Diario del aislamiento (y XIII) | Letras Libres
artículo no publicado

Diario del aislamiento (y XIII)

Aventuras en desescalada: películas infantiles, equívocos divertidos en situaciones trágicas, un viaje en tren hacia una casa con piscina, una furgoneta camperizada y muchos ejemplares de nuestro animal favorito, el ser humano.

Viernes 29 de mayo

Los niños preguntan desde que se levantan a qué hora viene Marta. Marta me llama para preguntar si necesitamos algo, me quedo a comer, advierte. La ensaladilla rusa que preparo para comer no le gusta a mi hija pequeña, pero le encanta a Marta. Después de comer, ponemos Toy Story 4. Me gusta la parte en la que Woody le explica a Forky, el muñeco hecho con un tenedor empeñado en que es basura, de qué va lo de ser un juguete: se lo das todo y luego, básicamente, dejan de necesitarte. Es un poco lo mismo que ser madre. A ratos cabeceo. Al final no lloro, al contrario de lo que me pasa cada una de las veces que veo Toy Story 3 cuando Andy se despide de sus juguetes en el jardín de otra niña.

Marta está convencida de que no me voy el domingo, y yo quiero creer que tiene razón, creo que por eso no compro aún los billetes. Cada vez que entro a comprar en la página de Renfe el banner de alerta de que solo se puede viajar por motivos inaplazables.

 

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Hemos quedado con Zita en el Dos de mayo para conocer a su bebé, tiene dos meses y es la primera vez que salen sin que sea para ir al médico. Voy con las niñas, el mediano se ha quedado en casa con su padre. Es todo muy raro porque no podemos tocarnos. Los parques infantiles están precintados, así que la fauna de la plaza comparte ahora espacio, con la distancia de seguridad. Al lado del banco hay caca de perro, le advierto a mi hija mayor para que no la pise. Un rato después, llega Rosa. Rosa, Zita y yo nos conocimos trabajando en un periódico semanal. Rosa era la subdirectora. Todos llevamos mascarillas menos los bebés. No nos besamos al despedirnos. Luego Rosa nos acompaña a casa y mi hija mayor quiere que suba y le da un beso en la puerta. Las dos nos miramos sorprendidas.

 

Sábado 30 de junio

Voy al mercado con los tres niños. Nuestra primera parada es en la charcutería: nos reciben con alegría y les dan choricillos a los niños. Se me saltan las lágrimas, pero creo que no se me nota del todo. Considero un logro no llorar ni en la frutería ni en la pescadería. Mi hija mayor se sorprende de que la floristería esté cerrada.

El gran acontecimiento de hoy es que viene mi hermano con sus hijos a comer. Me trae su libro, recién salido. Antes de brindar, nos damos dos besos. Los niños ya están todos juntos jugando y disfrazándose. Comen todos sin quejarse ni protestar por dónde se sientan o qué plato quieren, eso sí que es una novedad. Los sábados le toca elegir película a mi hijo mediano. Mi hija mayor quiere ver La sirenita, así que solo tiene que convencer a su hermano de que elija la película que ella quiere ver. Un rato después están todos los niños en el sofá viendo La sirenita.

Pasan a saludar Alejo y Julia, nuestros amigos argentinos.

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Escribo a amigos periodistas para preguntarles si creen que podré viajar. Otros me escriben preguntando si ya tengo los billetes. Escribo a los amigos que se mudaron al Bierzo para saber qué documentación llevaron. Pero no cuenta: ella seguía empadronada allí.

Antes de acostarme, compro los billetes.

 

Domingo 31 de mayo

Antes de venir, Marta me escribe. Quiere saber si tengo los billetes. Me dice que va a hacer como si nada, como si no nos fuéramos esa noche a Zaragoza, como si no nos mudáramos, como si nada fuera a cambiar. Trae helado, pero no de la heladería buena, estaba cerrada. Se levanta para fumar en la ventana y dice, como si siguiera una conversación que tiene lugar solo en su cabeza, lo bueno es que veré crecer a tus hijos porque somos amigas. Hago un experimento con col lombarda en la Thermomix y es un perfecto fracaso. Barreiros come helado y yo tomo café, Marta se lía un cigarrillo. Hay bizcocho de chocolate que sobró de ayer. En la sobremesa, mientras los niños ven La sirenita 2, Marta nos cuenta que su padre murió de manera un poco inesperada: estaba en el hospital pero los médicos aseguraron que se pondría bien. Les avisaron de madrugada y al llegar, su hermano se equivocó de habitación y se abrazó a las piernas de otro paciente. Un mes después, murió la hermana de su madre, cuando las dos estaban ingresadas en el mismo hospital. Luego Marta dice que me va a contar una cosa que solo ha contado al hermano que se equivocó de habitación. Es una historia muy buena. ¿A que hay un corto ahí?, pregunta. Me dice que la puedo contar pero que parezca inventada.

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No meto apenas nada en las maletas, cepillos de dientes, estuche de las lentillas, gafas y algo de ropa. Me voy como si me fugara. Cierro las maletas y comemos quiche. Ha estallado una tormenta justo cuando tenemos que salir. Le dejo mis chanclas a Marta porque no resbalan. Nos despedimos en la boca de metro de Bilbao. Entre la lluvia, el estrés de llegar a la estación, los niños y las maletas, casi no parece que estemos llorando.

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Nunca había visto Atocha tan vacía. Antes del control de equipajes, nos despedimos de Barreiros, nos besamos a través de la mascarilla. La cola es más larga que de costumbre pero mucho más ordenada. Hay dos policías preguntando a los pasajeros los motivos del viaje. Preparo el contrato de alquiler de la casa de Zaragoza. En el otro bolsillo tengo el DNI, y el libro de la familia está en la mochila. Solo tengo que no perder a ningún niño mientras muestro la documentación. Al final, el policía se conforma con ver el contrato y preguntarme el número de dni. Pasamos y me siento aliviada. Ha dejado de llover.

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En el tren, mi hija mayor dice que Madrid está preciosa con esa luz. Mi hijo mediano chilla: Adiós, Madrid, te queremos, pero te dejamos. Mi hija pequeña los mira y luego me mira a mí.

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En la estación nos espera mi madre. En su casa, una tortilla de patata y mejillones al vapor.

 

Lunes 1 de junio

Mi hija mayor se baña en la piscina antes de las diez. Mi hijo mediano solo mete los pies. Mi hija pequeña se tiraría al agua si le dejara.

Los niños han pasado del confinamiento a la casa con piscina y huerto sin transición. Me siento una prófuga: me he ido sin despedirme, casi sin avisar, como si huyera. Los niños ya están completamente salvajes.

Por la tarde mi hermana se cuela en la sesión de despedida del curso que hice en abril. Se acaba de despertar de la siesta, va en bikini y se queda parada frente al espejo de mi habitación hasta que le aviso.

Hago la rutina de ejercicio con mi madre, ahora lo complicado es controlar los ataques de risa.
Antes de que se acuesten, mi hermano le lee un libro de animales a mi hijo mediano. Le pregunta cuál es su animal favorito. No duda: el ser humano, dice muy serio.

 

Martes 2 de junio

Barreiros recibe al tipo de la empresa de la mudanza que nos hace un presupuesto que nos parece bien. Creo que casi cualquier cosa nos habría parecido bien si la alternativa es hacer la mudanza nosotros. Lo único es que se adelanta todo unos días: desmontan la casa el 10 en Madrid y la montan el 11 en Zaragoza. Firmamos el contrato de la casa nueva por fin. Hago todas las transferencias pendientes. Escribo al colegio al que tenemos que matricular a los niños. Miro cómo empadronarnos y no consigo enterarme. En el fondo, es mejor no haberme despedido, así es como si en realidad no me fuera del todo.

Por la noche, mi hija pequeña se despierta y no puedo cenar: llora cada vez que intuye que voy a salir de la habitación. Luego, se despierta el mediano. Me lloran los dos a la vez y hago como si no me molestara.

 

Miércoles 3 de junio

Mi madre se ducha cuando vuelve a casa del trabajo en el centro de salud del Barrio Oliver. Mi padre trabaja en una mesa que está a la entrada de la casa. Ahora se arrepiente un poco de haberse puesto la mesa ahí, dice que es un lugar demasiado transitado.

Mis hijos se pasan el día en la furgoneta del novio de mi hermana, que está camperizada. Hacen ahí fiestas, meriendas. Mi hijo mediano tiene ahí todas sus zapatillas. Ahí duerme el único peluche que trajimos de Madrid, Tití, un mono con los ojos violeta.

Por la noche, leo en la mesa del comedor algunos cuentos de Martín Gaite.

 

Jueves 4 de junio

A las diez tengo que hacer una entrevista. Desde las siete mi hija pequeña está despierta. Me hago fuerte en la cama hasta las ocho. Cuando salgo, mi hermana ya ha preparado algún vaso de leche, ha puesto yogur en un cuenco y ha tostado pan. A las diez y media ya se nos han quemado las lentejas y tenemos que empezar de nuevo. Mi hijo mediano coge los nísperos del árbol y los albaricoques que ya se han caído. Mi madre le pide que dé una vuelta a ver si las gallinas han puesto huevos: ahora las deja sueltas y eso complica la recogida de huevos.

Mi hermano quiere que juguemos un partido de baloncesto. Hace él los equipos: él va con mi hermana y yo, con el novio de mi hermana. Mi hija mayor me anima entusiasmada. Cuando marco canasta, se emociona. El partido dura unos siete minutos: el mediano no quiere que juegue, la pequeña se ha despertado y vuelve a tener una especie de terror a que me vaya de la habitación.

Cenamos tarde. Saco un tema que no debía y mi hermana se duerme en el sofá. Quería que viera conmigo Las lindas, de Melisa Liebenthal. Mañana vamos a recoger las llaves de la casa nueva. El aislamiento ha terminado.