Diario del aislamiento (VII) | Letras Libres
artículo no publicado

Diario del aislamiento (VII)

Nuevas aventuras confinadas: falsas esperanzas, muñecas decapitadas, optimismo, malentendidos, llorar viendo con una serie sobre internet, y un recuerdo de Luis Miguel Madrid.

Viernes 17

Le digo a mi hija mayor que hay algo que sí podemos hacer: escribir al Defensor del Pueblo. Ponemos una queja en la web, pero como son más de las seis de la tarde no la recibirán hasta el lunes. Escribo que los niños deberían poder salir a dar una vuelta a la manzana, que les dé un poco el aire, que lo han hecho muy bien estas semanas y que les vendría bien ver el sol. No guardo una copia del texto, pero ponía algo así como que demostraran confianza en los niños y en sus padres.

La reclusión ha traído alguna tradición nueva: cada viernes a las ocho en el canal de Youtube de la Royal School of London estrenan una pieza. Pedro y el lobo, El cascanueces, Acis y Galatea… Este viernes toca La metamorfosis, primero pienso en las de Ovidio, me parecen más de danza, y me pregunto cuál habrán elegido: ¿Apolo y Dafne? Espero que sea alguna que me sepa para poder responder a todas las preguntas que me hará mi hija mayor, que es quien mira sin pestañear la pantalla mientras se olvida de cenar, aunque sea pizza. Pero es la de Kafka. ¿Qué le pasa? ¿Es una araña? ¿Por qué se ha convertido en una cucaracha? ¿Qué le va a pasar? ¿Y a la niña? ¿Pero tú qué crees? Mi novio y yo nos fijamos en el bailarín que hace de Gregorio Samsa y en sus movimientos inhumanos.

 

Sábado 18

En el mercado me cuenta el pescatero que estuvo en la UCI, creía que me iba para el otro barrio. Volvió el jueves, después de dos semanas de aislamiento tras el alta. Yo lloré y todo cuando vino, dice el que me está atendiendo a mí, es bajito, delgado y gracioso. Siempre hablamos de los hijos. El que estuvo en el hospital tiene cuatro. El otro tres. Me preguntan por mis hijas porque creen que el mediano es chica. Así que cuando dicen la rizos no sé a quién se refieren. Solo descarto a la pequeña, que aún no tiene el pelo tan rizado como sus hermanos. Me llevo mejillones, calamar, boquerones y gambas arroceras. Es sábado de fideuá.

Se anuncia que los niños podrán salir a la calle el próximo 27, falta mucho aún, pero pasará rápido.

La muñeca esa que es un busto se ha roto: se le ha separado la cabeza del cuello. Le digo a mi hija mayor que hay que tirarla. Y ella dice que mejor nos la quedemos y la llamemos María Antonieta.

 

Domingo 19

La última entrega de Harry Potter, la segunda parte de Harry Potter y las reliquias de la muerte. Aquí se cierran todos los hilos: Voldemort, los horrocrux, Severus Snape… Me parece menos aburrida que la primera parte, que me pareció un tostón alargadísimo, aunque me hiciera gracia la parte como de película de aventuras, los tres amigos viviendo en bosques buscando algo que ni saben qué es. Se lo digo a mi hermano el neurólogo, que va después de mí y que se leyó todos los libros. No consigo que se enfade mucho.

Luis Miguel Madrid, escritor y dueño de la Champañería María Pandora, el bar desde el que se ve el atardecer más bonito de Madrid, ha muerto. De nuevo, en este diario vendría una página en negro.

 

Lunes 20

Tengo que asumir que no voy a ser capaz de asistir a las sesiones del curso online al que me he apuntado. Escribo a la coordinadora esperando que no me eche ni me riña por no haber avisado antes. Apelo a lo único que tengo para ablandar: mis hijos. Tres niños muy pequeños, y mi optimismo. Me dice que me va a mandar las sesiones por WeTransfer. Tenía muchas ganas de hacer el curso porque he oído hablar mucho de ese profesor. Después de la reunión por Skype para meter correcciones del número de mayo, recoger la cena y la casa –Barreiros ha acostado hoy a los niños–, hacer deporte, ducharme y editar una entrevista, me quedo dormida viendo la clase en la cama. No he podido hacer videollamada con mi amiga A., que está viviendo en México, se separó hace tres meses y cumplía 40 años hoy.

 

Martes 21

Por la mañana anuncian que los niños podrán salir pero solo a acompañar a los padres a hacer recados: a la compra, a la farmacia o al banco. Unas horas después rectifican, concretarán las medidas, dicen, pero anuncian que permitirán paseos. Dicen “este es un gobierno que escucha” cuando lo que oímos es “tenemos que escuchar porque vamos un poco al tuntún”.

Grabo el ejercicio para el curso que intento seguir. La idea es forzarnos a mirar, a observar y no buscar nada, sino dejar que suceda o esperar. Eso se me da bien. Quiero grabar un rayo de sol que entra en mi salón durante unas horas. Los niños, irremediablemente, se cuelan, aunque no era mi intención usarlos. De haberlo querido, habría grabado a la bebé durmiendo. No he ido a lo fácil.

 

Miércoles 22

Mi hija mayor me pregunta si puede escribirle a su profesora por Whatsapp. Le digo que sí. Le cuenta que le duele la cabeza. También la tripa. No, no tiene fiebre. Hablan por teléfono. Un rato después me llama porque ha pensado que era yo quien estaba mal. Me parecía que no estabas siguiendo la conversación, no entendía por qué no respondías a lo que te preguntaba, me dice.

Envío mis respuestas a un cuestionario que prometí enviar la semana pasada. Es sobre mis libros, que ahora me parecen tan desconocidos y alejados. Ni siquiera me acuerdo bien de los detalles de los libros como para saber qué estaba pensando cuando los escribí. La única respuesta honesta que podría dar no me dejaría en buen lugar ni ayudaría a la chica. Así que miento un poco: digo lo que creo que quería hacer en ese momento pero como si quien yo cuando escribí esos libros supiera lo que sé ahora. He viajado en el tiempo.

 

Jueves 23

Volvemos a hacer galletas de avena, con y sin chocolate. Dos hornadas. Mientras los niños cenan. Luego se pasan un rato jugando. Les digo que tienen que irse a la cama. El mediano dice que me va a matar. Un rato después se lo piensa y dice que no me va a matar porque me quiere mucho y quiere que me tumbe con él en su cama. Es un alivio.

Es el día del libro y el día de Aragón. Y la verdad es que me da un poco igual.

Estamos acabando ya Halt and catch fire, la serie sobre internet y programadores, pero también familia, divorcios, amistad, segundas oportunidades, identidad sexual, etc. La muerte de uno de los personajes me conmueve: cuenta muy bien qué pasa cuando se muere un amigo, esa sensación incómoda y dolorosa en la que nadie sabe qué decir ni qué hacer, en la que cualquier detalle nimio se convierte en vital, en la que lo que menos apetece es comer, pero es lo que mejor sienta. Me acuerdo de todas las veces que he vivido esa situación, y de las muertes de amigos durante el aislamiento, que también ha impedido eso.