Al final Joan Didion no viajó a La Habana | Letras Libres
artículo no publicado

Al final Joan Didion no viajó a La Habana

Para la escritora estadounidense, Cuba no fue el espejismo de rebeldía que fue para otros autores de su generación. Pero sí se sintió atraída por Miami, la calcomanía tuneada y opción distópica de la capital isleña.

Para Ariadna

En el sótano del edificio donde vive mi amigo Gonzalo, en un tramo de la Morningside Drive neoyorkina, había una estantería de madera en la que los vecinos colocaban los libros que les sobraban.

— ¿Me puedo llevar este? –pregunté.

Eran las cartas que durante siete décadas había escrito Saul Bellow. De regreso a Miami constaté que el autor de Herzog nunca se había referido a Joan Didion, mi lectura obsesiva del momento.

Bellow sí hablaba, en cambio, de Anthony Kerrigan, quien había traducido a Borges, a Heberto Padilla, a Reinaldo Arenas, y que por entonces no pasaba por una buena situación económica. Lo llamativo era que, para resolver “todas sus preocupaciones”, este intelectual, antiguo trotskista, estuviera planeando viajar a Cuba, donde esperaba ser asesinado por Fidel Castro, “convirtiéndose en un mártir”.

La idea del viaje a La Habana como huida para la muerte me hizo pensar en los tantos escritores norteamericanos (Sontag, Mailer, Randall, pero también Cheever, Irving, Roth) que de cierta manera incorporaron la isla a sus obras.

¿Cómo quedaba aquí mi autora del momento?, me pregunté. El mejor atisbo de presencia cubana en la obra de Didion lo había hallado antes en Noches azules, el libro que dedicara a Quintana Roo, su hija adoptiva.

En cierto momento, la autora se refiere a su ambivalencia ante la maternidad. La periodista de Vogue, quien hasta entonces “no había sentido más que alivio en el momento de empezar a sangrar todos los meses”, tiene un retraso y visita a su médico. Pasaría la Navidad en California, pero antes necesitaba saber si estaba embarazada.

“Puede que le haga falta un billete a La Habana” –le dice el galeno, incapaz de darle una respuesta exacta en ese momento. 

Didion estaba convencida de que aquella no era sino “una forma alambicada” de insinuarle que podría estaba embarazada y un modo de ofrecerse para ayudarla en caso de necesitar un aborto. Pero ella lo rechaza “con vehemencia” y se niega a hablar del tema.

“Yo no podía ir a La Habana –insiste–. En la Habana había una revolución”.

Corría diciembre de 1958.

“En La Habana siempre hay alguna revolución”, le responde el médico.

Sea cual sea la razón, al día siguiente Didion empieza a sangrar y se pasa la noche llorando. Su llanto, aclara, no se debía a la pena del periodista cuando se le va el gran scoop: “Yo creí que lo que lamentaba era haberme perdido aquel momento tan interesante en La Habana […], y lo que yo estaba lamentando era no tener al bebé.”

Por otra parte, no hay evidencias de que la documentación de la utopía entrara en sus prioridades. Para ella, aquella isla nunca se convirtió en un trampantojo, un holograma combativo, el espejismo de rebeldía que fue para otros. De ahí que rechace viajar a La Habana con la misma vehemencia con la que aquel amigo de Bellow desea aparecerse allí para morir como un mártir idiota, a manos de Fidel Castro. 

Para Didion, Cuba y 1959 estarían ligados a su inconstancia sobre la maternidad. Tener o no un hijo se había convertido entonces en una inquietud. Sus dos primeras novelas (Río revuelto, de 1963, y Según venga el juego, de 1970) abordan las historias de dos mujeres que se las arreglan para hacerse un aborto.

El tiempo pasa, en 1966 Didion adopta una bebita y sigue adelante con su vida. 

Sin embargo, veinte años después, la escritora regresa al tema cubano, aunque deteniéndose sobre un punto emblemático de nuestra cartografía: Miami, esa extensión liberada de Cuba, esa versión incompleta y superada de La Habana.

A mediados de los ochenta, Didion realiza varios viajes a Miami. “No sucede nada entre Estados Unidos y América Latina que no pase por Miami”, asegura en una entrevista sobre una ciudad que poco tiempo atrás había sido escenario de las bombas que estallaron en la sede de la revista Réplica, y cuyos políticos le habían entregado diez mil dólares a Alpha 66, un grupo armado que el Congreso consideraba con “motivación, capacidad y recursos” para haber asesinado a John F. Kennedy.

En esta ciudad, apunta en su libro titulado precisamente Miami (1987), se habían puesto de moda las rejas y los circuitos de vigilancia, y se instalaban ventanas a prueba de balas que parecían haber sido importadas de San Salvador.

Didion dialoga con políticos, empresarios, comunicadores e intelectuales, algunos protegidos por escoltas por razón de sus criterios. En paralelo, describe las fiestas de las quinceañeras emigradas, algo que “los anglos” veían “como evidencia de la extravagancia cubana, de su irresponsabilidad y su infantilismo”.

También se asoma al Woodlawn Park Cemetery, donde reposan los restos de muchos cubanos de varias generaciones, como el dictador Gerardo Machado, quien en 1933 se había llevado de Cuba “cinco revólveres, siete bolsas de oro y cinco amigos, aún en sus piyamas”, y el presidente Carlos Prío, otro que en 1952 tomó un avión junto a su esposa, de “traje de seda, guantes y un sombrero con un velo de redecilla”.

“Las vanidades de La Habana se hacen polvo en Miami”, sentencia. 

Cuando Didion llega a la ciudad, el 43% de la población era hispana, o sea, “fundamentalmente cubana”, y había cubanos “en las salas de juntas de los principales bancos, cubanos en los clubs que no admitían judíos o negros, y cuatro cubanos pugnando por el puesto de alcalde. 

Todo el tono de la ciudad era cubano -asegura-, la manera en que la gente miraba y hablaba y se encontraban unos con otros. […] Había incluso en la manera en que las mujeres se vestían en Miami una definida imagen habanera, un énfasis inequívoco en las caderas y en el escote, más color negro, más velos, un estilo generalizado de coquetería que entonces no era común en las ciudades del resto del país.

No obstante, Didion está convencida de que hay una reticencia “anglo” a admitir lo evidente. En 1986, The Miami Herald pide a cuatro historiadores que seleccionen a las diez personalidades más influentes del condado en el último siglo. A Didion le extraña que ningún cubano haya sido mencionado, ni siquiera Fidel Castro. Igualmente le resulta llamativo que los 125 mil cubanos llegados en 1980 sean mencionados de pasada, cuando el panel se refiere a los sucesos más importantes de la ciudad en idéntica etapa.

Esta mentalidad –anota–, en la cual la comunidad cubana local era vista como un desafío cívico ya resuelto, no era poco común entre los anglos con los que hablé”, para quienes Miami era “una ciudad estadounidense que solo les pertenecía a ellos.

A la vez, escribe, la ciudad se hallaba “fundamentalmente poblada por personas que creían que Estados Unidos los había abandonado antes, los había traicionado en Bahía de Cochinos […] y los traicionaría de nuevo, en Honduras, en El Salvador y en Nicaragua, […] en las barricadas de una guerra fantasma que una vez más habían tomado no como una proyección de otra abstracción de Washington, sino como su propia lucha”.

La idea del Miami de los últimos sesenta años, bien lo supo Joan Didion, pasa por un “hechizo colectivo”, que convierte al exilio cubano “en un principio potente y organizador”.

Al final, Didion nunca viajó a La Habana. No le interesó el homúnculo que construía el régimen verde aceituna ni morir a manos de un caudillo caprichoso. Aunque sí vino a Miami: holograma poco definido, calcomanía tuneada y opción distópica de aquella otra ciudad; recorrió sus calles, realizó el retrato de una urbe atada irremisiblemente a las tripas de otro país.

Como quiera que sea, ella misma lo había anotado con una lucidez admirable en 1985: “Aquí las superficies tienden a disolverse”. 

Porque hasta eso que la escritora consideró “el código molecular de la comunidad: su oposición a Fidel Castro” ha empezado a difuminarse, a convertirse en otra cosa incorpórea, irreconocible, que algún día una nueva mirada perspicaz logrará convertir en un libro.