Entrevista a Javier Pérez Andújar: “Lo mejor que se puede hacer con la realidad no es negarla, sino transformarla” | Letras Libres
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Fuente: Laura LB

Entrevista a Javier Pérez Andújar: “Lo mejor que se puede hacer con la realidad no es negarla, sino transformarla”

En su nueva novela, La noche fenomenal (Anagrama), el escritor barcelonés combina los fenómenos paranormales, los universos paralelos y los viajes astrales con el costumbrismo de sus obras anteriores.

Algunos personajes están basados en amigos suyos, algunos ya fallecidos. ¿En qué medida la novela es un homenaje a ellos?

La novela es un homenaje a todos mis amigos: a los vivos y a los muertos, están en igualdad de condiciones. El que más peso tenía era José Batlló, por eso sale tanto. Quería restituir el hueco que me ha dejado a mí pero también el hueco que ha dejado en la literatura: era el editor mítico de la colección de poesía El Bardo, el descubridor de Claudio Rodríguez, de Pere Gimferrer; fue el que editó a todos los poetas de los últimos sesenta y setenta que son los que me han influido a mí. Batlló se fue retirando de la vida activa literaria, montó la librería Taifa; se fue refugiando ahí. De algún modo, le excluyeron y se autoexcluyó.

Uno de los temas de La noche fenomenal es la amistad.

Sí, es el tema principal. En realidad es un libro sobre la amistad. Es un grupo de amigos que conspiran para descubrir el mundo y para pasárselo bien. Eso está en los típicos libros de amigos como Los cinco, en los libros juveniles de aventuras. Pero para mí no era importante porque ni siquiera eran libros que me marcaran… Las típicas novelas de pandilla están ahí pero no es definitivo para mí lo de Eric Blyton y Los tres investigadores. Está más bien la esencia de la amistad que la literatura de la amistad: la esencia es poner un grupo de amigos. Un grupo de amigos, y más si se dedican a conspirar, pueden hacerlo todo: la revista Sur eran un grupo de amigos, la revolución francesa de Robespierre, Marat eran un grupo de amigos. Casi todo lo que ha tenido trascendencia lo ha hecho un grupo de amigos. Luego detrás hay intereses comunes, la ideología, la pasión, ir a un sitio de aventura… Pero lo que mueve, el motor profundo es que hay un grupo de amigos.

La novela tiene muchas paradojas: dices, por ejemplo, que la escritura es una cosa que se hace en solitario y el libro está protagonizado por un grupo de amigos.

No, no. Eso era una descripción realista y materialista. Esa frase –es un acto solitario que se ejerce en ruinas– está cuando entierran a Curtis Garland, es el personaje que está detrás de Carl Malone. Cuando entierran al escritor de novela de quiosco –esto no es cierto en la vida real, pero en la novela sí– en el cementerio de Montjuic se caen unos cuantos nichos y se quedan los huesos ahí al descubierto durante una buena temporada. Y digo que la escritura es un ejercicio solitario que se ejerce entre ruinas porque lo están enterrando a él en ese momento que sale esa frase, entre ruinas y solo porque no hay nadie en el entierro. Casi siempre hago lo mismo. Sé que las frases tienen un valor simbólico, pero procuro que cuando las pongo yo tengan el sentido material de donde están y ya está.

La noche fenomenal es el nombre del programa de televisión dedicado a asuntos paranormales u ocultos que reúne a los protagonistas. ¿Por qué eligió un programa de televisión de ese tipo?

Primero porque como he trabajado en un par, La hora del lector y Salón de lectura, sabía cómo funcionaban. Los dos los dirigía Emilio Manzano. Y elijo un programa de televisión porque sé cómo funcionan o al menos sabía cómo funcionaban esos y estaba cómodo dando esa cohesión. Si hubiera dicho que era en un barco me habría tenido que informar sobre cómo se vive en un barco. Pero ahí me salió todo más fluido. Y va de efectos paranormales porque es mi gran afición. El programa que hacíamos nosotros era de libros pero yo siempre he querido hacerlo de efectos paranormales.

¿Por qué inventas ese universo de mundos paralelos?

Si los protagonistas tienen un programa de fenómenos paranormales, para interactuar con la realidad, les va muy bien que la realidad se ponga al servicio del programa y pasen cosas porque si no habría hecho un libro descreído. A mí no me gusta la gente que no tiene fe en las cosas que hace. Entonces hacer un grupo de amigos, crear un grupo de amigos que investiga fenómenos paranormales para decir que todo lo que hacen es inútil, están perdiendo el tiempo, son unos cínicos y unos ingenuos… Pues yo no estoy dispuesto. Si hay un grupo de amigos que investiga fenómenos paranormales es porque existen. A mí no me gustan las novelas fantásticas o de ciencia ficción en las que te acaban diciendo que todo es mentira, que es una especie de sueño, que es según cómo se mira. Lo detesto.

En la novela hay fenómenos paranormales, hay universos paralelos, transformaciones, viajes astrales y también teletransportaciones. Pero también hay mucho de costumbrismo: de contar una ciudad y un barrio que es Sant Adrià, y sus peculiaridades.

Lo anómalo pasa en la vida real. Las caras de Belmez pasaron en una casa de pueblo: salían de la chimenea en la casa de un pueblo de Jaén, de Belmez de la Morera. Las combustiones espontáneas le pasan a un señor que está en la biblioteca de su casa leyendo. Todo lo anómalo pasa en la vida cotidiana; por eso es anómalo. Si pasara en un sitio que ni nos enteramos o que está determinado que pase lo anómalo, sería normal que pasara lo anómalo.

También tiene una relación con tus libros anteriores…

Es que para hacer verosímil lo anómalo tienes que hacer verosímil el marco porque tienes que creer en lo que pasa. Luego, si lo que me preguntas es si mi mundo es el de siempre, la respuesta es sí. La ciudad, las calles, los barrios, los libros… Pero claro, no tengo que cambiar. Doy lo que tengo: mis tebeos, las películas que me gustan. Pero ese es mi mundo. Solo puedo contar una historia desde mi mundo, si no sería una impostura.

¿Y cómo se gestiona esa mezcla de lo cotidiano con lo paranormal?

Esa una mezcla pero sobre todo es una convivencia: están juntos. Entonces sucede. Como me lo imagino yo y me pasa a mí, pues me sucede a mí. No tiene mucho misterio: si pienso que los amigos encontraremos agujeros de espacio tiempo los vamos a encontrar en el bar donde nos movemos. No nos vamos a entretener en la tierra del futuro, en otro plantea en el futuro. Creo en lo que ocurre, en lo material.

En parte, la novela a pesar de ser de ciencia ficción, ¿es también una especie de autorretrato camuflado?

Me retrato en todos los libros. Soy muy primera persona o muy de la relación con el yo. Quizá mis influencias también son esas. Umbral me ha influido mucho. No es metaficción siquiera, o autoficción. Escribo yo, y entonces me retrato. Y es inevitable porque solo escribo de lo que me gusta, de lo que pienso, de lo que siento, de lo que creo que sé o conozco. Y es inevitable que salga un retrato. Ni siquiera es camuflado: está ahí. Quedan las huellas dactilares pegadas en cada página y muestran que lo he hecho yo. No me pongo guantes para ocultar el crimen.

Eso hace que el libro esté lleno de influencias muy bastardas. Puede convivir El lazarillo con Umbral, con las películas de Truffaut o con las canciones de Triana.

En el espacio particular y académico de todos los tipos las cosas están ordenadas, taxonomizanas, jerarquizadas. Pero dentro del cerebro, no. En el cerebro, las canciones de Triana están con las lecturas de Proust. Quizá no las he hecho a la vez porque cuando leo no pongo música, pero sí las he hecho en el mismo tiempo, aunque no simultáneamente. Todo eso va dejando un poso y en el cerebro está junto, está yuxtapuesto, y cuando escribo, escribo con lo que tengo en la cabeza. La misma persona que veía los episodios de Colombo y de Starsky & Hutch luego leía a La Rochelle. No me preocupa que en las estanterías de la biblioteca del departamento de francés de la facultad de Filología esté Proust y no esté Triana porque yo he pasado por la tele, por la biblioteca y he ido empapándome de todo eso. Y a la hora de escribir tiene que salirte el carácter, el estilo, no la jerarquía o la taxonomía.

En el libro hay como una voluntad de conservar en el estilo escrito una cierta oralidad y una cierta manera de cómo funciona el cerebro, que a veces es a saltos…

Tiene muchos saltos. No sé por qué. Pero también tiene que ver con el tipo de lecturas que me gustan y de películas que he visto: las películas de los ochenta, de Jim Jarmusch, que son escenas tras escenas más que historias hilvanadas. Funciona por collage, por yuxtaposición de impresiones. También me gusta leer crónicas, libros que más que novelas que cuentan una historia seguida son novelas donde la historia se deduce de lo que te han contado. Y en los tebeos evidentemente se habla de arte secuencial precisamente por eso, porque está contado a trompicones. Las viñetas las tienes que hilvanar tú cuando lees.

¿Cuánto tiene la escritura de búsqueda?

Es mi forma de buscar. Yo escribo para buscar. En realidad para mí es la gran búsqueda: dentro y fuera de la cabeza. Buscar en uno mismo, en lo que ha pasado, en otros libros… Para mí la literatura es el gran camino iniciático.

El libro también está lleno de apreciaciones y reflexiones, a veces expresadas en forma de aforismos, sobre los asuntos más diversos.

El gusto por la frase que intenta reflejarlo todo o expresarlo todo me viene de Ramón Gómez de la Serna y de Cioran. Me encantaban. En el caso de Cioran se llama “aforismo” y en el de Gómez de la Serna “greguerías”. Y me encanta intentar meter frases que sean como destellos, como petardos, como bombas: frases que intenten explicarlo todo, que descoloquen, que rompan la acción. Son frases que caen de fuera y rompen la acción pero tienen vitalidad; me gusta verme a mí mismo con frases.

¿Cómo se relaciona la ficción con la realidad en general, desde la literatura?

La realidad intenta sabotear a la ficción y entonces tienes que tomar partido, tienes que elegir. Es la gran decisión, el gran cruce de caminos sobre a favor de quién estás. Pero claro, no puedes ser injusto. Si quieres salvar a la ficción no puedes ser injusto con la realidad porque en la realidad también vive la gente y también sufre, y no puedes despreciarla. Entonces hay que salvar a la ficción de las trampas de la realidad, pero no de la realidad misma. Es una gran encrucijada. Yo estoy a favor de la ficción siempre. Lo mejor que se puede hacer con la realidad no es negarla, que sería un error y una injusticia, sino que lo mejor que se puede hacer es transformarla. Hay que transformar la realidad, entendido como antítesis, como oposición a los que quieren negarla. Mientras se está en un proceso de transformación permanente no acaba de cuajar como realidad, y en eso ya se hermana con la ficción.

El libro tiene algo de parodia y de homenaje a la literatura de género.

Estoy muy a gusto en la literatura de género porque da el marco. Casi todos los autores de género me caen bien aunque no los haya leído, me caen bien su existencia y su manera de ser: Julio Verne, Emilio Salgari, Raymond Chandler y otros menos conocidos, como los que escribían novelas de quiosco en los sesenta, setenta. Pero me caen bien: su actitud me encanta. Si yo tuviera el don de la narración, haría género, por supuesto.

¿Cuál era el modelo del libro?

En la estructura profunda el modelo es el ciclo artúrico. Es lo mismo: un grupo de caballeros que está en torno a una mesa redonda, a las órdenes o dirigidos por el rey Arturo. Viene una dama en apuros, pide ayuda a uno de ellos y van a la aventura. La tabla redonda es el grupo, el plató de televisión. Los caballeros son los que están en el programa. El director es el rey Arturo. Isis es la dama en apuros que pide socorro. Es una novela artúrica, en realidad. Por eso tiene la cita del Grial al principio de la novela.

La novela tiene mucho humor.

A mí me gustan mucho los libros de risa. Me encanta reír: las pelis de risa, los tebeos de risa. De hecho, los tebeos me gustan más los infantiles que los de mayores, curiosamente. Tampoco se me ocurre qué mejor puedo darle a la gente que un rato de risa.

 

*Una versión reducida de esta entrevista se publicó en Encuentros, del Diario de Tarragona