Joanna Walsh: Un mundo sin lenguaje | Letras Libres
artículo no publicado

Joanna Walsh: Un mundo sin lenguaje

Walsh es una de esas escritoras que no se conforman, que siempre están investigando para ensanchar los límites del mundo y de su propia literatura.

Joanna Walsh es, además de escritora y editora, artista. Editorial Periférica acaba de publicar un libro de relatos, Mundos del fin de la palabra, traducido por Vanesa García Cazorla, como el anterior, también de relatos en la misma editorial, Vértigo.

Walsh es una de esas escritoras que no se conforman, que siempre están investigando para ensanchar los límites del mundo y de su propia literatura. Entre Vértigo y los relatos de este nuevo volumen, breve y contundente, hay un hilo fino: el lenguaje. Lo que en los relatos de Vértigo era una leve sensación de extrañamiento, en Mundos del fin de la palabra está ya desencajado. Por eso hay un narrador que es un perro, el perro maleta, una mujer que transporta una pesada carga desde Londres hasta Atenas que va disminuyendo durante el trayecto. Esa carga puede ser metafórica, un símbolo de lo que queda de una relación cuando acaba, es decir, una versión posmoderna y anglosajona del “devuélveme el rosario de mi madre y quédate con todo lo demás”.

Los cuentos de Mundos del fin de la palabra hablan de un mundo en el que el lenguaje ha dejado de comunicar. Ese es el argumento precisamente del cuento que da título al libro y que es una carta a un ex. Comienza con un “Tenemos que hablar” que en este caso es en sentido literal, casi un mandato, porque lo que viene a continuación es un repaso a la relación ya terminada, pero también el relato de cómo los humanos dejaron de hablar y ahora el lenguaje no existe. Y el cuento lleva también la idea de que cuando una pareja rompe, muere un idioma: “La última vez que te vi nos pasamos días paseando por la ciudad. Las únicas voces que oíamos eran extranjeras: turistas u obreros extranjeros. Tú hablabas su idioma, pero yo solo podía entender a los nativos silenciosos”.

En “Seres lectores” hay una parodia del esnobismo lector o puede que en realidad quien habla sea una estantería: “Sólo después de unas cuantas copas de vino (cerveza o whisky), ambos admitiréis que, a fin de cuentas, quizá en realidad no os gusten tanto los libros”. En “Femme maison”, una mujer se queda sola en su casa después de que sus hijos crezcan y el marido se vaya para siempre. Entonces ella descubre partes de la casa que desconocía, pero “la casa sigue sin amoldarse a ti”.

Me gusta mucho el cuento que cierra el libro, “Hauptbahnhof”, donde una mujer espera en la estación central de Berlín a que llegue un hombre, que no va a llegar, aunque esa posibilidad no se le pasa por la cabeza a ella. Otro de los cuentos, “Postales desde dos hoteles”, es un mecanismo sencillo pero eficaz. También “Dos secretarias” juega con los parelelismos y las paradojas. “Hábitos de lectura” es un mapa de relaciones a través de lo que leen los protagonistas y cómo lo leen. Son algunos ejemplos de lo que hay en este libro sorprendente y lleno de hallazgos que explora los límites de la realidad.