Diario del aislamiento (IV) | Letras Libres
artículo no publicado

Diario del aislamiento (IV)

Nuevas aventuras confinadas: películas de amor y muerte, amigos muertos y rutinas deportivas.

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Viernes 27

Los viernes y los lunes son los peores días: unos porque la tensión de la semana se ha acumulado, otros porque hay que arrancar. Hay pizza y vino y Skype: mantenemos algunas rutinas de la vida anterior. Con esas rutinas hay hábitos, malos y buenos. Entre los malos, que Barreiros se queda dormido durmiendo a los niños y se despierta poco antes de medianoche y ya con resaca.

 

Sábado 28

Es el cumpleaños de Barreiros, hago fideuá y un brownie que sale mal pero que nos comemos de todas maneras. Mi plan era hacer nuestra versión de La princesa prometida, [ALERTA SPOILER, si es que alguien que sepa leer y no haya visto aún la película ni leído el libro] del momento en que Buttercup descubre que el hombre de negro es Westley. Siempre me pregunto si la primera vez que la vi me di cuenta un segundo antes o me sorprendí con Buttercup. Los niños ensayan tirándose por una especie de montaña que construyen con el colchón de una cama y los cojines del sofá. Pero luego les da pereza rodar y prefieren ver una peli en lugar de hacerla. Por la noche, con la casa en silencio y todos dormidos, escribo un cuento pensando en Shirley Jackson y Ali Smith y George Perec. Es una primera versión de cinco folios que un par de noches después alargo un par de folios. Es un cuento que sucede, sería mejor decir transcurre, porque no sucede mucho, durante el estado de alarma. Se lo mando a mis editores de cabecera: mi hermano mayor y mi hermana menor. Barreiros lo lee pero no le entusiasma, me prefiere efectista.

 

Domingo 29

Me siento terriblemente ridícula y al mismo tiempo he vuelto a ser adolescente: he caído y he empezado a hacer ejercicio en casa. Es un calendario, supongo que el que tiene toda España, y la chica que da las clases es fantástica. Me siento un poco como en mi primer parto: animada, con seguridad y confianza, aunque siendo honesta conmigo, sé que lo estoy haciendo fatal. Lo que peor llevo no es mi falta de ritmo, la descoordinación o la absoluta falta de familiaridad con el vocabulario; ni siquiera que me vean los vecinos o ser tan patosa delante de mis hijos. Lo peor es el ruido que hace el suelo de madera y que no hay manera de amortiguar.

 

Martes 31

El día ha sido bastante desastroso en general: malas noticias del trabajo de Barreiros, la angustia económica que crece. En medio de este caos de incertidumbre y gritos y risas de niños, doy con una noticia terrible: la muerte de Rafael Berrio. Me gustaría hacer como Uderzo cuando murió Goscinny: llevaba dibujado ya como medio cómic de Asterix, pero a partir de ese momento, el cielo de la aventura fue gris y lluvioso. Aquí viene un negro por la muerte de Berrio.

 

Miércoles 1

No es el primer amigo que muere. Ni siquiera el segundo. Una amiga, de hecho, me recomendó que dejara que me hicieran reiki para cambiar esas pautas que se repetían en mi vida, como los amigos que se morían precozmente. Miro la última conversación con Berrio: le escribí el viernes para decirle lo que me había gustado el libro que reunía sus letras. Como sabía que estaba enfermo, me despedía un poco. No me respondió. Empecé a reprocharme no haberle escrito antes, había terminado su libro una semana antes de escribirle, por qué había tardado tanto. También me daba rabia haber roto mi teléfono y haber perdido nuestras anteriores conversaciones, menos mal que algunas las copié. Repasé nuestros mails: por qué había dejado algunos correos suyos sin responder. Por qué siempre hago lo mismo. Por qué no presté la suficiente atención a eso, en qué estaba pensando en ese momento. Me acordé de una noche que terminamos en el Pandora, horas después de que uno de los conciertos de Berrio hubiera terminado. Cuando llegué a casa, casi era de día y los efectos del alcohol habían desaparecido. Barreiros, que no había salido, interpretó mi casi sobriedad y la falta de olor a alcohol y tabaco en mí como algo extraño. Solo decía “muy raro, Aloma”. No recuerdo mucho de esa noche, y estuve borracha la mayor parte del tiempo. Queda una imagen que se repite en bucle: Berrio riendo con, como escribía Diego Vasallo en su despedida, “esas carcajadas inocentes, que le hacían doblarse como un junco”. Me acuerdo de todos mis muertos siempre riendo.

 

Jueves 2

Todavía tengo en la cabeza el documental que vi anoche: Los montes, una película de 36 minutos de Chema Sarmiento, del año 81, que estuvo en Vimeo dentro del programa El Doré en casa, de la filmoteca. Son unas mujeres en los montes de Ponferrada que velan y entierran al último hombre de la aldea. Las casas se caen, no queda nadie y ellas beben aguardiente y se cuentan historias mientras velan al muerto. Está a punto de amanecer y aún no han rezado, dos ave marías y medio después, se quedan dormidas con sonoros ronquidos. Resuelven suicidarse para morir todas juntas, pero hay una indecisa. Al día siguiente, en el entierro del hombre, les comunica su decisión: morirá con ellas. ¿Cuándo será?, pregunta. No hay prisa, le responde otra, aún tiene que crecer la planta. ¿Qué planta?, pregunta. ¿Cuál va a ser? La de la cicuta, estás tonta o qué.

*

Voy al mercado y la ciudad está desierta. Sé que es un tópico y que ya se ha contado, pero impresiona verlo: calles vacías, el 37 haciendo su recorrido vacío. Al llegar al mercado, casi todos los puestos están cerrados: Van a desinfectar en un rato, me dice mi frutero.

En casa me uno a una quedada virtual mientras saco de la nevera la masa para las galletas que he dejado antes de salir. Cuando voy por la segunda hornada, Barreiros entra en la cocina. No son de chocolate, dice. No. ¿Querías?, le digo, y creo que habla mi 50% de sangre gallega. Me había ilusionado, me dice. Preparo otra hornada de galletas, esta con chocolate.

*

Andrés Trapiello publicaba el otro día un relato sobre el confinamiento en La Vanguardia: “Cada uno de nosotros alimenta su esperanza conforme a su naturaleza, su carácter o sus afectos. Unos cuantos lo hacen empezando un diario. […] En la mayoría de los casos esa rutina que se han impuesto y que en cierto modo les esclaviza, es la única que les permite ser enteramente libres en algún momento de su jornada. Lo empiezan solo porque esperan terminarlo un día y a quien le cuentan las cosas es todos y es nadie, es él o ella, y es ninguno”.