Un libro escrito para hacerse cuerpo | Letras Libres
artículo no publicado

Un libro escrito para hacerse cuerpo

'Antes de que tiréis mis cosas', de Violeta Gil, es un libro lleno de potentes poemas salvajes en los que la única certeza es la potencia de la voz.

Las palabras. En 2015 y 2016 Violeta Gil (Hoyuelos, 1983) estuvo en Iowa. Allí comenzó a escribir Antes de que tiréis mis cosas (Arrebato libros, 2019). El libro está dividido en tres partes: Antes del viaje, América y Ayer volví –que contiene solo un poema largo en el que cuenta que vuelve de Estados Unidos y habla del padre muerto cuando ella era niña, de su pueblo y de su abuelo, pero también aparecen otros asuntos como la pareja o los hijos–. Es mucho más que el viaje de ida y vuelta Iowa-Madrid, y todo lo que eso supone. No hay que llamarse a engaño: puede que este sea su primer libro, pero no es su debut, lleva escribiendo al menos desde 2005, cuando formó La Tristura con Itsaso Arana, Celso Giménez y Pablo Fidalgo. Quiero decir que este libro no es un libro en el que se puede adivinar la escritora que acabará siendo quien lo escribe, este libro es ya el de una escritora con una voz propia. Son poemas, a veces narrativos, a veces en prosa, a veces guiados por la repetición o la enumeración, siempre con un profundo sentido del ritmo, tanto que parecen casi canciones, letanías.

Los temas. En Antes de que tiréis mis cosas hay poemas sobre cómo el azar puede hacer que la tragedia golpee y lo absurda que resulta la vida entonces, como “Madrid”, un recuerdo de una amiga que murió en los atentados de Atocha en 2004 y cuenta también el número de camas en las que ha dormido desde entonces, veintitrés. Aparecen Anne Sexton y James Baldwin y Flannery O’Connor (de quien ella siempre pensó que era negra, en cambio, una amiga no sabía que Baldwin lo era), pero también Bill Callahan, Blanca Varela y Lauryn Hill. Antes de que tiréis mis cosas puede verse como un autorretrato difuminado: hay amantes, examantes, rupturas, confusión, idas y vueltas, dudas y un permanente estado de no saber qué se quiere.

Las canciones. Ah, y se baila y se celebra y se canta: “Canto mucho. Como si de alguna manera cantar sustituyera al sexo. O lo calmara. El aire dentro del cuerpo, la energía, el ritmo, las palabras”. Son poemas salvajes. Canciones, escribe ella en “Ayer volví de América”, el poema final. Juega con la música y se burla un poco de sí misma y de la separación entre la alta cultura y la popular, en un poema que se entrelaza con la canción “La ventanita” y que tiene como título “No puedo parar de pensar en aquel día en el aparcamiento del walmart, había ido a comprar ibuprofeno para el dolor de regla, empezó a sonar ‘La ventanita’, y bajé las ventanas del coche, me puse a cantar sin miedo, porque no estaba en Europa y no me escuchaba ninguno de mis amigos de España. Jamás reconoceré haberlo hecho, se me olvidó el dolor y sentí que de eso iba estar enamorada”.

Los gestos. Violeta Gil es además de escritora actriz y bailarina. Y ha creado un espectáculo-performance-recitado a partir del libro y con el mismo título, en el que la acompaña Abraham Boba. El libro de Violeta Gil se hace cuerpo en escena, y parece muy fácil viéndola hacerlo, viéndola recitar el extenso poema “Ayer volví de América”, viéndola defender sus palabras solo con su voz y un micro, y su cuerpo, que es todo energía y fuerza. Apenas hay otros elementos. Las palabras de Violeta Gil se hacen cuerpo y baile y parece que hayan nacido para ser exactamente eso, y luego, si se vuelve al libro, conservan algo de esa fuerza que se ha visto en el escenario. Lo que hace con el poema sobre la ventanita es divertido, potente, arriesgado y deja al espectador como una ducha en verano. El cierre de la performance es un baile desenfrenado, porque “los nuevos poetas están en la playa celebrando”.