Nos lo inventamos todo para beneficio del espíritu: Ginsberg y Koch improvisan en Saint Mark | Letras Libres
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Nos lo inventamos todo para beneficio del espíritu: Ginsberg y Koch improvisan en Saint Mark

La iglesia episcopal de Saint Mark fue un lugar donde, entre otras cosas, se dio cobijo a escuelas poéticas y artísticas desde principios del siglo XX. William Carlos Williams o Edna St. Vicnent Millay leyeron allí, años después también acogió los versos del poeta Allen Ginsberg en una sesión cuya transcripción aparece ahora en libro.

La iglesia episcopal de Saint Mark en el Bowery sufrió un incendio en julio de 1978. Los vecinos corrieron al rescate estableciendo un fondo para sufragar la restauración. Saint Mark era una de las iglesias más antiguas de Nueva York, y desde principios del siglo XX, con la llegada del pastor William Guthrie, había funcionado como centro difusor de las filosofías orientales y de ciertas escuelas poéticas y artísticas que interesaban al pastor. Por ejemplo, en 1919, el poeta libanés Khalil Gibran leyó en el templo su libro El profeta, entonces inédito.

“Todo lo que es bello es bueno –defendía Guthrie–. Aprovecha la belleza, que es la obra de Dios, y encuentra la manera de usarla para beneficio del espíritu.” Esta declaración platónica recuerda al final de la Oda a una urna griega de John Keats (“La belleza es la verdad, la verdad la belleza, esto es todo / lo que sabes en la tierra y todo lo que necesitas saber”). El pastor no solo era un gran lector de la poesía romántica inglesa sino que entre los libros que publicó estaba el estudio Modern poet prophets: essays critical and interpretative.

En la época de Guthrie, un asistente al servicio podía encontrar que este estaba amenizado con danzas eurítmicas como las que promovió la Antroposofía, aunque también se invitaba a conferenciantes de otras confesiones y había sesiones especiales de lecturas poéticas. Entre los poetas que ofrecieron allí sus lecturas se cuentan William Carlos Williams, Edna St. Vincent Millay o Carl Sandburg.

Guthrie ideaba toda clase de cosas para animar sus servicios: llegó a inventar incluso un sistema de luces que acompañase los sermones. Los llamó “sermones prismáticos”, y consistían en la distribución de lámparas de colores por el templo, que se encendían en sincronía con el sermón. El sistema no deja de ser una vidriera puesta al día, y quién sabe si se inspiró en el teclado de colores inventado por Alexander Scrabin y cuyo único prototipo se había presentado en un concierto en 1915, precisamente en Nueva York.

No es de extrañar que Guthrie tuviese problemas con el obispado de Nueva York, que le dio algún toque cuando se enteró de que en Saint Mark se había celebrado una danza de adoración al sol basada en antiguos rituales egipcios y de que se anunciaba una actuación de Isadora Duncan en el templo. En todo caso, William Guthrie siguió ejerciendo como pastor de Saint Mark hasta 1937. Murió en 1944.

Años después de su muerte, a mitad de los sesenta, un grupo de poetas jóvenes que se había quedado sin el bar que frecuentaban se acercó a la iglesia de Saint Mark a pedir asilo para sus nuevas lecturas. Entre ellos estaba Allen Ginsberg. Los responsables de la iglesia aceptaron, y a Saint Mark volvió la antigua actividad. A su alrededor surgieron grupos decisivos para la vida cultural de la ciudad y que aún hoy siguen funcionando, como The Poetry Project y The Millennium Film Workshop.

Y así llegamos al 9 de mayo de 1979. Las obras de restauración después del incendio del año anterior no habían terminado todavía (culminarían en 1986 con la colocación de una vidriera diseñada por Harold Edelman, el arquitecto encargado de todo el proyecto). A las ocho de la tarde más de 200 personas llenaban la iglesia en obras, y habría que añadir las muchas que se quedaron fuera y siguieron, asomadas a las ventanas, el espectáculo de improvisación que se desarrollaba dentro, protagonizado por Allen Ginsberg y Kenneth Koch y dirigido por el también poeta Ron Padgett (autor de los poemas que escribe el protagonista de Paterson, la película de Jim Jarmusch).

La transcripción de la sesión acaba de publicarla en castellano la editorial Kriller71 con el título de Nos lo inventamos todo. Comienza con un prólogo de Martín Rodríguez-Gaona que en pocas páginas dibuja con claridad el panorama social del momento, cuando la contracultura es algo ya asimilado, pero no se ha acabado de producir el desinfle que vendría en los años ochenta. En 1979 Ginsberg y Koch son ya “dos poetas cincuentones” con gran predicamento entre una nueva juventud: conservan la espontaneidad de la década anterior pero se han convertido en figuras en las que reflejarse.

Ginsberg y Koch van generando poemas según una serie de parámetros. Padgett les pide que compongan sobre la marcha un diálogo dramático en verso libre, un blues, una sextina, una balada… También se les ofrecen diversos elementos que tienen que combinar como temas o personajes: el Pájaro Loco, Maiakosvki, Hamlet, Popeye, un campo de maíz, protones, etc., según las exigencias de la forma poética practicada. A juzgar por las grabaciones de la sesión que se pueden encontrar en internet, tanto los poetas como el público, que se ríe a menudo, disfrutan mucho del juego de inventárselo todo.

Los poemas aparecen en versión bilingüe. El amor por el arte, la confianza en la expresión de los instintos y la afición al juego que se fueron practicando entre los muros de Saint Mark desde los tiempos del pastor William Guthrie, y que sin duda fueron un pilar para el desarrollo posterior de la bulliciosa vida cultural neoyorquina durante el siglo XX, se han mantenido hasta impregnar incluso la traducción de Sílvia Galup: la versión castellana que acompaña a la original se puede leer como obra propia. Parece que la traductora se ha tomado el encargo como una poeta más; no se limita a informar de lo que dicen los participantes en la improvisación, sino que sigue el juego hasta mantener la rima, cuando la rima manda, o hasta inventar imágenes propias cuando son más adecuadas o expresivas para el lector en español. Por eso es interesante leer el libro tres veces: en inglés, en castellano y en una lectura cotejada.

El libro se cierra con un par de entretenidas conversaciones entre Allen Ginsberg y Kenneth Koch, en las que se encuentran destellos tanto de su manera de afrontar sus trabajos poéticos como de un modo vivaracho de estar en el mundo, posible a pesar de los incendios y de los cambios sociales. Los poetas lo sospechan desde hace siglos.

 

Nos lo inventamos todo

Allen Ginsberg, Kenneth Koch y Ron Padgett

Kriller71, 2020