Más Camba, gracias | Letras Libres
artículo no publicado

Más Camba, gracias

El escritor gallego explicó Europa y el mundo cuando nuestro país aún no había apenas asomado al siglo XX con una prosa limpia y precisa.

Madrid, 1957. En la tercera planta del hotel Palace, al final del pasillo, justo al lado del cuarto de la plancha, está la habitación 383 donde Julio Camba pasa la mayor parte de su tiempo metido en la cama leyendo novelas policiacas en inglés. A pesar del glamour que envuelve a un hotel de lujo los que le visitaron cuentan que la habitación está un poco desvencijada y que en el suelo había dos baúles enormes llenos de etiquetas de todos los lugares del mundo, muchas de ellas de hoteles que ya no existen. Es la escena romántica y desoladora de un viajero profesional, un bon vivant, habitando sus propias ruinas, la soledad de una habitación de hotel y un viejo equipaje, que ya no va a ningún sitio, lleno de ropa que ya no usa. Seguramente, visto de cerca resultaría sórdido y triste, pero con el filtro de la imaginación es un lugar bohemio y melancólico. En ese momento vital del autor es cuando, por primera vez, se publica la antología de artículos Ni Fuh ni Fah.

Siguiendo la propia filosofía del Camba que aspiraba a “escribir corto y cobrar largo” y defendía que “el triunfo en la escritura es no tener que escribir más”, podemos afirmar sin miedo que con esta antología consiguió una de sus cumbres. Los artículos habían sido publicados en su momento, cuando él era corresponsal, más tarde algunos de ellos volvieron a salir en el diario ABC acompañados de ilustraciones de Lorenzo Goñi y, a continuación, como libro en Ni Fuh ni Fah. Es casi imposible sacar más rendimiento a una pieza escrita. Aunque probablemente no lo demostrase, porque en los últimos años de su vida le cogió gusto a mostrarse huraño y, como dijo González Ruano en su necrológica, “cultivó la indiferencia como una obra de arte”, seguro que Camba estaría encantado de saber que la editorial Pepitas de calabaza acaba de sacar la primera reedición de Ni Fuh ni Fah desde 1957.

Siempre me he preguntado cómo sería leer a Julio Camba sin haber viajado, sin tener referencias acerca de Londres o Nueva York, sin haber escuchado nunca hablar inglés, cómo sería el asombro virgen ante el relato de una dimensión desconocida del mundo. En ese sentido, Ni Fuh no Fah ha sido un descubrimiento porque, aunque evidentemente el lector actual conoce muchas de las referencias, el libro es una especie de pista de circo por la que van pasando una selección de personajes que harían las delicias de un freak show de principios del siglo XX. Ciento noventa páginas de una de las prosas más brillantes del español encadenando una imagen bizarra tras otra. Caballos que saben realizar operaciones aritméticas y un día se van a la guerra, el barón de Rothschild lamentándose de ser millonario, la tristeza profesional de los payasos, los perros de los tejados de Lisboa o la cortesía de los fantasmas de Inglaterra, Camba lo ve todo y lo cuenta todo dejándonos claro que lo normal es lo incongruente, que no hay de qué preocuparse si todo a nuestro alrededor nos parece absurdo porque, en medio de lo aparentemente grotesco, hay una verdad brillante y lúcida que es el espejo que nos refleja. Todo dicho con un tono casi indiferente, nunca formal, como se debería hablar de todo lo verdaderamente importante.

Nadie sabe exactamente quién pagaba la cuenta de Julio Camba en el Palace, hay quien dice que era la dueña del hotel, otros que su amigo Juan March, el diario ABC o, incluso, hay quien menciona a Juan Belmonte. En realidad da igual si le pagaron la habitación hasta el día de su muerte, si lo invitaron a cenar en Lhardy o si cobró tres veces por los mismos artículos, siempre será poco para lo que merecía. Quien nos explicó Europa y el mundo cuando nuestro país aún no había apenas asomado al siglo XX con una prosa limpia y precisa que, casi cien años después, sigue funcionando impecablemente, sería digno, como él mismo dijo, de que la Real Academia en lugar de darle un sillón le pusiese un piso.

 

Ni Fuh ni Fah y otras historias del ancho mundo

Editorial Pepitas de calabaza.