Diario del aislamiento (X) | Letras Libres
artículo no publicado

Diario del aislamiento (X)

Nuevas aventuras confinadas: el placer de terminar un trabajo, series muy malas, una película desconcertante, los niños comen alcachofas y sardinas, búsquedas de piso y trabajo, despedidas.

Viernes 8 de mayo

Consigo entregar la traducción: solo me he retrasado una semana. Justo después me doy cuenta de lo ridículamente barata que es la tarifa que yo misma había puesto. Una cosa de la que me di cuenta corrigiéndola es de que al revisarla trataba de borrar mis huellas, que en realidad eran huellas de la lengua de origen, borrar al traductor es borrar un poco el original. Con la adrenalina que produce una entrega y la súbita felicidad de ver en un futuro muy lejano el ingreso en la cuenta, esa tarde llevé a mi hija mayor a patinar mientras me colgaba de la mochila a la pequeña. Cuando llego a casa con las niñas, estaban los vecinos –a veces lo veo fumando asomado a la ventana; les oigo hacer deporte; mi novio se queja, con razón, de que él no saluda nunca–.

Ella me pregunta cómo lo llevamos y yo pienso que lo hace porque está escandalizada de alguno de los chillidos que salen de la casa. No siempre de los adultos. Así que le digo que enloquecidos. Cinco minutos después, cuando salgo con el mediano montado en la bici, siguen ahí. Sonrío estúpidamente, como si no llevara una mascarilla. Me siento como los corredores de relevos solo que en lugar de cambiar el corredor lo que cambiaba aquí era el relevo.

Por la noche, mi novio pone la serie que ha empezado a ver. No ha acabado aún el primer capítulo, vuelve hacia la mitad y se queda dormido antes de que acabe. Así que cuando acaba el capítulo pongo una película que he visto recomendada estos días: My Mexican bretzel, de Núria Giménez. No sé nada de la peli y me río cuando en la presentación que sale antes de que empiece, la directora aclara que hay momentos en que no se oye nada: es así, no es que se haya estropeado, dice.

El final de la película me desconcierta porque es cuando descubro el truco –unos días más tarde, un amigo cineasta me dirá que él lo pilló al principio: “fue como ver a un gran mago adivinándole el truco” y como mi amigo es argentino, pienso “No se puede hacer más lento”–. Después veo Leyenda dorada, de Chema García Ibarra, un corto, le diré a mi hermana al día siguiente por teléfono, “en el que parece que no pasa nada, no va de nada, solo cuenta un día en una piscina y hay un pequeño incidente, pero mínimo”. Al oírme decir eso, mi novio, que está fregando, se ríe. Le miro y dice: es como lo que tú haces, ¿no?

Sábado 9 de mayo

No me quito de la cabeza la película de Núria Giménez. Una a la que sigo en Instagram pone el póster y le escribo, apenas hablamos normalmente, y ahora mantenemos una conversación sobre la película. Escribo a una exalumna. Decido que veré la película esta noche. Escribo a mi amiga Rosa para que la vea, le digo que es curiosa. Escribo en el chat familiar para que la vean. Le digo a mi padre que creo que le puede gustar, es muy literaria, pienso. Por la tarde, hago mi parte del ejercicio para el taller de cine que estoy haciendo. Tengo problemas con el programa al exportar porque es lo que siempre pasa, de pronto, al decirle a mi novio que no me deja exportar me siento muy profesional.

Descubro que, a pesar de llevar un mes y medio haciendo escrupulosamente las rutinas deportivas con “la guapísima” –la llamamos así porque es lo que dice para animarnos la monitora a la que seguimos mi madre, mi hermana y yo en nuestras rutinas deportivas– mis vaqueros preembarazo(s) siguen yéndome pequeños. Sí he notado que limpio la vitrocerámica con mucha más decisión y eficacia.

Después de cenar y acostar a los niños, le digo a mi novio si le apetece ver la película que vi anoche. No parece muy entusiasmado, pero ¿mola?, pregunta. La vi anoche y la voy a volver a ver. Nos sentamos. Al acabar, mi novio me dice que claro que me he sentido engañada porque me ha engañado. Pero la película nos gusta.

Domingo 10 de mayo

Vamos de paseo familiar a Recoletos. Barreiros lleva a nuestra hija pequeña en la mochila y se ocupa del mediano, que va con el patín. Yo voy con la mayor, que ha cogido los patines. Nos vamos adelantando y yendo más despacio cuando nos alcanzamos para mantener la distancia de seguridad. Al llegar al paseo, mi hija mayor dice que esto parece el campo: hay árboles y césped en el bulevar. Me siento y me tiro para atrás, apoyándome en el césped, y le digo que desde ahí sí parece campo: solo se ven las copas de los árboles. Pero me agobio pensando que quizá haya excrementos de perro y me levanto enseguida. La pequeña sa ha dormido. Volvemos a casa por Salesas, llevamos poco más de una hora fuera de casa.

Comemos alcachofas y sardinas asadas. Mi hijo mediano dice que no va a comer nunca más y luego lo devora todo. Mi hija pequeña no sabe muy bien cómo se comen las alcachofas pero disfruta con las hojas. Mi hija mayor dice que su hermano es un abusón: quiere todos los corazones de las alcachofas para él. Cuando nos comemos el corazón, después bebemos agua: un largo trago que sabe dulcísimo, como nos explicó mi madre.

Le toca elegir película a mi hija mayor: El castillo ambulante, de Miyazaki. Me gusta porque a la prota la embrujan y la convierten en una viejita. Y eso es un deseo fugaz que me asalta a veces. Sobre todo me pasó viendo Varda par Agnès: pensaba cuándo alcanzaré yo esa tranquilidad.

Por la noche, vemos una película que no nos gusta. Empezamos otra, pero la quito. Pongo el trabajo que me entrega (tarde) una alumna. Es bonito, es interesante lo que ha hecho.

Lunes 11 de mayo

Estamos de nuevo instalados en la montaña rusa: qué va a pasar en septiembre, va en serio lo del sistema mixto presencial-online en los colegios, cómo nos vamos a organizar, aquí no tenemos red, tampoco ganamos lo suficiente como para contratar a un profesor para los días en los que presuntamente no irían al cole los niños. Todo va muy deprisa pero todo está inmóvil. Mi novio se ha postulado para dos puestos de trabajo. Es full remote, me dice. Pero nos tendríamos que ir. Dónde. No sé. Donde quisiéramos. A Zaragoza. A Zaragoza. Volvemos a buscar pisos en la ciudad.

Me entrega (muy tarde) el trabajo el único alumno que faltaba: es un texto, me dice, porque ahora no tiene ordenador (se lo robaron hace seis meses) y no puede montar nada (les había pedido una minipelícula). Es un diario, salgo yo como “la profesora de literatura”.

Por la noche veo un capítulo de una serie infame.

Martes 12 de mayo

Mi novio llama a los números de teléfono de las casas que nos gustan. Le digo qué pereza y se enfada. Le digo que una mudanza es una movida. Y el cambio de cole y todo eso. Nos abrazamos. Baño a los niños mientras tiene otra entrevista para otro puesto. Mientras le pido a mi hija mayor que se desnude para meterse en la bañera, ella me dice que se va a ir a Japón para tirarse de la torre más alta. Luego me pregunta que qué me parece ver morir a mis hijos. Le digo que es inconcebible. Qué significa, pregunta. Luego dice que no lo piensa de verdad.

Por la noche, hablo con mi familia: suelo llamar a mi madre y pone el altavoz y yo a veces pienso que estoy hablando solo con ella y mi hermana y de pronto oigo a mi hermano o a mi padre o al novio de mi hermana y pienso qué vergüenza: llevo un rato hablando de la pieza del calentador que se rompió y cambiamos en diciembre, que vuelve a gotear y es una chorrada, le digo a mi madre, pero me agobia mucho, qué hago, llamo mañana o espero a que se rompa. Mi padre trata de animarme y me da ideas para cuentos. Que aproveche tal anécdota, que contar tal cosa es bonita, es puro Carver, me dice. Me dice que con eso ya tengo veinte páginas. Me río.

Termino de leer El lugar, de Annie Ernaux. Es la primera vez que lo leo en español. Antes de dormir, mi hermana me avisa de que mi padre tiene fiebre.

Miércoles 13 de mayo

La hipótesis maña se concreta. Se lo digo a algunas personas. Se lo digo a la persona que ha cuidado de mis tres hijos, su madre de día, y me echo a llorar. Menos mal que se lo pongo por Whatsapp.

Mi hermana me dice que igual debería ir a terapia porque solo veo la parte mala de las cosas, dice que vivo como fracasos cosas que no lo son. Le digo a mi novio que me da la sensación de que me voy de Madrid sin nada. Aparte de tres hijos, me dice. Luego, cuando estamos comiendo el cocido que he preparado, me dice si te llevas esto no te vas sin nada.

Cuando acaba el día, veo que todas mis conversaciones por Whatsapp las he acabado poniendo jajaja. Me acuerdo de una cosa que escribe Édouard Lévé en Autorretrato y que cito de memoria: “solo porque soy gracioso la gente cree que soy feliz”. Por la noche me tumbo bocarriba en el baúl de madera que ahora está en el salón haciendo de mesa baja y le digo a mi madre que tal vez todo sea culpa suya: ¿no crees, le digo entre risas, que tal vez me has hecho creer que era más lista de lo que realmente soy?

Hoy mi padre no ha tenido fiebre, pero está cansado, dice.

Jueves 14 de mayo

Me acuerdo de que mañana, 15 de mayo, es festivo en Madrid. Así que tengo que ir hoy sí o sí a por los regalos de mi hija mayor, que cumple años el sábado. Tengo que comprar también la vela y los ingredientes para la comida que ha elegido: quiche y ensalada y tortilla de patata para cenar. En el buzón está el ejemplar de Despojos, de Rachel Cusk.

Mi novio habla con su jefe por la tarde para decirle que se va. Ahora, me dice, estoy en tierra de nadie. Mi madre está emocionada. Algunos amigos se alegran por nosotros. Otros se entristecen porque nos vamos. El charcutero le pregunta a mi novio por la casa.

Mi problema es que siento como si me rindiera, como si no hubiera conseguido lo que presuntamente vine a hacer a Madrid. Pero en realidad, no vine a nada más que a vivir. Esa sensación de no haber sabido aprovechar una ciudad se produce siempre, me escribe mi amiga Rosa. Siempre te parece que podrías haber hecho mucho más, haber aprovechado más e incluso haber triunfado más.

Pienso que mi hijo mediano se ha librado de disfrazarse de chulapo por la pandemia. Me pregunto cuánto tiempo se acordará mi hija mayor de San Isidro. Me alegro de haber acudido a la pradera hace dos años a ver un concierto de Petit Pop. Me acuerdo del olor a churro y de que compramos un clavel para ponérselo en el pelo a mi hija mayor.

Mi padre tiene febrícula.