muy agradecido a Julián: por sus consejos, por su ayuda, por su compromiso, por todos los buenos libros que ha editado... Pero lo que más le agradezco fue la asistencia, junto a su pareja Irene, al funeral de Félix Romeo. Para los amigos de Félix, abatidos en aquellos momentos, su presencia fue reconfortante.

La última vez que lo vi fue hace un par de años, en la Feria del Libro de Madrid, paseando a su perra Zama. Apenas pudimos hablar. Zama tiraba con fuerza.

Antes de devolver el libro de Ribyero a su sitio, lo abro. Y encuentro una frase que subrayé cuando lo leí: “Somos un instrumento dotado de muchas cuerdas, pero generalmente nos morimos sin que hayan sido pulsadas todas”.

Volveré a releer el libro, amigo, en tu memoria.