Adivinarás el resto | Letras Libres
artículo no publicado

Adivinarás el resto

Los cuentos de David Constantine destacan por su capacidad de construir pequeños mundos cerrados a partir de escenarios ambiguos y emociones contenidas.

A pesar de su reconocimiento en el ámbito anglófono, la obra de David Constantine permanece prácticamente desconocida en España. La publicación de En otro país (Libros del Asteroide, 2021), una selección de catorce de sus relatos, es una buena oportunidad para adentrarse en su característica escritura. Los textos están extraídos de sus treinta años de producción, pero el recopilatorio presenta una unidad temática que vincula las historias como si se tratase de una obra original: el desorden en lo cotidiano, el aislamiento o la distancia que puede ocurrir dentro de la familia y las relaciones, la inminencia de la soledad. Son motivos con los que estamos acostumbrados a tratar, y lo que marca la diferencia es que están presentados con un aire de premonición, como el aviso de un cambio (o una catástrofe) a punto de ocurrir y que, salvo en un par de ocasiones, no llega a tener lugar durante la propia narración. Como se lee al final de “La majada”, “estoy segura de que adivinarás el resto”.

La habilidad de Constantine, y lo que mejor caracteriza el libro, es la observación de los pequeños gestos o conversaciones que conducen hacia ese punto de inflexión. En lugar de ir al corazón del conflicto, o de ofrecer desencuentros tensos, prefiere mantenerlo todo en una incertidumbre que corresponde al lector desentrañar. Esto se traduce en una lectura que no sé si llamar “suspendida”, como buceando entre nombres y lugares que no se perfilan más que de manera vaga, como postergando una imagen completa de la escena. “¿Por qué permitir entonces un mundo en el que nada encajaba –se pregunta un personaje en “Al pie de la represa”–, nada tenía forma ni identidad fija ni un contorno que lo separara del resto?”. Una sensación a la que también contribuyen recursos como los párrafos largos o las conversaciones insertadas dentro del texto.

El relato inicial –que da título a la recopilación y que en 2015 fue llevado al cine con el título de 45 años– es una buena muestra de esto. Un hombre que lleva cincuenta años casado recibe la noticia de que han localizado el cadáver de una novia de juventud que murió al caer en la grieta de un glaciar. La nieve que cubría el hielo se ha deshecho, y su cuerpo congelado ha quedado a la vista. Esto sumerge a su matrimonio en una crisis discreta, lenta: mientras él busca en el desván fotografías antiguas y hace pequeñas revelaciones, su mujer le observa carcomida por la injusticia de haber estado todo ese tiempo reemplazando a su verdadero amor. Y entre los dos, solo silencio: “Cuánto silencio en aquella casa por las noches, cuánto silencio en todas las demás casitas que la rodeaban y que albergaban en su interior a los ancianos y a los viejos solos o todavía en pareja que se iban a dormir temprano, se despertaban y, desvelados, pensaban en el pasado”.

Este mecanismo se encuentra sintetizado en algunos de los relatos más breves. En “Té en el Hotel Midland” solo hay una conversación, un zoom in - zoom out sobre el ventanal del hotel con el mito de Nausícaa de fondo; en “La pérdida” todo se reduce a una impresión del personaje, a miradas en conferencias y ascensores. Por su parte, los más largos recurren a una suerte de espiral de información en la que si hay un desenlace ya está anticipado desde el comienzo, y por tanto la narración se limita a repasar los detalles. Esto ocurre en “Al pie de la represa”, el más extenso de todo el libro, en donde la historia de las casas de una pareja, que transcurre paralela a su relación con un tercero, carga con un tono ominoso desde el inicio: “como si aquella oportunidad fuese una puerta desde la cual atisbar el paraíso y fuera a cerrarse de un momento a otro”.

Me gusta especialmente uno de estos cuentos largos, el de “Funeral”, que narra el entierro de un profesor de universidad y el encuentro de dos de sus antiguos alumnos. El perfil del profesor se dibuja poco a poco en la conversación que mantienen, en los recuerdos que salen a la luz, y descubrimos que la misma personalidad reservada que desagradaba a sus compañeros de facultad es la que cambia (e incluso salva) la vida de estos alumnos: “Debí de creerme lo que me dijo: que amaría, que sería amado, que me pedirían ayuda, que podría darla”. La historia no consiste tanto en la presentación de los hechos concretos como en el cambio de perspectiva, de modo que hasta el poso nostálgico de la pérdida se convierte en una posibilidad de esperanza para los que le sobreviven: “Hay días en que pienso que solo estaba él. Otros, pienso que me encaminó hacia la plenitud y que de mí depende agarrarla, cargar con ella, decir cómo fue, cómo es”.

Es cierto que no todos los textos conservan ese toque, y que en algunos casos la suspensión se alarga demasiado. “Charis” o “Asilo” son un ejemplo de lo primero, ambos con un acercamiento algo manido a las enfermedades mentales; “La cueva” lo es de lo segundo, con un tira y afloja romántico algo repetitivo y una metáfora espacial poco conseguida. Pero aquellos que destacan lo hacen por esta capacidad de construir pequeños mundos cerrados a partir de escenarios ambiguos y emociones contenidas. Algo a lo que creo que cualquier cuentista aspira, y lo que hace que En otro país sea un libro en el que merece la pena sumergirse.