Mi familia y otros palurdos | Letras Libres
artículo no publicado

Mi familia y otros palurdos

Hillbilly Elegy ofrece una mirada desde dentro a la clase blanca empobrecida de Estados Unidos en un momento en el que se ha popularizado el relato de los perdedores de la globalización.

Hillbilly Elegy. A Memory of a Family and a Culture in Crisis, de J.D. Vance, es una autobiografía familiar y regional y al mismo tiempo una especie de cuaderno de campo. Un hillbilly es un término a menudo peyorativo que designa a la gente que vive en zonas montañosas y rurales de Estados Unidos, en especial en las cordilleras de los Apalaches, los Orzacks, las Unwharrie Mountains y las Caraway Mountains. En 1900, el New York Journal definía al hillbilly como “un ciudadano libre de Tennessee, que vive en las colinas, no tiene medios y se viste como puede, habla como quiere, bebe whisky cuando lo consigue y dispara su revólver cuando le apetece”. El libro, que combina la memoria, la sociología, la política y la psicología, fue oportuno: ofrece una mirada desde dentro a la clase blanca empobrecida de Estados Unidos, en un momento en el que se ha popularizado el relato de los perdedores de la globalización y en el que el ascenso de Trump a candidato republicano (y de movimientos contrarios a las élites en otras partes de Occidente) ha hecho visibles a grupos que normalmente no resultaban interesantes. Aunque el libro no menciona a Trump, parte de su popularidad se debe a esa pertinencia. Pero también a que la historia que cuenta es poderosa y está narrada con una voz clara, inteligente, cercana y serena.

Vance proviene de una familia de origen irlandés y escocés. Eran trabajadores manuales. Sus abuelos, como mucha gente de Kentucky, emigraron a Ohio en busca de una vida mejor. Se instalaron en Middletown, donde el gran empleador era la acerera Armco (más tarde comprada por una compañía japonesa: uno de los temas del libro es la importancia de grandes empresas industriales para la vida de esa comunidades, cómo la gente daba por sentado -sin valorar demasiado esa opción- que trabajaría allí, y el hecho de que después muchas tuvieran que irse a otros estados u otros países). Como otros hillbillies, se llevaron los valores de los Apalaches a esa región industrial. Vance da más de un ejemplo de esa cultura. Cuando uno de sus tíos oye en un bar a un hombre que dice que le gustaría comerse las bragas de su hermana, él vuelve a casa, abre un cajón, saca unas bragas, vuelve al bar y obliga al tipo a comérselas. En su familia hay algún delito de sangre. Es gente, dice, que podía pasar de la calma al estado asesino en cuestión de segundos. Se espera que se responda con violencia a los insultos a la familia. Es lo que el propio Vance hace en el colegio.

Son blancos, con poca educación, que se sienten fuera de lugar en Ohio, o que constituyen un grupo aparte en ese estado. Viven una vida dura. El alcohol y las peleas maritales son comunes: el léxico familiar está plagado de juramentos y amenazas. También son frecuentes los embarazos tempranos, de los que los padres a menudo no se hacen responsables. La relación de los abuelos maternos de Vance tuvo, por decirlo suavemente, momentos de aspereza. La abuela dijo a su marido que lo mataría si volvía a regresar borracho a casa. Poco después, mientras él dormía la mona en el sofá, ella lo roció de gasolina e intentó prenderle fuego. A pesar de eso, y de que no eran exactamente una compañía modélica (la abuela maldice todo el tiempo, y el matrimonio tiene la costumbre de llevar armas escondidas), consiguen llegar a la clase media. Su compañía, cuenta y demuestra Vance, es la que le permitirá a él escapar de una vida caótica y posiblemente infeliz.

Esa existencia desordenada es la de su madre. Adicta a numerosas drogas sucesivas (al final a la heroína), tiene varios maridos y una larga lista de novios: la impresión que da es casi como una pesadilla reiterada y de contornos desdibujados. El verdadero padre de Vance lo da en adopción (según la madre, porque no quiere saber nada de él; más tarde el autor descubre que no había sido así). El hombre que le da su apellido desaparece pronto de su vida. Vance y su hermana van de una casa de una pareja de su madre a la siguiente, de unos hermanastros a otros. Los enfados de su madre les ponen en peligro de verdad más de una vez, y en alguna ocasión las autoridades deben intervenir. La madre pide a Vance que orine por ella cuando le van a hacer una prueba de consumo de drogas. Vance se reencuentra con su padre biológico, cristiano ferviente, y admira una vida más apacible, pero no acaba de encajar en esa casa. Cuando su hermana -que había tenido que ejercer labores casi de madre a menudo- se va de casa, se queda solo. Pese su brutalidad, una de las razones que permiten que Vance obtenga una estabilidad es la presencia y dedicación de sus abuelos. La importancia que dan a los estudios en un ambiente en el que ser aplicado se considera poco viril y en el que nadie parece tener un horizonte más allá del inmediato, la conciencia de los sacrificios que hacen, y su amor brusco pero infinito son decisivos para él. Son los verdaderos padres del narrador.

La inestabilidad y una especie de fatalismo son dos de las características que Vance observa en esta gente que, a fin de cuentas -y saber transmitir esa impresión de afecto exasperado es una de las virtudes del libro, son también los suyos. Los blancos pobres, explica, son el colectivo más pesimista de todos los estadounidenses. El pesimismo convive con un elemento irracional: gastar demasiado, “derrochar hasta llegar al hospicio”, adquirir compromisos imposibles o dañinos, seguir dietas que son más caras y menos sanas, tener estilos de vida poco saludables y una tendencia a dañar y tratar de manera irrespetuosa a los seres cercanos. Hay una apreciación equivocada de sí mismos: por ejemplo, los hillbillies se consideran más religiosos de lo que son. Vance retrata una comunidad trasplantada que no ha sabido adaptarse. La debilidad de la religión, que para Vance introduce cierto orden y consuelo, ha contribuido a esa sensación de devastación.

También señala virtudes: la lealtad con los suyos y su patriotismo. La participación en el ejército y en las guerras de Estados Unidos es un elemento destacado.

El libro está lleno de observaciones interesantes y a veces perturbadoras. Cuando Vance trabaja en una tienda, le escandaliza ver a pobres que viven de los subsidios, que se gastan las ayudas en lujos que él no puede permitirse. Mucha gente se sorprende de que parte de la clase trabajadora abandonara su partido de siempre, los demócratas, por los republicanos: para Vance, comportamientos de ese tipo pueden haber contribuido a ese cambio y fomentado una visión escéptica de las ayudas sociales.

Tras estudiar en el instituto, y corregir sus malas notas al instalarse en casa de su abuela, Vance se alistó en los marines. Estuvo en Irak. Su experiencia en el ejército fue decisiva: lo hizo menos desvalido, más seguro y organizado. A continuación fue a la Ohio State University y más tarde hizo derecho en Yale, una de las universidades más prestigiosas del país (Amy Chuan fue una de sus tutoras). Hay al menos dos cosas que llaman la atención en ese viaje: por un lado, cómo adquiere una sensación de control del propio destino, de responsabilidad pero también de una mayor amplitud de posibilidades. Es la descripción de un caso que ha ido contra lo esperado, aunque cita otros similares. Tiene algo de relato ejemplarizante, pero está contado con la suficiente sinceridad, encanto y humildad como para que el lector piense más en la liberación y la suerte que en una posible lección. Por otra, asombra ver la diferencia en el acceso a la información: al principio, cuando quiere matricularse en la universidad, es incapaz de rellenar los impresos; cuando empieza a hacer entrevistas de trabajo para firmas legales no sabe que debe ir bien vestido. Es todo un acontecimiento en su vida descubrir la diferencia entre inteligencia y conocimiento. Va decodificando usos sociales, aprende reglas de comportamiento a base de errores. Retrata con encanto y eficacia un abismo que no es solo económico sino también de costumbres y conocimiento.

El tono es modesto, a veces autoparódico. Critica con severidad a los hillbillies, aunque se considera uno de ellos. Lamenta la mezcla de indolencia y victimismo que conduce al resentimiento y a la falta de ambición para cambiar de vida o para que las cosas en casa vayan un poco mejor. Le indignan desfavorecidos que echan a perder sus escasas oportunidades, las que les permiten sacar adelante a sus hijos, y que culpan a los demás (al gobierno, al establishment, a extrañas conspiraciones, de sus desgracias). A su juicio, esto es producto de una cultura: el libro trata de gente que “reacciona de la peor manera posible a las malas circunstancias. Trata de una cultura que alienta la decadencia social en vez de combatirla”. La capacidad de actuación de los gobiernos es limitada, y a su juicio poco pueden hacer mientras no se produzca un cambio cultural.

A veces Vance parece subestimar otros factores económicos y estructurales, y no siempre es fácil coincidir con la visión moderadamente conservadora del autor. Pero Hillbilly Elegy es un relato absorbente y muchas veces emocionante, que ayuda a comprender una manera de estar en el mundo, y a entender los problemas de un grupo social.