Al Sur en coche (II) | Letras Libres
artículo no publicado
Miss Kinski

Al Sur en coche (II)

Tavira-Matalascañas-El Rocío-Bollullos de la Mitación-Playa de Montijo

[Primera etapa.]

Pedimos un vino rosado porque B no bebe vino blanco. El camarero nos trajo un vino blanco y nos bebimos la botella entera repasando los lugares que habíamos visto en el viaje. Desde la habitación se veía la desembocadura del río Gilão. Dormimos con el balcón abierto. En la otra orilla un grupo de adolescentes se pasó la noche cantando hits americanos desde una barca atracada. Venían, las voces, de un lugar lejanísimo, y los visillos se movían con la brisa. A las seis se callaron de golpe y al poco oímos a las gaviotas. Cuando bajamos a desayunar teníamos preparadas unas bandejas plastificadas con lo que habíamos elegido por la noche.

A la playa de Tavira se va en ferry. Todo el pasaje se sujetaba el sombrero para que no se le saliese volando cuando se giraba para ver los barcos oxidados varados en la orilla. Al desembarcar hubo cierto agolpamiento. La playa de la isla de Tavira es larga y sencilla (la larga línea de arena, la larga línea de mar, el cielo). Hay que atravesar un pinar y una hilera de chalecitos con muros de ladrillo bajos, con el tendedero hundido por el peso de las toallas húmedas y las sillas de plástico blanco cubiertas de agujas de pino. Luego cruzas unas dunas, que estaban cubiertas de esa flor fucsia que se llama uña de gato y que olían maravillosamente, a alga resecada por el sol, a una mezcla penetrante de sal y regaliz. Recordábamos otras veces que nos habíamos bañado en Portugal y temíamos que el agua estuviese gélida, pero la encontramos caliente.

Un efecto del virus es que en pleno agosto puedes decidir dónde quieres dormir esa misma noche y siempre encuentras sitio. ¿Habría problema si nos quedásemos una noche más? ¡Nenhum problema! En verano celebran en Tavira un festival de cine al aire libre. Las películas se proyectan en un patio del convento de Nossa Senhora do Carmo, que está en un alto. Cenamos un helado mientras subíamos las calles blancas, con su adoquinado portugués y sus fachadas un poco desconchadas. Había mujeres charlando sentadas a la puerta de una casa.

Nos cortó la entrada un adolescente muy guapo que parecía sacado de una película. Proyectaban la última de Agnès Varda, en la que repasa su vida a través de su obra. El público era variado y me pareció que local en general. Había muchas mujeres mayores. En el patio revoloteaba un murciélago. También vi una estrella fugaz, porque se acercaban las noches de las perseidas. Volvimos dando un rodeo y al ver de lejos el puente iluminado nos acordamos de otras ciudades europeas, con sus casas bajas y sus clubes de jazz con guirnaldas de bombillas junto al río. A la mañana siguiente volvimos a dar media docena de vueltas por las calles estrechas antes de conseguir salir.

Nos habían recomendado un chiringuito en Matalascañas, pero nos equivocamos de sitio. Las coquinas estaban sumergidas en aceite y la fritura grasienta. En compensación el mar nos recibió transparente. Matalascañas es un pequeño rectángulo de casas concentradas incrustado en el borde del Parque de Doñana. A un lado de la carretera se apiñan los veraneantes, al otro lado se extiende el parque. Nos sorprendió que los pinos de un lado, pero solamente los de un lado, estuviesen negros, como si se hubiesen quemado o como si los hubiese atacado una oruga incapaz de cruzar la carretera.

“Tenéis que ir a El Rocío, es el pueblo más pintoresco de España.” Las calles son de arena, tan abundante como en una playa. Había caballos pastando junto a la ermita. La Virgen no estaba, porque este año no ha habido romería y se ha quedado en Almonte. Nos extrañó que el pueblo estuviese tan vacío. Había gente en los porches de algunas casas, pero la mayor parte estaban cerradas. A medida que se hacía de noche comenzamos a oír los cascos de los caballos y las carrozas que volvían a saber de dónde. Resultaba un poco fantasmagórico. No comprendíamos quién vivía en el pueblo ni de quién eran las casas. Entonces B se acordó de que hay un documental de los años 80 sobre la romería, así que nos fuimos al hotel a verlo. Lo dirigió Fernando Ruiz Vergara, pero no volvió a dirigir nada debido a la bronca que se montó. El juzgado secuestró la película en el año 80 y a Ruiz Vergara lo arrestaron y multaron. Es hipnótica y buenísima y se puede ver en YouTube.

Al día siguiente queríamos dormir en la playa de Montijo, entre Chipiona y Sanlúcar de Barrameda, donde nos esperaba nuestro amigo C. Para ahorrarnos un tramo de aburrida autopista, en Almonte cogimos la carretera que atraviesa los pueblos de Hinojos y Pilas. Paramos a comer en Bollullos de la Mitación. Yo siempre había pensado que la Mitación era un dogma mariano, algo metafísico, pero leímos en internet que es ni más ni menos que una forma de división territorial. Pero algo habría, porque a la sombra del olivo bajo el que comimos surgió una intrincada conversación sobre temas religiosos que no llegó a dividirnos.

Sin haber solucionado nada cogimos el coche y bordeamos Sevilla y no tardamos en llegar a Sanlúcar. Entramos bajo una luz dorada y acogedora. Las buganvillas se desparramaban por los muros y los motoristas por la calzada, adelantando por la izquierda y por la derecha. Algo, quizá el mar, vibraba invisible en el aire, y parecía que el día empezaba por segunda vez, aunque ya fuese por la tarde. La voz del navegador nos indicó que cogiésemos el Camino de la Reyerta. Eso nos encantó. Sentimos el aroma inconfundible de las aventuras inminentes y nos erguimos en los asientos, atentas a lo que pudiese pasar a continuación.

Y algo de gresca hubo, porque nos recibió la perrilla Kali, una bodeguera de mes y medio, hincándonos los dientes en los tobillos. Para zafarse de ella había que sacudir la pierna en el aire. Entonces se excitaba y volvía con más ímpetu. Después de la interesante sesión de mordiscos, C nos llevó a cenar al chiringuito de la playa y pidió lo más rico que había. A la vuelta subimos a la terraza con una copa de pippermint a ver las estrellas fugaces. A pesar de que la noche estaba clarísima y apenas había iluminación artificial, solo B consiguió ver alguna. Nos desentendimos de las esquivas estrellas del cielo y nos echamos el tarot. Hicimos las preguntas en silencio y a cada uno nos resultó una combinación diferente, pero al sumar los números nos salió el ermitaño a los tres. De esta carta dice Alberto Cousté, en su libro El Tarot o la máquina de imaginar: “Aporte luminoso a la resolución de cualquier problema. Esclarecimiento que llegará espontáneamente. Llega una solución. Coordinación, encuentro de las afinidades. Significa también prudencia, pero no por temor sino para mejor construir”.

[Continuará]