Diario del aislamiento (VIII) | Letras Libres
artículo no publicado

Diario del aislamiento (VIII)

Salir a la calle con niños, a ellos les sorprende que pase el autobús, entrar en un huerto, ver los Diarios de Perlov y buscar un enemigo común. Nuevas aventuras confinadas.

Viernes 24 de abril

He visto un vídeo para fabricarte tus propios cuadernos, así que nos ponemos a ello mi hija mayor y yo. Se necesitan folios o restos de cuadernos –de eso tenemos–, gomas –también–, papeles diferentes, pueden ser de revistas, de periódicos, etc. –no nos va a faltar– y cuero, que nosotras sustituímos por cartulina. Hacemos uno para cada ella y otro para el mediano, que elige para la portada gomaeva naranja que teníamos. Utilizamos el cúter y una tabla de madera y me resulta tremendamente relajante cortar los folios. Sigo por la noche, después de la pizza, cuando ya solo está despierta mi hija mayor, está viendo El lago de los cisnes y nos explica lo que pasa en el ballet a su padre y a mí. Todavía me queda vino.

 

Sábado 25 de abril

He tenido un sueño terrible. Soñaba que mi hermano el que va después de mí, que es neurólogo, se había muerto de Covid-19. Lo terrible era, además de la muerte, que yo parecía no saberlo, o peor, haberlo olvidado. Buscaba en el chat familiar y encontraba la mala noticia entre risas, chistes y fotos de los niños. Pero nadie parecía haberle dado mucha importancia. Llamaba a mi madre muy enfadada: ¿cómo puede ser que haya pasado eso tan terrible y me dejes que te lloriquee con chorradas?, le decía. Hablaba luego con mi hermana y le decía: ¿te das cuenta de que no tendrá hijos, no va a crecer más, no va a estar más? Y entonces mi llanto se convertía en un grito. Creo que ahí empecé a darme cuenta de que era un sueño.

La prueba irrefutable de que me había olvidado de la muerte de mi hermano era que no lo había contado en mi diario de aislamiento. ¿Qué clase de persona se olvida de la muerte de su hermano?, me decía en el sueño. ¿Qué clase de persona se preocupa de no haberlo escrito?, me pregunto.

Entonces me llamó mi hijo mediano. Fui hasta su cama empapada en sudor. Cuando tenía siete años soñé que mi hermano, el que va después de mí, que apenas tenía un año, se moría. Lloré desconsoladamente porque creía que si había soñado eso era porque era lo que quería que sucediera. Alguien, no sé si mi madre, mi tía o quién, me dijo que soñar que alguien muere, en realidad, significa que te preocupas mucho por él.

Nunca he comprobado si es cierto, no quiero llevarme un chasco.

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Acabamos Halt and catch fire, aún no sé qué pensar.

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Tengo los Diarios de Perlov.

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Veo una clase del curso que estaba haciendo, hay fragmentos de películas que conozco y cineastas que conozco. Otros son completos desconocidos para mí. Siempre me emocionan las películas de Mekas. Anoto esta cita: “The little moments of paradise that are here now… next moment maybe they are gone… They are totally insignificant but great”.

 

Domingo 26 de abril

Mi hija mayor quiere salir inmediatamente: se dejó la ropa preparada anoche. Desayuna, me hace desayunar, hace desayunar a su hermano. Pregunta cómo vamos a salir. Consigo convencerles para salir sin bicis ni patines. La pequeña se ha quedado dormida, así que me voy yo con los dos. Grabo la salida de casa como los Lumière grabaron la de la fábrica Lumière de Lyon. Les digo que voy a usar la grabación como uno de los ejercicios para el taller. A mí me sorprenden las flores en las aceras, a ellos que siga pasando el autobús. En Olavide vemos a varias familias conocidas. Damos vueltas a la plaza, es lo único que se puede hacer y cada vez que nos cruzamos les digo qué tal como si no nos hubiéramos cruzado en la vuelta anterior. Así que decido que es hora de abandonar la plaza. Fuencarral está casi desierto. Es todo muy raro. Nos sentamos en un banco. Pasa el 149. Mi hijo mediano dice que ese es nuestro autobús: es el que nos lleva del cole a la piscina. Me acuerdo de los jardines del COAM, uno de mis sitios favoritos de Madrid. Así que les digo que podemos ir a ver si están abiertos. De camino, mi hija mayor me pregunta si su amigo habrá salido también a la calle. No se acuerda de que ya no vive en Madrid: se mudó esta semana. Se echa a llorar.

Nos quedamos en el huerto de Barceló, que parece la selva. Cogemos acelgas, kale, habas, una hoja de menta y muchas flores. Mi hijo mediano tiene que hacer pis, así que salimos del huerto. No puedo volver a poner el candado. Ya casi se nos ha pasado la hora. Oigo el helicóptero sobre nuestras cabezas y me asusto. Y eso que ni siquiera sé que no está permitido entrar en los huertos. Me imagino que baja el helicóptero y aterriza en el parque mientras un policía me dice “que la hora ya es cumplida”, como en el romance del enamorado y la muerte.

 

Lunes 27 de abril

La cosa está tensa en casa. En la pareja. Supongo que somos lo único que tenemos sobre lo que descargar. Me quejo mucho a mi hermana, que me aguanta estoicamente por Whatsapp. Mi hija mayor nos pone la mesa: plato hondo, plato llano, cubiertos, dos vasos, uno para agua y otro para vino, y hasta deja la botella de vino encima de la mesa. Mi novio y yo apenas nos hablamos.

Por la tarde, participo en la reunión de los alumnos del taller: vamos a hacer un último ejercicio. Es raro verlos y poder interactuar. Conozco sus casas, he visto sus ejercicios, he oído sus voces, pero no he hablado con ellos. Me gusta mucho la luz de la casa de una de ellas.

Barreiros se ha llevado a los mayores con las bicis. Cuando acabo, le pongo el abrigo a la pequeña: va a caminar por la calle por primera vez.

Martes 28 de abril

Para que la pareja se reconcilie solo necesita un enemigo común: los asuntos del trabajo de mi novio son ese enemigo. Nuestro hipotético plan, con el que fantaseábamos semanas atrás, ha quedado en nada. Se deprime y ya no puedo seguir castigándole con el látigo de mi indiferencia, que es lo que estaba haciendo en mi cabeza, como si fuera Veronica Lake o algo así.

Por la noche, empezamos a ver Pure.

 

Miércoles 29 de abril

Leo el artículo de Silvia Cruz Lapeña sobre Helen Scott, que trabajó como traductora entre Hitchcock y Truffaut durante las conversaciones que se plasmaron en el libro de Truffaut El cine según Hitchcock. Me acuerdo de cuando hace dos años intenté vender el tema a un periódico. Scott leía los guiones de Truffaut, mantuvieron una larga amistad y una profusa correspondencia. Scott, que murió tres años después que el cineasta, y Truffaut están enterrados en el cementerio de Montmartre.

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Estamos atrapados en Madrid con tres niños y teletrabajando. Si salimos de esta enteros… dice mi novio, pero no termina la frase. Mi hermana me pregunta si iremos a casa de mis padres en julio: le digo que iremos lo que quede de mí y los niños, mi novio vendrá cuando pueda.

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Me deprime que a la gente le gusten libros malos. Y es algo que no deja de suceder. Empiezo a pensar que tal vez debería buscar un plan b, reciclarme, dejarlo todo: abandonar. Siento un profundo alivio al pensar en que podría hacerlo. Podría dejar de sufrir por el rechazo. Hay otra cosa: ese plan pasaría por aprender a programar para dedicarme a la lingüística computacional. Mi novio está emocionado: dice que él puede aprender Python y enseñarme. Él es programador. Suena bien, pienso, pero luego seguro que acabas escribiendo diálogos para Alexa.

Me pongo por segunda noche consecutiva el primer episodio de los Diarios de Perlov (es el único que he visto) y espero no volver a quedarme dormida. Es un milagro que mi ordenador siga vivo.

 

Jueves 30 de abril

He escrito para pedir una semana más para entregar la traducción que tenía que haber mandado hoy. Mi hija mayor me pregunta si copio lo que pone en el libro. Le digo que más o menos. Cuando me levanto a hacer la comida, ella copia su poema favorito: “Pegasos, lindos pegasos, / caballitos de madera”, de Antonio Machado.

Antes de acostarse, mi hijo mediano se enfada conmigo. Me pide que me tumbe en su cama y me tape. “No me gusta tu nombre. ¿Cómo te llamas?”, me dice. Le digo que me llamo Aloma. “No me gusta nada”. Le pregunto si tiene alguna alternativa y me sugiere Nada. Luego Lea Pimientita. Luego solo mamá. Luego dice que Aloma vale, pero que soy su mamá. Se duerme enseguida.

Chateo con mi amiga E., que es francesa. Me dice que en España abrimos antes los bares que los coles porque sabemos qué es lo importante. Me dice que qué hago despierta. Escribir le digo, mañana sale el diario. Mañana es fiesta, me dice. Que se joda el diario.

Acabo el primer capítulo de los Diarios de Perlov.