Entrevista a Pierre Assouline: "España era la primera comunidad judía de Europa, pero no se conserva apenas nada" | Letras Libres
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Entrevista a Pierre Assouline: "España era la primera comunidad judía de Europa, pero no se conserva apenas nada"

En "Retorno a Sefarad", el escritor y periodista francés intenta obtener un pasaporte español tras la ley de nacionalidad para los sefardíes de 2015.

Pierre Assouline es escritor y periodista. Ha escrito biografías de George Simenon, Gaston Gallimard, Hergé; novelas, libros de ensayo y centenares de artículos; lleva el blog La République des Livres. En Retorno a Sefarad (Navona) cuenta su intento infructuoso de obtener un pasaporte español, tras la ley de nacionalidad española para los sefardíes aprobada en 2015. Assouline mezcla la descripción del caso legal –con sus pasos burocráticos, sus esperanzas y frustraciones– y las reacciones de sus amigos con el periodismo –el discurso del rey–, la historia y la memoria, los viajes por España y por el tiempo, la autobiografía y la cultura.

Retorno a Sefarad mezcla muchos géneros. Hay partes autobiográficas, novelescas, ensayísticas, amagos de crítica literaria, de libro de viajes.

La forma del libro es esencial. Cada vez que comienzo un libro me planteo la cuestión de la forma. Si no encuentro la forma que conviene, no hago el libro. A veces es la misma forma en varios libros. Como este proyecto era tan especial, necesitaba una forma especial. Me lancé al libro sin estar seguro. Al hablar con Javier Cercas, me dijo: es un cocido. Y eso me liberó. En el cocido literario puedes meter todos los géneros. No es la novela sin ficción como las que escribe Javier Cercas, aunque hay novela, ensayo, reportaje, entrevista, poesía, de todo. Eso me dio una libertad formidable. No sé si haré un libro con la misma forma. Es un tono que daba una especie de luz, de alegría, otorgaba una jovialidad al libro que escribía.

Es curioso porque por una parte es un libro que describe un proceso legal: el intento de obtener la nacionalidad española. Es un proceso frustrante, en ocasiones cómico y kafkiano. Y por otro lado está la memoria de la expulsión de los judíos.

Hay una tensión entre el presente y el pasado. Entre la actualidad y la historia. Voy de un lugar a otro permanentemente. Por otro lado, esto empezó hace cuatro años y todavía no soy español, no tengo mi pasaporte. No es grave, para mí no es una cuestión vital sino simbólica. Puedo venir a vivir aquí, soy europeo, fiscalmente no hay ventajas. Puedo pensar que hay gente que es prioritaria: venezolanos, mexicanos, bolivianos, argentinos. Están en países con problemas de verdad. No es el caso de los franceses. Después de la salida del libro los españoles me preguntan: “¿Y tu pasaporte?”. Y yo respondo: “Hace cinco siglos que espero. Puedo esperar un poco más”. Pero en este caso es extraño porque fueron el rey y el parlamento quienes vinieron a buscarme. Eso es un poco amargo, no es que produzca cólera. Por supuesto, sabemos que estos problemas administrativos son difíciles en todo el mundo. El ministerio de la justicia español me escribió para decirme que el dosier estaba bien, que me dirían algo. Es increíble. Tengo una carta con personalidades intelectuales españolas avalándome. Me dijeron: “Hablan bien de usted pero no dicen qué ha hecho por España”. Recurrí al rey. Si el rey no es suficiente ya solo me queda dios.

No todo el mundo tiene el apoyo de gente así.

Hay gente con menos facilidades, peor relacionada y tiene su pasaporte. Yo no soy paranoico. Alguno me ha dicho: es porque has dicho que exigirá la abrogación del decreto de expulsión de los judíos.

Lo dice en el libro. Eso me hacía dudar. ¿Hasta cuándo debemos anular leyes que fueron aberrantes y estúpidas, pero que ya no están en vigor? ¿No es la continuidad histórica entre la España de los Reyes Católicos en 1492 y la España constitucional un poco tenue? En la ley de nacionalidad hay un espíritu de reparación, específicamente, y por supuesto la Constitución, que es el ordenamiento jurídico que tenemos, prohíbe la discriminación por raza o religión. Según su punto de vista, quizá deberíamos anular simbólicamente muchas otras leyes aberrantes y estúpidas que ya no están en vigor, que ya están derogadas de hecho. El decreto de expulsión de los moriscos, para empezar, pero muchas otras cosas.

Pueden pedirlo. Pero son dos cosas diferentes. No es lo mismo. Sefarad cultiva desde hace cinco años nuestra filiación con España, el amor por la cultura, por la lengua y por la cocina. No ocurre eso en los países musulmanes. No hay un movimiento similar.

No hablo del retorno y la concesión de la nacionalidad. Sino de cuántas leyes que ya no están en vigor tendrían que ser objeto de ese procedimiento simbólico, cuando ha habido además un reconocimiento del error que fue la expulsión.

Temes que cree un precedente. Pero es ir caso por caso, con todas las leyes. El rey dice que es caso por caso. Y esto se corresponde a su discurso. La ley y su discurso. Hay que armonizar. Me dicen juristas: la ley que permite que vuelvan ya hace eso. La abrogación no aporta nada, el decreto de expulsión está caduco. Claro, es simbólico.

Algo que ha sido importante para muchos españoles, y para los sefardíes, es la cuestión de la lengua, la pervivencia. También hay muchas obras de literatura oral que conocemos porque sobrevivieron en su versión en ladino.

Yo prefiero hablar de judeoespañol. El ladino es la lengua de la sinagoga, no la lengua de cada día, de la calle. Eso es el judeoespañol, una mezcla de hebreo y de viejo castellano, con un poco de turco y de árabe según las zonas.

¿Cómo vivía en su caso particular, en su casa, ese legado de Sefarad?

En casa cuando era pequeño, en Casablanca, en Marruecos, la cultura española era la cocina. Las canciones, algunas expresiones (hablábamos en francés). La música era importante, la guitarra española clásica, Albéniz, eso era para nosotros España. Cada año íbamos a la Costa del Sol, donde entonces no había nada. Esa era la presencia de España. Y luego está la memoria.

Además de la memoria, el libro es una investigación sobre el mundo judío en España, lo que queda de esa presencia.

Y sobre los marranos, aunque yo no digo esa palabra, prefiero utilizar la palabra conversos. Hubo matrimonios de la nobleza muy pronto. Hay muchos españoles que son de origen judío y no lo saben. España era la primera comunidad judía de Europa. ¿Qué permanece? Apenas nada. Una comunidad minúscula. Quedan los nombres. La onomástica dice mucho. Aunque haya habido cambios de nombres, la relación de cada persona con el suyo es muy importante. Es el embajador de la persona. Siempre quiere decir algo, una relación que es variable. Siempre me ha interesado mucho. Como novelista, me importa el nombre de los personajes, nunca es azaroso.

Aparecen cuestiones como el debate de la herencia judía o no de Cervantes. Para denigrar a Góngora, Quevedo lo acusaba de tener orígenes judíos.

No quería entrar demasiado en la polémica de Cervantes porque hay tal cantidad de libros y polémicas sobre sus orígenes judíos que preferí hacerlo a mi manera. La especulación sobre los duelos y quebrantos, el plato que sale al principio del Quijote, era una forma de hablar de eso, con humor.

También viaja por ciudades españolas que tenían una presencia judía importante.

Viajo mucho, me encanta viajar. Para mí un país no es la capital. Hay demasiados artículos, libros, que se concentran en hablar de un país desde la capital, eso me enerva. Me gusta mucho La España vacía de Sergio del Molino. España es eso hoy. Para mí es indispensable. Hay partes que no conocía, como Castillo de Mota de Judíos, un pueblo muy pequeño, un pueblo de Castilla y León. Viajo también mucho en Francia. Es importante ir a los sitios.

Aborda el tema de la leyenda negra. Habla, por ejemplo, de los trabajos de Joseph Pérez, que ha escrito sobre ella, sobre la Inquisición.

Leo los periódicos españoles cada día desde hace mucho. Todos esos periódicos hablan del tiempo de Franco, de la Inquisición, del debate sobre conquista o reconquista. Es peor que en Francia. Viven siempre en la historia, es fascinante. He hablado de la leyenda negra, me parece interesante. Y he descubierto la leyenda blanca. Vox intenta reescribir la historia. Esto de conquista o reconquista significa recuperar lo que tenías antes. Pero antes los que estaban eran los visigodos. Es una conquista.

Supongo que quien emplea el término asume de un modo u otro que esos territorios habían sido cristianos.

Eso es discutible.

Sí, pero las historias nacionales se construyen siempre desde el futuro. Por ejemplo, son reinos separados, esa unidad no existe, se crea a posteriori.

A pesar de la Inquisición, yo no soy hostil a los reinos católicos. Los reyes lograron la unidad de España. Religiosa y política. La Inquisición es un horror, pero la voluntad de unificación política fue inteligente. Lo hicieron de un modo que no solo fue cruel sino que cerró España. España no pudo tener una revolución ilustrada por eso. Tras 1492 deja de ser un país al que vas, es un país del que te vas: los judíos, los moriscos, los republicanos. El resultado es que España está vacía. No solo porque la gente se va al litoral. Los españoles se iban a otros países.

En el libro habla mucho de historia y memoria, de su oposición.

Memoria e historia son dos cosas diferentes. Yo no soy historiador pero me interesa mucho la historia, escribo en una revista que se llama L’histoire desde hace treinta años. La memoria no es la historia. El trabajo del historiador es objetivo, frío, distante. La memoria es mucho más cálida. Cuando hay muchas memorias comunitarias resulta difícil orquestarlas todas: de los negros, de los árabes, de los antiguos colonizados.

También aparece la historia del antisemitismo y antijudaísmo en España. En un momento, además, en el que surgen alarmas por el ascenso del antisemitismo en Europa, en Francia, Alemania o en el Reino Unido.

Siempre comparo. Cuando se habla de cualquier cosa de un país, comparo ese fenómeno con lo que pasa en otra parte. A menudo la gente en Europa me dice: España es antisemita. La idea general es que España es un país antijudío, pero luego no tienen argumentos. Les digo: España no es actualmente un país antisemita, para empezar porque no hay judíos. Es una comunidad minúscula. Eso no impide que haya una vieja tradición antijudía que pervive en la lengua y es normal y más o menos aceptada. La idea de comprar -¡comer!- judías verdes. ¿Por qué se llaman así? Si tradujeras al francés… Nadie sabe por qué.

En Francia, como en España, hay un observatorio del antisemitismo. Lo veo regularmente. Una vez por semana alguien ha escrito algo. En Francia hay mucho más. Matan a judíos. No en la guerra. Hoy. En la Inglaterra actual, desde hace un tiempo, el Partido Laborista está podrido por el antisemitismo. Corbyn hace como si no estuviera. Es responsable, culpable de eso. Ha negado el problema. Hay también un antisemitismo en España, como en toda Europa, que es el antisemitismo de raíz musulmana. Es novedoso, tiene un origen religioso y no se explica siempre por el conflicto de Israel y Palestina. Se emite desde medios musulmanes y se repite en publicaciones de extrema derecha y extrema izquierda. En Público salen artículos sobre los judíos que no se publicarían nunca en Francia, se considerarían piezas antisemitas.

Aparecen escritores españoles actuales en su libro. Muñoz Molina y Sefarad, Michel del Castillo, Cercas, Del Molino. También la traductora y novelista Line Anselem, que escribe en francés.

Hay otros escritores que me gustan mucho, como Javier Marías y Juan Manuel de Prada, muy interesante. Voy a leer la semana que viene Berta Isla de Marías.

Sigue la actualidad política española. En el libro hay varias alusiones a la crisis catalana.

El gran problema de España es que sufre por no tener un relato nacional. No tiene un himno, un relato nacional, casi ni una bandera. La Francia republicana tiene una idea muy fuerte de ese aspecto nacional y republicano. No tenemos los mismos antepasados, no pasa nada, pero aprendemos el mismo pasado. En España no hay un relato nacional, hay diecisiete. No todos son tan fuertes como el catalán, pero algunos son muy poderosos. Es una consecuencia del franquismo. Se estigmatiza y se considera nacionalista algo que no lo es: no lo es en Francia. Veremos. Bélgica, que tiene otro problema, va a estallar. Lo une el rey, lo que no es muy importante. Y el equipo de fútbol, pero pierde siempre.

En Cataluña el error creo que fue que el Estado abandonara la educación nacional. En Cataluña hay una generación que siempre ha hablado el catalán en el colegio, a veces sin el castellano. Cataluña no es una nación. Nunca lo ha sido. Lo que me asombra es el rechazo del castellano.

Que además es la lengua materna de la mayoría de la población catalana.

Que los manuales estén en catalán y se estudie solo en esa lengua: eso es un escándalo. Desde un punto de vista republicano es inadmisible. Y luego, por otra parte, actualmente las naciones que son naciones de verdad se unen. Francia sin Europa no existiría. Inglaterra sin Europa muere. Si Cataluña se volviera independiente, espero que no suceda nunca, ya sabemos cuál sería la primera catástrofe: Messi se va. Y, más en serio, muchas empresas se han ido y veremos si volverán. Es una catástrofe. Esa Cataluña no sería reconocida por Europa. Me consterna la irresponsabilidad de los dirigentes catalanes. Pujol fue un irresponsable, Mas le superó, Puigdemont, francamente, ¿qué decir? Y finalmente está Torra, con un racismo biológico anticastellano que muestra en sus escritos y que es verdaderamente vergonzoso.

Usted es novelista, biógrafo, periodista cultural. ¿Cómo diferencia esas tareas?

No hay diferencia. Mi trabajo es leer y escribir. No puedo leer sin escribir, no puedo escribir sin leer. Es la misma actividad.