Un eterno deambular por aguas negras | Letras Libres
artículo no publicado

Un eterno deambular por aguas negras

La única novela de Nikos Kavvadías, 'La guardia', es una novela hermosa y dura; una historia de historias estructurada alrededor de las guardias nocturnas de un carguero.

Todos los marinos son Ulises. Toda historia del mar comienza con una partida o un abandono: con Telémaco buscando a Odiseo; con Odiseo olvidando largamente su vida en Ítaca en brazos de Calipso; con Jim a bordo del Patna. Todas las grandes obras hablan de traición y pecado. Todo eso pensé al navegar por las palabras, las frases, las cadencias de La guardia (Trotalibros, 2021), única novela, hermosa y dura como el ponto, de Nikos Kavvadías, al que llamaron Marabú por el título de su primer poemario y que fue marino, viajero y rapsoda, una voz griega que traía de los confines del mundo historias, nombres, sonidos lejanos. En sus páginas encuentra uno ese mecerse oscuro, opresor y pecaminoso de algunas de las mejores historias del mar, esas en las que no hay brisa ni frescura sino solo tentación, temor, soledad, muerte.

Hay en esta historia de historias, estructurada en torno a las interminables guardias nocturnas del viejo carguero Pytheas, que avanza despacio hacia las costas de China, una primera parte de cadencia aletargada, hilvanada entre la bruma nocturna y el humo dulzón de los marineros, que fuman mientras escuchan atentos otro viejo recuerdo. Es un narrar oral con ritmo de letanía que nos introduce como un metrónomo en las imágenes invocadas por Nicolás, el telegrafista del carguero (“¿Te acuerdas, Yerásimos?”) y que se acelera y desborda en su segunda mitad, cuando la culpa y el alcohol (“¿Nunca te han contado? ¿No has oído habladurías?”) desatan sus demonios, su imaginación, su lengua, conjurando todas las derrotas del pasado. Hasta ese momento, las palabras han sido medias palabras, insinuaciones, desmemoria o disimulo, mas nunca embuste o engaño, pues habita en la prosa de Kavvadías un pálpito permanente de verdad recia, seca, que antaño se denominó masculina, casi monstruosa. El recuerdo adquiere entonces la forma de un lirismo oscuro, cargado de violencia soterrada, que lo emparenta no con Bretch, como se ha dicho en alguna parte, o siquiera con Conrad, quizá el más grande de los escritores marinos: es la prosa estigmática de Céline la que parece aullar detrás de la memoria del marino Nicolás, su lucidez hiriente y desolada, su sorda tristeza, el puñal afilado y sucio de unas palabras envueltas en la bruma. Y se atisba también, aquí y allá (apenas un fogonazo) el eco del célebre Le cimetière marin de Valéry, aquel “inmenso mar dotado de delirios” que el poeta observaba desde la necrópolis de St. Charles de Sète (“¡El mar, el mar siempre recomenzado!”), la ternura y belleza de los encuentros salinos, el arte como única salvación.

Leer La guardia es deslumbrarse con las luces de neón que atraen al puerto a los navegantes, emborracharse con el olor de los callejones fétidos, enamorarse y odiar a las prostitutas a las que regresan una y otra vez esos hombres sucios que no tienen nada pero lo vivieron todo, todo menos el amor. Porque Kavvadías habla también de la terrible ausencia de la mujer, de su imagen totémica como dueña del deseo, como icono indescifrable en las mentes y ensoñaciones de unos hombres siempre rodeados de hombres, desconsolados como el rugir de las tempestades, violentos como el fragor de las aguas, supersticiosos, delicados, primitivos, siempre a la búsqueda de los más oscuros designios celestiales. Es La guardia, en fin, un “tumulto símil al silencio”, de nuevo en palabras de Valéry, que marca las horas, los días, las semanas de un eterno deambular sobre las aguas negras, en esa noche interminable que envuelve las páginas de este libro oracular que entristece, ahoga y arrebata, y que navega ebrio sobre el mundo, la tierra, sobre todas las aguas. Así que lean a Kavvadías, abandónense al ancho lomo del mar, al silencio del agua nocturna, al calor pegajoso de las noches extranjeras. Lean La guardia.