Juan Marsé, un novelista de hierro | Letras Libres
artículo no publicado

Juan Marsé, un novelista de hierro

El escritor, uno de los grandes autores del siglo XX, falleció el pasado domingo. Marsé creó un espacio mítico, fantasiosamente realista, la Ronda Guinardó, con un lenguaje mestizo, violento y vivo.

Juan Marsé fue el testigo de una sociedad y de una época que no querían testigos. Y lo fue hasta el final, justiciero como el Coyote de José Mallorquí, sin importarle un bledo las consecuencias, satirizando a los intelectuales orgánicos de la Cataluña nacionalista como antes había caricaturizado a muchos de los miembros de la gauche divine radicada en el Bocaccio. También Marsé formó parte de la intelligentsia que frecuentaba aquella boîte en la que abundaban los niños y niñas de papá, pero nunca se olvidó de que él allí no era más que un polizón, como Jim Hawkins en La Hispaniola.

A Marsé no había quien le tapara la boca. Socarrón y peleón, tan fiel a sus amigos como a sus enemigos, se rio ferozmente de la prosa descoyuntada y servil con el pujolismo de Baltasar Porcel, de los sermones insufribles de Juan Goytisolo y de la calva iluminada de Lluís Llach. Había una mueca de desafío permanente en su careto de pistolero de wéstern clásico, pero también una sombra de ternura y de desamparo. El hijo de barrio, forjado en tantas peleas callejeras, nunca se doblegó ante los señoritos.

Fue, sin embargo, buen amigo de algunos señoritos que aseguraban despreciar la clase en la que nacieron, como Jaime Gil de Biedma, al que tanto quiso y cuyo magisterio sería decisivo en el proceso de composición de Últimas tardes con Teresa. Manuel Vázquez Montalbán, su compañero en la revista Por favor y en el periódico Tele/eXpres, consideraba una de las características fundamentales de la escritura de Marsé, junto con el tono irónico distanciador, la estrategia sintáctica merodeadora, que a su juicio Marsé había aprendido en los poemas de Jaime Gil y que empezó a desarrollar precisamente en aquella novela con la que rindió su particular homenaje a la novelística decimonónica. Por cierto, y dicho sea de paso: cuánto debe a Marsé El pianista, la mejor o una de las mejores novelas de Vázquez Montalbán.

La mitología de Marsé es una mitología lumpen nutrida de tebeos pasados de mano en mano, de novelas de quiosco, de películas de aventuras y de historias contadas en voz baja para que no llegaran a los oídos de algún chivato de la policía franquista. Marsé creó un espacio mítico, fantasiosamente realista, la Ronda del Guinardó, sin necesidad de inventarse un condado como Faulkner. Sus calles tienen la misma épica y la misma lírica menesterosas que las calles de las primeras películas de Rossellini, de Vittorio de Sica y de Pasolini. Escenarios descarnados de los juegos atroces de la posguerra europea y de la llegada en tromba de la gente del campo y de las regiones más pobres a los cinturones en construcción de las grandes ciudades.

Los chavales barceloneses que se cuentan aventis, construyen cometas con periódicos usados, rastrean solares ruinosos en busca de huellas de caballos apaches y saltan tapias erizadas de cristales rotos son idénticos, en su desarraigo de clase y en su ferocidad de cachorros hambrientos, a los chavales italianos que arrastran sus zapatos rotos y sus sueños igualmente rotos por las calles del neorrealismo.

Tras Últimas tardes con Teresa y La oscura historia de la prima Montse, Marsé abandonó su voluntad de analizar una sociedad contemporánea para dedicarse a recuperar, recrear y revivir su infancia. Si te dicen que caí, Un día volveré, Ronda del Guinardó, El embrujo de Shanghai, Caligrafía de los sueños y Rabos de lagartija son novelas sujetas a unas coordenadas inalterables: la posguerra en la cara oculta de Barcelona. Ese mundo de Marsé, con sus propias leyes y su propia dinámica narrativa, tiene también su propio lenguaje. Un lenguaje mestizo, violento, procaz, aprendido en los rincones oscuros de los bares, en los patios de vecindad y en las butacas de las últimas filas de los cines. Un lenguaje vivo, cuajado de tacos, de catalanismos y de charneguismos.

Marsé tenía ojos golosos de mirón de barrio, de ahí la voluptuosidad con la que dibujaba y coloreaba a sus personajes femeninos. Se colocó incondicionalmente al lado de unas mujeres, de unos hombres, de unos niños y de unas niñas que luchaban como podían para salir adelante, retratándolos con delicadeza y amor. Dio grandeza moral y estatura literaria a los vencidos por la vida y por la historia. Creó, en definitiva, un buen puñado de personajes inventados pero de carne y hueso. No solo el Pijoaparte y Teresa Serrat, también Sarnita, Amén y el Tetas, Jan Julivert, Balbina, Daniel, el capitán Blay, Susana, la señora Anita y David, el chaval que llevaba los bolsillos llenos de rabos de lagartijas.

Seguro que los fantasmas del cine Roxy y del bar Alaska habrán recibido con todos los honores al fantasma de Juan Marsé, un novelista de hierro que soñó siempre como un niño.