El crédito de la ficción | Letras Libres
artículo no publicado

El crédito de la ficción

Nadie reprobaría hoy a Dante o a Cervantes por haber echado mano de personajes reales en sus obras de ficción, y así ha seguido haciéndolo la literatura moderna. La novedad reciente más llamativa quizá sea que la literatura contemporánea ha seguido integrando la realidad histórica en novelas de ficción, como siempre, pero también lo ha hecho en novelas sin ficción, o que defienden haber reducido al mínimo la ficción. Los resultados son a veces turbadores, como lo han sido en autores tan dispares como Sebald, Coetzee o Martin Amis, y como lo han sido a manos de Javier Marías, Javier Cercas o Juan Gabriel Vásquez.

Desde luego ha sido también turbador el tratamiento que Elvira Navarro ha ofrecido de la escritora Adelaida García Morales, fallecida en 2014, en páginas que no me parecen nada raquíticas, como escribió Víctor Erice, sino inteligentes, solventes y comprometidas. Las treinta páginas finales de un libro titulado Los últimos días de Adelaida García Morales (Literatura Random House) invitan sin duda a leer literalmente ese enunciado: su veracidad se respalda con la extensa transcripción de una charla radiofónica, con participación incluida de Alfonso Guerra, además de una cronología de “hitos biográficos”, una página de créditos con bibliografía, y un par de emails que, en apariencia, están en el origen de un relato escrito “en clave de ficción” y cercano “al falso documental” (según la contraportada). No obstante, el segundo email desmiente la anécdota inicial y poderosa.

Pero esa anécdota brinda una obertura óptima para sumergir al lector en las cavilaciones aprensivas de una escritora, Elvira Navarro, que vivió en la adolescencia la pasión angustiosa por los libros de García Morales y siente tras su muerte el tirón de evocarla, recrearla, fabularla y hasta poseerla literariamente a través de un relato sobre la fabricación de un documental. Por tanto, la novela se plantea inicialmente como “una suerte de recreación libre” o “continuación atmosférica” de los relatos de la misma García Morales: es ficción y falso documental porque renuncia a la investigación que reclama un documental biográfico (“no pretende ilustrar sobre la vida y la obra de nadie”), y aspira solo a usar testigos lejanos, con ideas parciales y fragmentarias sobre el personaje, muy insuficientes como base para una biografía pero base holgada para una fabulación novelesca.

Pero de golpe, más que mediada la novela, cambia de ley y empieza a defenderse a sí misma ya no como ficción libérrima sino como documento veraz, de manera que la realizadora del documental concluye que “ampliará los hitos de la vida de Adelaida García Morales con más información e incluso con testimonios que encontrará en internet”, en alguna medida para satisfacer los deseos de “un hipotético público exigente” que no se conformaría con sus fabulaciones intimistas, o con la información muy parcial que ha grabado, y reclamaría otra más fiable y completa. En efecto, es ese tipo de dato fáctico el que llena desde entonces las últimas treinta páginas del libro porque “jugará al ‘como si’ bosquejando un esquema del personaje”, a partir del rastro informativo que halle en la red o en la prensa.

El libro acaba de cambiar de carril y propicia de inmediato una equivocidad crónica y una veracidad sospechosa sobre la persona real de García Morales (no sobre la escritora recreada en la ficción por Elvira Navarro, que podía seguir siendo todo lo equívoca o indescifrable que quisiera). Ha abandonado el terreno de la ficción y ha ingresado en el de la biografía de una persona real. Pero las leyes de ambas son diferentes. La ficción vive de la impunidad pero la impunidad no rige para la historia o la biografía porque nadie debería contar los pesares de una sífilis en la madurez de Ortega y Gasset (o de Cervantes) sin tenerla muy bien documentada (excepto que acuda a la ficción).

Por eso me parece que la desobediencia a medio camino de las reglas que ella misma había dado a su relato contamina retroactivamente al libro entero y lo hace crónica verídica, según han creído muchos, inducidos por el cambio de clave. El libro no se concibe ya bajo la especie de la ficción sino bajo la especie de la biografía “bosquejada”, y es en ese tránsito donde la autora pierde el control de su artefacto. Habíamos sido invitados “en clave de ficción” a un juego que se ha contaminado de verdad histórica, sin pistas sobre qué es verdad y qué no. Y esa incertidumbre afecta a todo, a sus juicios, a sus diagnósticos, a sus insinuaciones. La combustión de ambas modalidades en el mismo libro me temo que erosiona sin remedio su credibilidad narrativa y, sobre todo, propicia una equivocidad que arruina a la vez la verdad de la ficción y la veracidad de la biografía. ~


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