F. de Ferrara: el universo de Giorgio Bassani | Letras Libres
artículo no publicado

F. de Ferrara: el universo de Giorgio Bassani

Acantilado publica 'Detrás de la puerta', el cuarto volumen de 'La novela de ferrara', en el que el escritor italiano regresa a los temas de obras anteriores: el recuerdo y la memoria, los rumores de la ciudad, los personajes sencillos.

El contexto vital de Giorgio Bassani (Bolonia, 1916 - Roma, 2000) condiciona la lectura de su obra. Por su ascendencia judía sufrió la discriminación de las leyes raciales que el gobierno de Mussolini promulgó desde 1938. Por otro lado, si bien nunca militó en ningún partido, participó activamente en la Resistenza antifascista, y pasó varios meses en la cárcel en 1943. Paola Bassani, hija del escritor e historiadora, cuenta cómo la decisión de marcharse a Roma tras su encarcelamiento salvó a su padre de las detenciones y fusilamientos que ocurrieron en noviembre de ese mismo año a consecuencia del asesinato de un líder fascista ferrarés, hechos que más tarde el propio autor relataría en Una noche de 1943. Hay que valorar estas circunstancias a la hora de enfrentarse a sus textos, de modo que los reconozcamos como testimonios de una crisis que en los años inmediatamente posteriores Italia trataría de olvidar.

Pero la perspectiva histórica no debería lastrar una mirada más amplia sobre su literatura. En Bassani me introdujo una querida profesora que solía decir que lo recomendaba a todo aquel que se había cansado de la lectura. Su escritura tiene una vocación de universalidad que hace que podamos seguir disfrutando de ella. Pier Paolo Pasolini, íntimo amigo de Bassani, da cuenta de esta universalidad en un comentario a Intramuros, el primero de los seis libros que componen La novela de Ferrara.

Sobre su prosa dice que “no expresa la realidad, sino que alude a ella”; una escritura tonal que, como la pátina en un cuadro antiguo, hace que el mundo representado aparezca “alejado, sumergido en una inmóvil bruma o en una luz absorta, donde todo no puede sino ser absoluto”. Pasolini recuerda una ocasión, durante la redacción de los cuentos de Intramuros, en la que Bassani se le acercó con una “infracción lingüística” que necesitaba consultarle: ¿seguir escribiendo “F.”, o poner de una vez por todas “Ferrara”? “Debía permanecer, por un lado, en la oscuridad, y, por el otro, aspirar a la universalidad”, dice sobre el joven Bassani. Al final, como sabemos, optó por mencionar la ciudad. Pero no se puede afirmar que haya en ello una toma de partido realista, porque aunque sus personajes vivan en Ferrara, “Bassani, en cambio, irreparablemente pertenece a otra ciudad que muy bien se puede indicar como ‘F.’”.

La Ferrara de La novela es una especie de correspondencia mítica de aquella que el escritor habitó, un lugar que permanece consciente de su historia, pero que permanece aislado del paso del tiempo. Para hablarnos de ella, Bassani insiste en la memoria: todo ocurrió muchos años atrás, y constantemente se hace hincapié en ello. Recordar se convierte en un ejercicio que tiene valor por sí mismo, y lo que se recuerda no significa solo aquello que se narra, sino otras muchas cosas más. Tomemos “Paseo antes de cenar”. El cuento arranca con un zoom sobre una postal vieja de la ciudad, la memoria empezando a trabajar. A Bassani le interesa una zona borrosa en la que aparece, nos dice, una chica llamada Gemma Corcos, Brondi de soltera. Pero ella es solo una excusa para hablarnos del resto de su familia, de su futuro marido, de un pedazo de la historia de Ferrara. Las imágenes se suceden como diapositivas, resumiendo muchas vidas en unas pocas páginas. En las líneas finales hay un zoom out en el que el propio texto desvela su procedimiento: “Como si, a partir de la mañana siguiente a la noche en que había prometido casarse con su hermana, hubiese mirado siempre a las personas y las cosas precisamente así, desde arriba y, en cierto modo, desde fuera del tiempo.”

Entre los recursos de Bassani, dos son especialmente frecuentes a la hora de generar esta sensación de distancia, de construcción de un símbolo, a lo largo de La novela de Ferrara: personajes pequeños, discretos, y separación física con respecto al objeto que se mira. El farmacéutico que contempla desde lo alto de su ventana los fusilamientos en Una noche de 1943; el velo que son las gafas de Fadigati en Las gafas de oro, y la marginalidad que comparte con el narrador (uno homosexual, otro judío); Micòl hablando con el protagonista sin nombre de El jardín de los Finzi-Contini, primero desde lo alto del muro, luego desde lo alto de su habitación. Las divagaciones de la narración, que a veces parecen paratexto, son también un buen aporte a este distanciamiento. A mitad de El jardín… leemos: “También las cosas mueren, muchacho. Conque, si también ellas han de morir, qué se le va a hacer, lo mejor es dejarlas”. Y las líneas finales vuelven a esto como un eco: “Y como estas, lo sé, no eran sino palabras, las habituales palabras engañosas y desesperadas que solo un verdadero beso habría podido impedirle proferir, sean ellas, precisamente, y no otras, las que sellen aquí lo poco que el corazón ha sabido recordar”.

La editorial Acantilado, acaba de publicar el cuarto de los seis volúmenes de La novela de Ferrara (con una nueva traducción de Juan Antonio Méndez). Detrás de la puerta es una novela breve en la que regresan todos los elementos característicos de las anteriores: el recuerdo como motor de la trama, los rumores de la ciudad, los personajes sencillos (en este caso un estudiante y sus amistades en la escuela) y la distancia: una conversación escuchada desde el otro lado de la puerta marca al joven protagonista para el resto de su vida. Si alguien necesitaba una excusa para volver a esta Ferrara mítica, Detrás de la puerta es una oportunidad perfecta.