Diario del aislamiento (VI) | Letras Libres
artículo no publicado

Diario del aislamiento (VI)

Nuevas aventuras confinadas: los últimos en nacer serán los primeros en salir, conversaciones con amigas, galletas de avena y falta de disciplina.

Viernes 10

El día va tan mal que ni siquiera cenamos pizza, y eso que cebé la levadura madre. Pero de pronto todo se nos ha venido encima y ya es demasiado tarde para hacer la masa, dice Barreiros, que es quien se ocupa de las pizzas. Las rutinas son fundamentales para conservar cierto orden y cierta cordura. Sobre todo con los niños. Ya hemos empezado a flaquear y se acuestan un poco más tarde de lo que deberían. Seguir la rutina exige disciplina y te la da, es algo muy curioso. Siempre que pienso en eso me acuerdo de mi padre diciéndole a mi hermano pequeño que su vida empezaría a mejorar cuando se hiciera la cama todos los días. Nos reímos cuando dice eso. Y mi padre se enfada un poco, como si lo tomáramos por un supersticioso o algo así, y dice: “Es verdad, joder. Para empezar, te probarías a ti mismo que eres capaz de hacer una cosa todos los días. Sería tu primer compromiso”. Tiene razón, pensé. “Saldrías de casa de otra manera.” “Más tarde”, me respondió un alumno cuando quise compartir con mi clase el secreto de la disciplina.

Me llama una amiga cuando estoy haciendo galletas de avena. “¿Galletas ahora? ¿Se te han ido los horarios?” “No”, miento a medias, “las hago para desayunar”. Mi amiga está pasando el confinamiento en una casa que alquila, a medias con otra familia durante todo el año, en el campo. En su casa de Madrid, está pasando el confinamiento otra amiga en común. Su madre está enferma, en Argentina. Ella está un poco estresada con el asunto de los deberes y las clases online y la mala conexión a internet.

Los niños quieren probar las galletas después de cenar, les digo que solo un trocito para no llevarme la contraria.

 

Sábado 11

Es un día sin periódicos en papel. Es sábado de gloria.

Mi madre ha ido por primera vez a una de las residencias de ancianos de Casetas, Zaragoza. Es médico y se ofreció voluntaria para ir a cubrir turnos porque están desbordados.

Mi hija pequeña camina hacia mí con un vaso de agua en las manos que me tira por encima en cuanto me alcanza. Menos mal que no le ha caído al teléfono.

Creo que hoy es uno de esos días en que estoy a favor de la ligadura de trompas con carácter retroactivo.

 

Domingo 12

¿Es el cuarto domingo de esta semana? Hago dorada al horno porque es lo que elige mi hija mayor.

Después de comer hacemos un experimento: probamos a hacer plastilina casera con harina, agua y colorante de pasteles que –milagrosamente había– he comprado por la mañana. La mezcla resulta menos pringosa de lo que pensaba. Los niños están emocionados. Cada vez el color es más uniforme y cambia su tonalidad conforme amasan cada una de las bolas. Cuando acaban de jugar con ella, la meten responsablemente en tuppers que guardan en la nevera.

Luego hacemos galletas de avena. Entre tanto, hablamos con A., que está viviendo en el DF desde hace unos meses. Se mudó allí desde Tailandia con su novio. Ahora está separada. Estuvo en Madrid el último fin de semana antes del aislamiento, hace un millón de años.

Nos hace un tour por su casa, tres plantas, y se le escapa la risa. “Como ahora estoy soltera, me he hecho aquí un gimnasio”, dice. Hay un cuarto que tiene dos mesas: una para trabajar y otra en la que hace collages: “aquí es donde recorto y pinto y hago mis cosas”, dice como queriendo pasar muy rápido por eso. Dice mi amiga que piensa mucho en nosotros: “Hostia, tres”, dice. Y luego se ríe. Allí es temprano por la mañana, aquí es por la tarde. Acaba de hacer deporte. Le cuento lo de mis rutinas y le digo que me siento muy ridícula, y que cuando la profesora dice: “Si has llegado hasta aquí ponme en los comentarios tu película favorita”, hay una milésima de segundo en la que pienso que lo voy a hacer. Afortunadamente, recobro la lucidez y me digo que ni de coña. Ella me cuenta que ese camino de asumirse ridícula ya lo ha pasado. En cambio, me dice, “conocerme tanto…” Se ríe y levanta las cejas. Y sé a qué se refiere aunque no termine de decirlo. Toda la conversación se ve interrumpida por accidentes domésticos: el mediano sube la pantalla del proyector y la mayor llora porque está viendo Harry Potter. La pequeña llora porque tiene hambre o sueño o se ha hecho caca o todo a la vez. Nuestra amiga se ríe y dice que podemos hablar un día cuando estén los niños dormidos, “despierta me vais a pillar seguro”, dice.

Hacemos la pizza del viernes.

 

Lunes 13

La harina del domingo se ha convertido en una masa viscosa. Mi hija mayor dice: “Ya tengo mi slime, me lo iba a pedir esta navidad”. Al hijo mediano en cambio, no se le pega. La maneja con soltura y habilidad y hace bolitas y pizza y la mete en su olla de juguete o en sus tazas de madera y me pregunta si quiero café.

Pienso que las semanas se me van a hacer cada vez más largas. Lo pienso cada lunes, y cada semana me sorprendo de que ya sea jueves.

Mi padre graba capítulos del cuento que les está escribiendo a sus nietos, pero en algún momento pierde el interés o se queda sin tiempo.

 

Martes 14

Barreiros pasa mucho tiempo al teléfono, por asuntos del trabajo. Tiene muchas reuniones a tres. Un tipo con el que se reúnen cada semana siempre se olvida de colgar. Se le oye discutir con su mujer, o confesar que el tema del que hablaban no era de su competencia. Al principio, mi novio colgaba rápido. Cada vez espera más antes de colgar.

Mi hija mayor decide que esa noche durmamos todos en el sofá cama. El libro que estoy leyendo no me gusta porque le veo todas las costuras.

 

Miércoles 15

Barreiros sale a por obleas para hacer empanadillas. No quedan en el Día de debajo de casa. Se lleva el último paquete de otro Día. Supongo que todos pensamos a la vez lo mismo creyendo que solo se nos ha ocurrido a nosotros.

Hoy mi padre ha mandado un cuento sobre mi hija mayor que se llama Bailarina. Se lo leo por la noche, al acostarlos. El mediano se queda dormido antes de acabar. A ella le ha encantado, dice mi hija mayor.

Después, pongo los garbanzos a remojo para el cocido de mañana.

Antes de dormir pienso un segundo en los que se quejan y hacen bromas sobre los diarios del aislamiento. Se quejan como si no tuvieran la opción de no leerlos. Pienso también en que cuando se dice que se publican demasiados libros, de ese demasiados están excluidos los propios.

 

Jueves 16

Tengo que llevar a mi hija pequeña al centro de salud, le ponen la vacuna de la varicela. Sus hermanos nos miran sin entender bien por qué la pequeña sale a la calle antes que ellos. El mediano dice que quiere venir. Le digo que no puede. Me dice que se va a poner una mascarilla y va a salir a la calle. No se lo digo, porque aún no entiende la ironía, pero pienso que antes se tendría que poner calzoncillos y pantalones.

Grabo un vídeo de la salida a la calle de mi hija, la llevo en la mochila, como si fuera Fernando Trueba rodando la salida de la cárcel del escritor Félix Romeo. Ella no para de parlotear durante todo el camino. La plaza de Olavide está cerrada con cintas que cortan el paso. Pero la fuente sigue en marcha y me pregunto si no sería mejor pararla, para ahorrar agua o energía. Cuando llego al centro de salud me pregunto cómo hacía para cargar con ella hasta el colegio de sus hermanos y luego llevarla a la casa de su madre de día.

Llevo mascarilla y me dan guantes a la entrada. La enfermera me estaba esperando y nos cruzamos. Estamos menos de cinco minutos ahí.

En casa, le pido a mi hija mayor el iPad, lo necesito para trabajar. Me lo da a regañadientes: acaba de instalarse una aplicación para aprender a programar. En Safari hay una búsqueda en Google: “cuando termina el enziero”.