Ficciones de verdad y el derecho a la (auto)ficción | Letras Libres
artículo no publicado

Ficciones de verdad y el derecho a la (auto)ficción

La autoficción ha llegado para quedarse, o quizá siempre estuvo aquí y la historia de la literatura pueda releerse desde ese prisma incierto.

Mencionaba Juan Marqués en un artículo en The objective que en nuestro país hay muchas buenas escritoras y escritores, pero muy pocos buenos críticos, en parte porque se confunde la crítica literaria con el periodismo cultural, y a este, con la promoción. Después de leer Ficciones de Verdad. Archivo y narrativas de vida de Patricia López-Gay, las palabras de Juan Marqués resuenan en mi mente. ¿Y si tiene razón? ¿Y si a los críticos literarios españoles les pasara como a nuestro personal sanitario que prefiere, o necesita, buscar suerte en otros países para desarrollar su profesión? Patricia López-Gay es profesora en Bard College, vive en Nueva York desde hace años. Su último libro (Ficciones de verdad. Archivo y narrativas de vida) sobre crítica literaria en conversación con el arte visual reflexiona, contextualiza y engrandece uno de los modos de escritura más significativos de la narrativa actual: la autoficción.

A la pregunta de si la autoficción es un género, una categoría, un recurso literario, este libro no nos ofrece una definición cerrada: la autoficción es desde su nacimiento una desarticulación de la norma. La autoficción ha llegado para quedarse, o quizá siempre estuvo aquí y la historia de la literatura pueda releerse desde ese prisma incierto. De hecho, Ficciones de verdad dedica varias páginas a reflexionar sobre el genio fundacional de nuestra literatura, Don Miguel de Cervantes, y la medida en que las narrativas de vida contemporáneas que desean ser novela vuelven a explorar el tema de la confusión entre la realidad y la ficción.

Para López-Gay, las autoficciones no son ni autobiografías, ni novelas, sino ambas cosas; abren a un lugar “indeciso” de escritura y lectura. En ese espacio vemos emerger una figura autorial contemporánea que, husmeando con suspicacia, busca ordenar y comprender huellas dudosas de vida que se nos presentan como realidad. Desbancando el tópico de las escrituras del yo entendidas como ejercicios egocéntricos, o de mera promoción autorial, López-Gay las repiensa desde un lugar que les devuelve la originalidad: el de la “fiebre archivo”.

La obsesión por archivar marca nuestra época tanto como las noticias falsas marcan nuestra realidad. Ficciones de verdad analiza proyectos de artistas españoles que han trabajado con el archivo generando una poética de la sospecha, como Montserrat Soto o Isidoro Valcárcel Medina. Como el arte, la literatura sospechosa de archivo, la autoficción, sirve como resistencia a la manipulación. Dentro del campo literario, en plena “era del retoque digital”, las autoficciones sirven para dislocar la lógica del archivo que se propaga, rebasando las artes, tras la invención de la fotografía.

López-Gay documenta cómo las narrativas del yo escritas desde el modo autoficcional rompen con el sueño del realismo. Nos abren a instantes congelados de vida. A lo largo de Ficciones de verdad, las autoficciones de Jorge Semprún, Javier Marías, Enrique Vila-Matas y Marta Sanz se redescubren en su archivar creador, creativo y sospechoso. Bajo el “ímpetu irrefrenable de organización de documentos históricos o personales, citas propias y ajenas, fotografías, recuerdos o reflexiones del día a día” en la pantalla o sobre el papel, estos autores producen autoficciones que se detienen en el tiempo ampliado de universos posibles, en las digresiones del pensamiento, en la apertura hacia esa otra vida a la que siempre ha invitado el archivo.

Una vida que trasciende el fin último –fisiológico— del autor individual devolviéndonos el énfasis a nosotras, lectoras de vidas y ficciones, pasados presentes y futuros. Defendiendo la autoficción de manera convincente y definitiva, Ficciones de verdad defiende también la función quijotesca, hoy renovada, que cierta narrativa, visual o textual, cumple en nuestras culturas contemporáneas: mantenernos alerta; abrirnos a un universo de libertad que no necesariamente nos aleja de la realidad, sino que más exactamente nos insta a sentir el cuerpo, tomar aire, expirar, agarrar herramientas críticas que nos ayuden a navegar los vaivenes mediáticos de la era de la posverdad.