Hello, Durruti: Revolución social en la España vacía | Letras Libres
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Hello, Durruti: Revolución social en la España vacía

La campaña de Vox llega a La Cañada, la película definitiva sobre la Guerra Civil, el sueño del anarquismo y la magia del séptimo arte.

DEL DIARIO DE SANTIAGO ESPONERA MARTÍNEZ DE ISÁBENA

El Volkswagen Touareg, el coche más contaminante del mercado en 2019 según Infoplease, avanzaba por una sinuosa carretera comarcal sobre el estrecho valle del río Guadalope. Yo (ilusionado, esperanzado, patriota, leal) seguía de mal humor porque hacía poco que habíamos pasado por debajo de los órganos de Montoro, un monumento geológico espectacular, admirable creación divina sin duda, pero cuyo nombre siempre consigue ponerme nervioso. Me hace pensar en el socialdemócrata encubierto que subió los impuestos y bajo cuyo yugo estatista todavía seguimos aplastados.

-No pongas esa cara, Santi -me había dicho Pilar la primera vez que pasamos por ahí, una tarde de verano-. Con la sonrisa tan bonita que tienes.

Pilar. Pilar Remacha, secretaria general de la agrupación; Pilar, recia como un vino de Cariñena antes de que vinieran los enólogos australianos a joderlos; Pilar, fuerte como quien ha caído muchas veces pero ha conseguido levantarse y sabe que la vida es una lucha constante; Pilar, que creyó en mí cuando yo no era nada, un hombre triste, casi desahuciado en la sala de baile Second Chance, Domingo Miral esquina Fernando el Católico, aún no había ni Tinder, y ahora ahí me ves, segundo en la lista por Teruel, pocas posibilidades, es cierto, pero los caminos de la voluntad política son inescrutables; Pilar, que me había hecho sonreír en el Volkswagen Touareg aquella tarde estival; Pilar, que creía tanto en mí que había convencido a su hermano, el memo de Eduardo, para que me acompañara en mi gira por los pueblos y se encargara de la megafonía en mis discursos.

-¿Qué cojones es eso? -dije al ver el humo a lo lejos, cada vez más nítido conforme avanzábamos.

Dejé el coche en el arcén y saqué los prismáticos. Antes los usaba para controlar a los estorninos y ahora los tengo para mirar por la ventana, que últimamente hay muchos maricones en el barrio. No se veía bien, pero distinguí, a lo lejos, una bandera republicana y un humo cada vez más oscuro.

Subimos al coche y aceleré hacia el pueblo. Intentamos llamar varias veces, avisar a nuestros compañeros, pero no había cobertura.

Entramos por la calle mayor, aparqué donde pude (delante de la farmacia) y corrimos hacia el lugar desde el que salía el humo.

El espectáculo era terrible. Una de esas cosas que nunca pensé que fuera a ver.

Allí, delante de la iglesia, en el Planico, unos jóvenes habían amontonado cuadros y les habían prendido fuego.

Como animales, como bestias sacrílegas, gente de todas las edades observaba, regocijada ante el espectáculo. Alguno grababa vídeos o hacía fotos con su móvil.

En lo alto, se veían una bandera de la República y otra de la CNT.

Estaba pasando lo que siempre me había temido. Mira que lo había dicho veces.

Y todo el mundo: Exageras, Santi, exageras. Son solo guerras culturales. Incentivos. Clivajes. La batalla de lo simbólico.

Los cojones.

Experimenté de pronto una honda tristeza y una sensación de apocalipsis inminente, pero también ese placer agridulce que te invade cuando confirmas que tenías razón.

Nos dimos la vuelta. Había un cuartel de la Guardia Civil en Gargallo, teníamos que dar la alerta inmediatamente. Pero al doblar la esquina vi un coche de la Guardia Civil. La pareja estaba ahí tranquilamente, contemplando la quema. Uno fumaba, el otro grababa con el móvil. No prestaron la menor atención. Claramente, estaban conchabados.

De pronto todo estaba claro. Agarré del brazo a Eduardo: había que actuar con naturalidad.

Entonces oí una voz bronca, agresiva.

-¡Hostia puta! ¿Podéis salir del puto medio? ¿Sois gilipollas o qué?

Era una mujer joven, más bien gorda, con ropa semideportiva, que gritaba mucho. La blasfemia me incomodó y, francamente, me molestó su tono autoritario.

Me llevé la mano a la cintura y me di cuenta de que había sido un error dejar en casa la Smith & Wesson. Pero no me gusta que los críos estén desprotegidos. No me quedo tranquilo si no hay un arma cargada en casa.

Levanté las manos y miré a Eduardo a los ojos. Pobre chaval. ¿Qué le diría a su hermana si le pasaba algo?

-Es la revolución social, Edu.

Me abrazó.

-Quita, coño.

Entonces se oyó otra voz. Tenía un fuerte acento extranjero.

-Esperra. Quédate donde estás. Tengo planes para ti.

 

DEL CUADERNO DEL HIPSTER

Me ha costado un momento reconocer la voz. Hacía mucho que no sabía de él.

-¿Cómo estás, fenómeno?

¿Quién habría imaginado que Benigno Balarrasa, Benny para los amigos, pasaría de ser el malote de mi instituto a convertirse en uno de los productores más importantes del cine español? Desde luego mostró talento para los negocios y montó una plantación de marihuana en la casa de su abuela, aunque la empresa cerró cuando su abuela pensó que era albahaca, usó una maceta entera para cocinar y terminó en el hospital. También manifestó un interés temprano por el mundo audiovisual: por ejemplo, instaló una cámara de vídeo en el despacho del director y lo grabó con la profesora de educación física. Aun así, el director no le guardó rencor: de hecho Benny, que había sido un estudiante bastante discreto, a partir de ese momento sacó solo matrículas de honor. Había conseguido superar esos condicionantes, lo que muestra que con paciencia, confianza y afecto, todos tenemos posibilidad de encontrar nuestro lugar en el mundo.

-Todo bien, de cine, nunca mejor dicho. Jaja. Ya sabes, esta profesión es una ruina. Más me valía haberme metido en política, como tú. Pero vamos, ilusionado porque estamos haciendo esta película con Max y es la hostia.

-¿Max?

-Werner Diddledock. Sus amigos lo llaman Max.

-¡No jodas!

-Sí.

-¿Produces Quien te espera en la trinchera?

-Sí. Vamos, firma mi mujer, pero es porque así nos dan más puntos para las ayudas, ya sabes cómo va esto del feminismo.

-Ah, claro.

-Pero, bueno, fenómeno, qué le vas a hacer, hay que adaptarse a los tiempos. Evolucionar. El caso es que va a ser la bomba. Ya sabes que a mí no me gusta exagerar, pero creo que puede ser la película definitiva sobre la Guerra Civil.

-Bueno, no es cosa fácil...

-Está todo. El enfrentamiento fratricida, la lucha dentro de la izquierda, la intervención de las potencias del Eje, quema de conventos, moros violadores, Málaga, Badajoz, el Alcázar de Toledo, la defensa de Madrid, las Brigadas Internacionales, la columna Durruti, el inglés que llega y se enamora de la joven miliciana española, Belchite, Teruel, el judío de Brooklyn con las gafas redondas, la batalla del Ebro, el estalinismo, Robles Pazos, Hemingway, Orwell, Lorca, Elena Fortún, Chaves Nogales, Unamuno, Millán Astray, Simone Weil…

-¿Simone Weil?

-Sí. Es como un All Stars de la Guerra Civil.

-¿Quién hace de Simone Weil?

-Ahora no me acuerdo de cómo se llama. Es una alemana con buenas peras, eso seguro.

-No parece la elección más obvia para Weil, ¿no?

-Era por la coproducción.

-Ya, pero…

-Esto es cine, fenómeno. Ya verás… Imagínate un crossover de Novecento y una peli de la Marvel, ¿entiendes?

-Claro, claro.

-A ver, te llamaba porque estamos buscando unas localizaciones para el frente de Aragón y La Cañada es perfecta. Así que, nada, era para pedirte que nos eches una mano, ahora que eres el rey del pueblo.

-Jaja.

-Alcalde, nada menos. Y en el instituto no te elegían ni para el partido del recreo.

Le he dicho que sí. Claro. Qué increíble. Werner Diddledock, en La Cañada. La gran conciencia social del cine europeo. Uno de los últimos grandes maestros. El director del drama familiar Stromen von Blut (Ríos de Sangre, 1979), de la amarga comedia Ein Mann ohne Hoffnung (Para este viaje no hacían falta alforjas, 1980) y, después de marcharse de la RDA, la célebre trilogía Peter (1984), Paul (1986) y Mary (1987), de la parábola zoológica sobre el capitalismo Ant and Rant (La hoguera eterna, 1992), del western marxista Dry Lightning (Una de cal y otra de arena, 1995). Sus últimas películas –entre ellas Gig Economy (Jack el precario) y Starving Children (Presidente para un milagro)– habían sido criticadas, pero a mí me seguían gustando. Durante un tiempo quise dedicarme al cine. Me gustaba la mezcla de actores profesionales y personas reales en sus filmes, la improvisación controlada de sus tramas, la radicalidad de la puesta en escena. La vida me ha llevado por otros derroteros, pero sus películas han sido fundamentales en mi forma de ver la vida y de entender el compromiso político.

Werner Diddledock en La Cañada. Todavía no me lo creo.

 

DEL DIARIO DE SANTIAGO ESPONERA MARTÍNEZ DE ISÁBENA  

El extranjero ha hecho gestos para que nos acercáramos. Es un hombre alto, viejo, con una camisa naranja abierta encima de una camiseta de color azul marino. Llevaba unas gafas de montura metálica gris, cogidas de una cinta, apoyadas en el pecho. Tenía las mangas remangadas y se veía un tatuaje, pero no he podido leer lo que decía. Lo tratan con respeto, parece el jefe.

-¿Cómo te llamas? -me ha dicho.

-Santiago Esponera Martínez de Isábena -le he dicho-, para servir a España. Y este es Eduardo.

-Eduardo Remacha.

Nos ha mirado atentamente un momento. Me ha pellizcado las mejillas.

-¿Queréis participar en el debate?

-¿Qué debate? -le digo.

-El de la colectivización. En una hora o así. ¿Dónde es?

-En la plaza -ha dicho la chica que nos había gritado.

-Vamos, si os acojona no...

-Un español no le tiene miedo a nada -he contestado.

-Hombre, Santi, a nada, lo que se dice nada... -ha dicho Eduardo.

-Pues ale, ahí podéis ir a tomar un bocadillo o lo que queráis por ahí. Lo que queráis -ha dicho.

-Oye, ¿y qué hacemos después si los ponemos? -ha preguntado la chica-. Nos puede dar problemas luego.

-No te preocupes -ha dicho el viejo-. Si lo hacen demasiado bien los fusilamos.

Me ha dado un golpe amistoso en el hombro. Todos se han reído. Eduardo también, pobre imbécil.

Con el estómago lleno, he podido hacerme una composición de lugar. La situación, en su idiosincrasia intrínseca como diría mi maestro don Victorián, es desesperada pero compleja o al revés. Por lo pronto, nos tratan bien. Pese a la tensión, se nota que están cómodos: bromean, hay un clima de camaradería. Están tan seguros, tan orgullosos, que van grabando todo lo que hacen. He pensado en decirle a Eduardo: La revolución será televisada. Pero no lo habría pillado. Si hubiera estado aquí Pilar.

Luego nos han llevado a un caserón de la plaza. Parece ser, por lo que he entendido, que se lo han expropiado a uno del pueblo. Para que luego digan que ya no eran chavistas, que eran socialdemócratas, ecologistas, hermanas de la caridad: su puta madre. Se nota en el ambiente la agitación revolucionaria, con gente yendo de un lado para otro, hablando de suministros, con cables, aparatos, un espíritu comunal con un propósito compartido y mucho tabaco de liar.

El debate era en una de las salas de la casa. Se trataba del reparto de las tierras: colectivización o no. La discusión ha sido intensa, aunque no siempre comprensible. A veces las referencias me parecían un poco anticuadas. Mussolini, Stalin, Hitler, Franco. Yo soy el primero que odia la modernidad, que echa de menos la época en que había respeto y no tenías que cerrar la casa con llave, y siempre digo que tenemos mucho que aprender de los mayores. Pero me pareció que estaban un poco anticuados, con la típica obsesión izquierdista por el pasado.

Al principio una mujer del pueblo ha dicho que estaba a favor de la colectivización. Un hombre mayor ha dicho que él había empezado con un terreno pequeño y trabajando de sol a sol durante años había conseguido que su producción aumentara, que los chicos estudiaran, uno había ido a Barcelona y todo. Le ha cortado un chico joven, que le ha dicho: “Pero, papá, no ves que esto es genial, entre la tierra que tenemos y la que nos den después de colectivizar vamos a estar mejor que queremos”. El padre le ha mirado con escepticismo mientras el joven argumentaba con vehemencia: “Hijo, tienes un tozolón como un gato”, ha dicho.

Un zagal ha dicho que un mayor terreno permitía comprar maquinaria que haría el trabajo más fácil. Otro ha contestado que era importante concentrarse en los grandes objetivos, y no andarse con cuestiones menores: cualquier distracción sería aprovechada por los enemigos de la revolución. Uno con gafas ha dicho que la revolución debía ser permanente, que no debía burocratizarse o si no cómo la diferenciaríamos de un régimen burgués cualquiera. Eso se ha llevado unos aplausos. Yo me he levantado y he hablado del riesgo moral. ¿Acaso todos trabajábamos igual, acaso todos teníamos las mismas capacidades o ganas de trabajar? No, por tanto, eso podía facilitar que hubiera gente que aprovechara para beneficiarse de los que trabajaban, y por otra parte, ¿es que todos queremos lo mismo? ¿Vamos a un restaurante y todos pedimos el mismo plato? Ah, no, que ahí queremos cosas distintas, ¿verdad? Solo ha aplaudido Eduardo, que le había dicho que lo hiciera pero en este caso particular la verdad podía haberse estado quieto, porque quedaba mucho peor, le hacía señas para que parase pero tiene menos luces que un poblado africano el pobre.

Una señora del pueblo ha dicho que de cada cual según su capacidad y que a cada cual según sus capacidades. Lo importante es ganar la guerra, ha dicho otro. Hoy, el aumento deliberado en las posibilidades de la muerte, la aceptación consciente de la culpa en el asesinato necesario, ha dicho otro, un extranjero. Una chica ha dicho, por el contrario, que “Una atmósfera así borra pronto el objetivo mismo de la lucha. Pues no se puede formular el objetivo más que reconduciéndolo al bien público, al bien de los hombres”, y un guiri alto ha dicho algo de que temía el momento en el que la verdad objetiva fuera a desaparecer de nuestro mundo. Como si ellos no tuvieran nada que ver con la leyenda negra, los hijos de puta. Que vengan ahora a quejarse de fake news. Y la voladura del Maine qué. Me he quedado con las ganas de ponerle los puntos sobre las íes al cabrón del guiri pero hay que mantener el perfil bajo: “Tranquilo, Santiago”, me he dicho en voz baja, varias veces.

Han propuesto que hiciéramos una votación a mano alzada para decidir el tema de la colectivización. Entonces uno ha dicho que la mano alzada le parecía impositiva, entraban en juego dinámicas de poder y reputacionales que coartaban la libertad. Han sugerido hacer una votación para determinar el sistema de votación. Otra ha dicho que no estaba segura de que ese fuera el modo de decisión que queremos. Uno ha recordado que en todo caso el voto es un instrumento muy poco sofisticado para expresar las preferencias. El debate se ha puesto intenso y al final han decidido que mañana se harán varias votaciones (se añadirá otra, para ver si son vinculantes). La gente parecía contenta, decían que había sido un éxito. Si es así, me pregunto cómo será un fracaso.

 

DEL CUADERNO DEL HIPSTER

En cuanto lo supo, la gente del pueblo se mostró encantada con el rodaje, feliz de que se rodara una película en La Cañada. Libertarias se había filmado cerca y todavía quedaba algo de resquemor, porque nuestros campos son más bonitos: no es pasión de alcalde, pero no hay comparación. La fonda se llenó y la gente alquiló habitaciones en las casas. Llamé a Silvina Domingo, gerente del Shanghái, porque ella y mi tía son las máximas expertas en logística de la zona, y dijo que los actores principales se podían alojar en su establecimiento, que era “lo más escoscao del pueblo”.

En el salón del ayuntamiento pusimos las películas de Werner Diddledock que pude conseguir. Luego hacíamos sesiones de cinefórum, aunque las cortábamos al cabo de tres horas de coloquio porque la gente no estaba acostumbrada y tampoco quería que nos alargáramos demasiado.

La vida me ha hecho perder ingenuidad, con el tiempo se rebaja el entusiasmo que sientes por conocer a gente a la que admiras. Y no es que no me haya pasado. He escuchado a Jonas Mekas en el Cine Doré, a Adam Zagajewski y Ana María Matute en la Residencia de Estudiantes, a Judith Butler en Norwich –eso fue en mi año Erasmus, estaba enamorado de una feminista canadiense, la entrada costaba 12 libras y la invité, ella me dejó esa tarde y acabé yendo solo y la verdad es que estaba un poco afectado y me costaba entender y con el inglés y todo pero a la larga creo que me vino bien–. He conocido a José Antonio Labordeta y a Pablo Iglesias antes de lo de Galapagar. Pero había algo para mí especial, una emoción casi infantil, en que viniera a La Cañada Werner Diddledock, y me sentí nervioso, más joven, al ver cómo el viejo director, una de las últimas leyendas del cine europeo, bajaba del coche en las eras y levantaba la cabeza, admirado por la luz áspera y sin matices del cielo turolense.

 

DEL DIARIO DE SANTIAGO ESPONERA MARTÍNEZ DE ISÁBENA

Reconocimiento por la tarde.

Eduardo por el norte y yo por el sur. Me ha costado un rato explicarle la diferencia.

El pueblo está tomado. Pero no es lo que esperaba. Signos anarquistas, gente armada. Comidas para todos, una especie de racionamiento. La revolución en sándwiches de pan Bimbo. Pequeños grupos de gente armada, sin uniformes.

Pequeños comandos que trabajan afanosamente. La precisión de la organización me sorprende.

Hay mujeres y extranjeros dando órdenes.

Repetían las cosas muchas veces, para que quedaran bien en la cámara. Era evidente la obsesión por la imagen, la construcción del relato.

Había un señor mayor sentado delante del ayuntamiento. Miraba a la gente que iba de un lado a otro.

-¿Qué son? ¿De Madrid?

-De Madrid vienen la mayoría. Ahora, de dónde sean… De su padre y de su madre.

El hombre ha sacado tabaco, se ha liado un cigarrillo (la verdad es que la mitad de las hebras han caído fuera).

-Vaya lío que hay montado.

-Jaleo tienen.

-¿Cree que lo tienen todo controlado?

-La cosa es que no llueva.

-¿Y si llueve?

-La cosa cambia.

-¿Y cree que va a llover?

-Me paice que es igual lo que yo crea.

Todo es un poco misterioso.

He entrado un momento en el coche. He puesto la radio. Las tontadas de siempre. No se hablaba de lo que está pasando en La Cañada. Y a saber en cuántos sitios más. No lo verás en los medios.

 

DEL CUADERNO DEL HIPSTER

Al caer la tarde doy un paseo con Yanis y aprovecho para ver los preparativos. Aldonza, la ayudante de dirección, me cuenta el plan de rodaje mañana. Hemos sacado a la plaza la barra de la comisión de fiestas, se monta allí un catering.

El tío José el Garroso charla con Lisa Kunze, la actriz alemana que hace de Simone Weil. No sé qué le dirá, ella no habla español pero parece entretenida. Igual es por quitarse de encima al latin lover internacional Vincenzo Cameroni, que hace de fascista italiano y parece aburrido, mira el móvil pero todos sabemos que no hay cobertura. Me acerco y le digo que la primera película suya que vi era una de Nanni Moretti donde tenía un pequeño papel, hace mucho tiempo. Le sorprende que la haya visto, hablamos un momento. No le digo nada de sus declaraciones de apoyo a la Lega. Aunque yo creo en la autonomía del arte, me parece que puede ser un tema incómodo. En la calle Gramsci (se llama así desde hace un par de meses, antes llevaba el nombre de un franquista, la verdad es que todo el mundo lo llama el callejón de los meaos, pero yo no lo sabía y ahora es tarde para cambiarlo) hay un coche con pintadas de la CNT y de la FAI. Un extra –barbudo, fortachón– le estaba haciendo una foto. Le sorprendo, al pobre. Debía creer que iba a decirle algo… Qué ingenuos somos los humanos, qué miedos absurdos podemos sufrir. Y qué magia pese a todo tiene el cine, nos hace ser a todos niños otra vez, como las campañas electorales. El caso es que el extra me suena un poco, pero no sé bien de qué. Ya le preguntaré cuando lo vuelva a ver.

Salgo hacia las lomas y suelto a Yanis. Se aleja correteando, alegre. Camino un poco, distraído, pensando en mis cosas. A doscientos o trescientos metros, veo a Werner Diddledock. Está jugando con mi perro Yanis.

 

DEL DIARIO DE SANTIAGO ESPONERA MARTÍNEZ DE ISÁBENA

Hemos ido a un bar que habíamos visto a la entrada del pueblo.

-¿Corre aquí moneda española? -he dicho, para romper el hielo.

Un hombre de unos cuarenta años, bien vestido, se ha levantado y ha ido hacia mí.

-Pues ahora que lo dices. A ver. Soy Benigno Balarrasa.

-Santiago Esponera Martínez de Isábena.

-Pues mira. Aquí no vale tu dinero.

-¿Qué quieres decir?

-Nada. Te invito. Y a tu colega también.

-Muchas gracias.

¿Es todo tan unánime como parece? Bueno, no tanto. En el bar se me ha acercado un joven. “Vosotros sois de Vox”, ha dicho. “Sí”, he contestado. “Lo he visto por el coche, que ponía el nombre”. “Claro”. “A ver, el entrecejo engaña, pero soy largo”. “Sin duda”. “La cosa se jodió cuando vino el forastero con las transformaciones y las nuevas masculinidades y hostias en vinagre. Empiezas con la transformación y luego qué. El vegetarianismo. El sí es sí. Lo siguiente es que tengo que estar yo, guardia forestal, multando a las ardillas por el consentimiento explícito”.

-Correcto -he dicho.

Haremos noche aquí.

[Continuará.]