Historia de una familia europea | Letras Libres
artículo no publicado

Historia de una familia europea

'Una familia en Bruselas' es un monólogo interior de la madre de Chantal Akerman en el que repasa de manera breve la historia de su familia belga judía.

La muerte del padre. El tiempo de las mujeres, de Ignacio Martínez de Pisón, comenzaba con la muerte del padre en un puticlub. Moría de un infarto y las hijas tenían que ir a recoger el coche, que había quedado medio varado en el barro. La discusión era quién iba a sacar el coche de allí si siempre conducía el padre, ahora muerto. El padre de la cineasta Chantal Akerman (Bruselas, 1950 - París, 2015) tenía un coche que adoraba, el tiempo que duró su enfermedad no preguntaba si estaba mejor, sino si podría volver a conducirlo pronto. A veces hasta pedía que lo llevaran hasta el garaje y hacía rugir el motor.

Como ese coche le encantaba a su padre, Akerman, que no tenía carne, quiso quedárselo, pero necesitaba también un chófer. Pronto se quedó sin coche y sin chófer. O eso es lo que cuenta en Una familia en Bruselas, que publica Tránsito con traducción de Regina López Muñoz y un apéndice de Diana Toucedo. El libro es un monólogo interior del personaje de la madre –con breves excursiones al punto de vista de la hija mayor, Chantal– en el que repasa de manera breve la historia de esa familia belga judía, la madre es una superviviente de Auschwitz, una de las hermanas del padre se suicidó. Es una historia en parte feliz, porque dos personas heridas por los acontecimientos históricos logran recomponerse y formar una familia y salir adelante, como dicen. Pero es una historia triste porque hay una muerte, un duelo, y mucho más enterrado, algo de lo que nunca se habla y que tiene que ver, suponemos, con el trauma del holocausto.

Natalia Akerman. La madre de Chantal Akerman, Natalia, es uno de los personajes fundamentales de su trabajo. Aparece en News from home a través de las cartas que le envía desde Bruselas y ella lee en Nueva York, aparece también en No home movie, su última película, y le dedicó otro libro: Mi madre se ríe. Una familia en Bruselas cuenta cómo la madre tiene que comenzar una nueva vida con nuevas rutinas tras la muerte de padre, hace también un somero retrato de esa familia extensa y expandida, que va de Israel, donde vive una hermana de la madre, a un país lejano, donde vive la hermana de Akerman, y que pasa por Bruselas y París, donde vivía Akerman.

Y es sobre todo la fusión de la madre y la hija: el libro lo escribe la hija, pero desde el punto de vista de la madre, primero empieza en tercera persona, luego pasa a primera y hay un momento, breve, pero está, en que habla la hija: cuando cuenta el viaje de París a Bruselas en coche una vez que le anuncian la muerte del padre que no por esperada deja de ser dolorosa. Escribe: “En un momento dado habría querido apoyar la cabeza en el hombro de mi amigo para cerrar los ojos pero en aquella intimidad no era necesario”.

Dónde empieza una y dónde termina otra. Explicaba Akerman: “El principio de este libro es la fusión entre mi madre y yo, podríamos decir que ya es hora de que acabe. ¡Los psicoanalistas dirían: tiene que separarse de su madre. […] Mi hermana nació cuando todo iba mejor, es decir, nació siete años y medio después que yo, en 1958. En esa fecha mi madre se había recuperado un poco, incluso había algo que comer en el plato sin que se cuestionara. Yo nací cuando era difícil de verdad. Estaba al mismo tiempo la pobreza y el hecho de que mi madre acababa de salir de los campos. Después las cosas se redondearon, se suavizaron”.

En eso, el libro tiene mucho de experimentación formal: se ve en la puntuación, se ve en el cambio de personas; es un monólogo interior, trata de reproducir la manera en que nos hablamos a nosotros mismos, el fluir de nuestro pensamiento. El trabajo de la traductora, Regina López Muñoz, es espectacular. La madre de Akerman sabe por la voz con que responde al teléfono cuánto ha fumado su hija; su hija sabe si hay algo que le preocupa también por la voz, y así; no solo se conocen, es algo mucho más profundo: “prefiero no empezar [a decir cosas] porque entonces yo sabría lo que está pensado y ella también lo sabría aunque tal vez ella ya lo sabe igualmente y también yo pero no todo. Ella no sabe lo que pienso yo, ni yo sé todo lo que piensa ella, pero con lo que sé me basta”.

Una familia cualquiera. El título me hace pensar en que Akerman tal vez lo que quería decir es que la historia de su familia podía ser la de cualquiera, que esas tragedias, esos asuntos de los que nunca se habla, esas heridas y esas pesadas cargas eran algo habitual si eras una familia judía de Bruselas del siglo XX. Y al mismo tiempo, esos traumas compartidos eran únicos y los singularizaban. El libro comienza con la madre en pleno duelo y luego comienza a ir hacia atrás en el tiempo hasta el origen de ese pequeño núcleo, el nacimiento de una hija, primero, el de la otra, después, y los momentos de felicidad, la prosperidad económica y de golpe, la enfermedad del padre.

Para cuando muere el padre, la casa está llena de familiares: la hija que vive lejos, su marido y sus hijos, amigos, familia. Hay algunos ecos que surgen a lo largo del texto, como si todo tuviera un par, un reflejo: entre las hijas y sus padres, qué tienen de cada uno; esa unidad familiar frente a otras, la prima cuya hija ha tenido una especie de brote psicótico; una hermana frente a la otra, una con marido e hijos, la otra sin marido ni hijos; también la hija (Akerman) adorando a su madre, que a su vez adora a la suya, que murió en Auschwitz.

Advertencia. Copio las últimas líneas del libro: “Mi hija cuenta montones de anécdotas y no todas son verdaderas pero algunas sí que lo son y en general son anécdotas tristes no anécdotas de las que hacen reír, las que hacen reír también las cuenta cuando estamos juntas y cuando se acuerda y esas tampoco siempre son verdaderas pero a veces sí que lo son”.