Mavis Gallant antes de Mavis Gallant | Letras Libres
artículo no publicado

Mavis Gallant antes de Mavis Gallant

En esta colección de relatos hay una defensa de los niños y también un agudo sentido de la observación y el análisis; así como una gracia elegante y una finísima ironía.

Una vida en Canadá. Los cuentos de Linnet Muir (Eterna cadencia, 2019; traducción de Inés Garland) reúne seis cuentos que comparten protagonista y personajes, y que cubren la infancia y juventud de Linnet Muir, una especie de alter ego de la escritora canadiense Mavis Gallant (Montreal, 1922 - París, 2014). Forman una especie de novela llena de huecos y hecha de elipsis en la que hay personajes que van y vienen y otros cuya presencia es fugaz. El libro que componen estos relatos es triste y luminoso, tiene humor en medio de la tragedia y pone en el foco a un personaje primero incomprendido y luego además desamparado que sin embargo encuentra la manera de abrirse camino.

La clarividencia de los niños. Antes de la muerte del padre ya hay una sombra de tragedia: a la niña la roza la tuberculosis. Eso le sirve en realidad para dibujar el retablo de las relaciones entre un pequeño grupo de burgueses en Montreal y sus relaciones, como si fueran Las amistades peligrosas en los años de la Depresión en Canadá. La madre medio enamorada del médico, la mujer que tontea con el padre y ambos empujados a entenderse; una madrina de la niña a la que en realidad desprecia y que está enamorada del padre… y en medio, la pequeña Linnet Muir (en parte, estos cuentos son una defensa de los niños). “Mi madre llamaba mucho la atención. No tenía secretos excepto los inesperados. Mi padre no tenía otra cosa que secretos”, escribe sobre sus padres. “Inconscientemente, cualquier niño de menos de 10 años sabe todo. Antes de los diez entra a una habitación y percibe todo lo que se siente, todo lo que se calla, todo lo que se reprime relativo al amor, al odio y al deseo, aunque no pueda tener las palabras adecuadas para esos sentimientos. Es parte de la clarividente inmunidad a la hipocresía con la que nacemos y que se desvanece justo antes de la pubertad”, escribe en “El doctor”. En el siguiente relato, “En la juventud está el placer”, Linnet Muir tiene dieciocho años y está de vuelta: ha estado en un internado y después en Nueva York. Su madre se ha desentendido de ella y su padre murió cuando ella tenía diez años: “La muerte de mi padre me había sido ocultada. No sabía las circunstancias exactas, ni siquiera la fecha. Se murió cuando yo tenía diez años. A los trece todavía se esperaba que yo creyera una fábula que sostenía que él estaba en Inglaterra. Yo vivía esperando que me mandara a buscar, porque mi vida era profundamente desgraciada y yo daba por sentado que él lo sabía. Finalmente, empecé a sospechar que la muerte y el silencio pueden ser una misma cosa”. Linnet se cita con algunos de los que ella cree que eran amigos de su padre para tratar de averiguar qué le pasó o cómo fueron sus últimos días. “Esos eran los hombre que ocho, nueve, diez años atrás me preguntaban ‘¿Te gusta tu colegio?’ porque no sabían qué más decirle a una niña. Yo les había hecho reverencias y les había dicho ‘buenas noches’”.

Superviviente. Linnet Muir es una superviviente. Cuando vuelve a Montreal no tiene ni un familiar al que acudir en busca de nada. Solo está Olivia, con quien compartirá casa –y gastos– por un tiempo. Encuentra un trabajo, luego otro. Se da cuenta de que los hombres cobran el doble que ella, así que decide trabajar la mitad. Es redactora en un periódico y descubre pronto la picaresca: inventa temas que seguir, cuando consigue permiso para salir a investigar sobre los presbiterianos, “me iba a casa, me lavaba el pelo, escuchaba discos de Billie Holiday”. Linnet Muir tiene varios pretendientes, pocos hombres le interesan, dice. Sin embargo, traba amistad con uno casado con el que coincide en el tren –que le sirve para trazar un retrato preciso y certero de lo que llama el “hombre remesa”, lo que sería una especie de rentista venido a menos–. Se intercambian libros y le anuncia que se va a casar. Después, deja de verlo. Después, se el marido será llamado a filas. Después, ella se irá del país, pero eso apenas se anuncia al final del libro. Entre tanto, la mandan a entrevistar a su madrina, sin saber que la conoce. Eso le sirve para rememorar su último encuentro, unos años antes, cuando llegó de Nueva York. El lector se acuerda del primer cuento, en el que se producía esa visita extraña y tensa a esa madrina. El encuentro no es tenso, pero deja una profunda tristeza.

De Montreal al mundo. Mavis Gallant demuestra un agudo sentido de la observación y el análisis; así como una gracia elegante y una finísima ironía. Es capaz de mostrar cómo la lengua marca una diferencia social en Montreal: se habla de lo que hablan inglés y los que hablan francés: “[Los anglocanadienses tenían] una seguridad ciega de que eran superiores en todo a los francocanadienses, a los cuales de una manera rara ni oían ni veían […]; lo más importante, quizás, era la distinción de la toalla de manos individual”. Tiene tiempo para hablar de los refugiados que llegaban a Canadá durante la Segunda Guerra Mundial. También esboza en un par de líneas asuntos sobre los que seguimos discutiendo: “Nuestros suscriptores no son soñadores ni pedantes; cuando ven una situación en una foto, quieren que la situación se les confirme”, recuerda que le dice uno de sus jefes.