Tener un niño es mirar siempre de reojo | Letras Libres
artículo no publicado
Ángel Olmedo

Tener un niño es mirar siempre de reojo

'Esta herida llena de peces', la primera novela de Lorena Salazar Masso, dura lo que el viaje, pero parte de un viaje son los recuerdos que este evoca.

El río Atrato nace en la cordillera occidental de los Andes colombianos y desemboca en el mar Caribe. Une distintas poblaciones; la principal, como capital del departamento del Chocó, es Quibdó. En Quibdó, entre los muchos viajeros que a diario se suben en las barcas (más veloces las de billete más caro; más lentas y con más escalas las baratas) que lo recorren y que unen las distintas poblaciones, suben un día una mujer blanca y un niño negro de unos cinco años. Son madre e hijo.

Con el comienzo de su trayecto por el Atrato arranca Esta herida llena de peces, primera novela de Lorena Salazar Masso (Medellín, 1991). La duración de la novela coincide con la del viaje. La madre y el niño viajan para hacer una cosa por primera vez. Han elegido la canoa lenta, la de las muchas escalas, y no es porque no sean ricos (aunque no lo son: viven de las flores de tela y papel que hace ella por encargo) sino porque la madre está alargando el viaje para retrasar la llegada. Le da miedo el destino y lo que les espera allí.

Ella es la narradora del libro. La hemos conocido fuera de su mundo cotidiano, en la excepcionalidad del trayecto por el río rodeada de desconocidos y de la noche que cada vez se pasa en una cama distinta, teniendo que estar siempre presentándose y despidiéndose en cada pueblo en el que atraca la canoa. Aun así la reserva que transmite, la extrañeza, la sensación de no estar nunca del todo en un lugar, parecen deberse a su personalidad más que al momento que está viviendo. El mismo discurrir del río parece generar un ritmo similar al de los trenes antiguos, una cadencia que te entrega a la ensoñación o a la narración, que facilita que se encadenen las imágenes. La novela dura lo que el viaje, pero parte de un viaje son los recuerdos que este evoca.

Así ella, muchas veces, estimulada por una escena con su hijo, recuerda una escena de su propia infancia (una obra de teatro en el colegio donde le toca el papel que nadie quiere; la enfermedad de su madre, de cuya gravedad se da cuenta porque no recibe una riña cuando la espera; el desaliento de su padre al quedarse el coche atrapado en un lodazal). La niña a merced de lo que traiga el día, del capricho de los acontecimientos y de los adultos que manejan una vida que no acaba de entenderse, no ha desaparecido del todo. Asistimos al mismo temblor de la infancia, cuando era la hija, en la edad adulta, cuando es la madre. Algo ha cambiado, por supuesto: “tener un niño es mirar siempre de reojo”, dice el libro, y ahora ella es la que cuida a otro ser. Pero es imposible no ver debajo de la madre a la niña que sigue siendo. El libro habla de la responsabilidad, que sobreviene, y de cómo dar amparo, que se aprende.

La descripción de lo que hace el niño es siempre ligera. Está despreocupado, pide comida, cae rendido después de la cena, se cansa y se duerme en secuencia inmediata que de mayores perdemos, juega con cualquier cosa, se pone pesado, hace el tonto, es curioso y pregunta cosas raras. En la madre hay gravedad y siempre un fondo de inquietud. Solo en una ocasión en que pierde de vista al niño y lo busca por el pueblo desconocido en el que han parado a pasar la noche entendemos que el peligro insoslayable existe de verdad. Viene del “animal más peligroso que tiene la selva” y que más tarde se revelará como el agente de la tragedia. Pero en la tragedia es el personaje quien se conduce a sí mismo de la mano a su propia destrucción, y así sucede en esta novela.

El río atraviesa la selva como el pensamiento de la mujer va atravesando los días del viaje. Aquí y allá aparecen otros personajes con sus circunstancias, a veces dramáticas, y con su manera de encararlos, a veces con un arrojo que la protagonista no puede evitar comparar con su inseguridad. De lo que siente y ve (los colores, las construcciones, las costumbres, las plantas) va dando cuenta y de vez en cuando de entre las aguas de su mente afloran impresiones que convierten el río en algo universal: “Prefiero ir por la mitad, la orilla me asusta: imagino mis pies bajo el agua, moviéndose como lombrices; agarrada de una rama sin saber que, junto a ella y entre hojas más grandes, se oculta una serpiente roja. A la orilla siempre hay alguien más queriendo salvarse”.

El viaje en barca entre la selva, que es un viaje por sus vacilaciones y que recuerda a otros libros que transcurren en paisajes espectrales, conduce a la mujer al destino que temía. Con la resolución de la historia, la aprensión que experimentaba a lo largo del trayecto parece tener un sentido anticipatorio. Lo que había que temer era otra cosa, sin embargo. La novela cambia sutilmente el foco. Irrumpe la violencia en la que vive sumida Colombia, en las ciudades y en las zonas rurales, y salvaje y desdeñosa arrasa a esta pequeña familia como si su aspiración a la felicidad no hubiese valido nada. Arrasa a todos los demás. Eso es algo que el río, esta herida, ha visto innumerables veces.

Esta herida llena de peces

Lorena Salazar Masso

Tránsito, 2021

161 pp