Cómo me convertí en un acosador | Letras Libres
artículo no publicado

Cómo me convertí en un acosador

Con doce años, antes de que existieran Facebook y Twitter, me convertí en un troll de internet.

Teníamos un ordenador portátil para toda la familia. Estaba en el bungalow, un pequeño estudio que funcionó durante meses como despacho de la agencia de publicidad de mis padres. Al mudarnos de Madrid a la playa de Parazuelos contratamos internet por satélite. La empresa instaló una antena enorme encima del bungalow para recibir una conexión precaria. Con el portátil negro me bajaba cosas en Lphant, una versión cutre de Emule, el gestor de descargas ilegales. Una canción tardaba dos días en descargarse, a veces solo uno. Dejaba el ordenador encendido por la noche y me acostaba ilusionado calculando las horas que tardaría en descargarse.

También usaba Messenger. Un día una chica de mi clase de primero de la ESO me dijo que Desireé estaba por mí. Yo no sabía lo que era estar por alguien. La amiga de Desireé me preguntó que a qué estaba esperando para pedirle salir, así que le pedí salir por el chat. No me caía nada bien, pero no necesitaba hacer mucho. Nuestra relación consistía en zumbidos por Messenger, una especie de mensaje que hacía vibrar la pantalla. Luego, con el primer móvil, consistía en darnos “toques”, llamadas por teléfono en las que cuelgas antes de que el otro responda.

Un día alguien me hackeó la cuenta de Messenger. Desde ella, empezó a insultar a una chica de mi clase. Nos llevábamos bien, pero se enfadó mucho, y trajo impresos los insultos para enseñárselos al jefe de estudios. Cuando me llamaron a su despacho, la chica estuvo a punto de pegarme. Ella veía mi nombre en los papeles, me miraba a mí, y no entendía el problema: aquí pone Ricardo, tú eres Ricardo. Tampoco el profesor lo entendía, y pedía que me disculpara. Era mi verdad contra la de la chica, y la chica traía un buen taco de pruebas. El jefe de estudios le dio la razón y zanjó el tema.

Durante meses sufrí acoso, pero no tengo recuerdos concretos.  Hasta escribir esto, no recordaba que también el hacker insultó a Desireé, mi novia de los zumbidos. He olvidado si hubo más afectados (creo que sí, aunque no todos se lo tomaron mal), pero recuerdo perfectamente el acoso y la impotencia. Cuando no me insultaba, la chica me recordaba con rencor el suceso, y se recreaba en su pequeña victoria. Se sentía muy cómoda en el papel de víctima, y no veía ninguna contradicción en vengarse de un acoso con más acoso.  También me amenazaba a través de su novio, que para mí era una presencia mítica y abstracta hasta que un día me esperó en la entrada del instituto y me zarandeó. Esperaba a su novia en la puerta, apoyado en la moto, y me lanzaba miradas amenazadoras.

Aunque el profesor me hubiera dado la razón, o al menos confiado en mí, la chica no se habría quedado satisfecha. El daño estaba hecho, ella lo había sufrido. Si este caso hubiera ocurrido varios años después, y no en 2004, cuando no existían ni Facebook ni Twitter, quizá las consecuencias habrían sido más graves. Las redes sociales fomentan una concepción populista y revanchista de la justicia. Algunos de los insultos de mi hacker incluían “puta” y “guarra”. La chica podría haber subido a Twitter o Facebook capturas de pantalla con los insultos y habría comenzado una caza.

Un tiempo después descubrí que el hacker había sido un amigo de Madrid al que había visitado recientemente. Tenía poco de hacker: me había dejado la cuenta abierta en su ordenador. Creo que lo descubrí estando en su propia casa, en una visita posterior, y que no le dije nada. Él tampoco me dijo nada ni me pidió perdón. Aunque la distancia ya estaba enfriando nuestra relación, no le sorprendió que le dejara de hablar tan repentinamente. Con esta nueva información, intenté convencer a la chica afectada, pero era demasiado tarde. De nuevo, era mi verdad contra la suya, y yo no tenía pruebas.

Un día la conexión de internet dejó de funcionar. La empresa había quebrado. Mis padres llamaron para intentar recuperar el dinero, pero fue imposible. También desapareció la empresa de mis padres. La antena todavía está colocada en el bungalow, tapada casi completamente por ramas de árboles. Ese año me dediqué a jugar al Kingdom Hearts en la Playstation 2. Desaparecí de internet, y ni siquiera cerré la cuenta de email del delito. Mi padre a veces se equivoca y me envía emails a esa dirección. De momento no ha recibido respuesta.