María Moreno se pone a leer | Letras Libres
artículo no publicado

María Moreno se pone a leer

'Contramarcha' es la novela de las lecturas de la escritora argentina, repasa sus inicios como lectora, que son inevitablemente los mismos que como escritora.

María Cristina me quiere gobernar. María Moreno (Buenos Aires, 1947) es el pseudónimo con el que la escritora argentina publicaba en revistas à la Playboy y donde, gracias a la marginalidad, podía escribir de lo que quería poniendo el peso en el estilo, y finalmente, para no complicar todo, se quedó ya con ese nombre. En Contramarcha, “la novela de mis lecturas”, habla María Cristina Forero porque ese es su nombre y porque este libro habla de la infancia lectora, incluso antes de saber leer. María Cristina, un nombre muy común en la época, “en competencia con Silvias, Martas y Gracielas”. “Quien elige el Cristina opta por la comodidad y elude la convención que suele privilegiar […] Quien elige el ‘María’, se las da de clase alta, clase cuyo sencillismo impostado querella con los supuestos rebuscamientos burgueses”. María Cristiana, como esa canción que oye en la radio sin comprender: ¿seguirle la corriente a María Cristina, que le quiere gobernar, hace que la gente deje de decir que le quiere gobernar?

A la contra. Este libro, que forma parte de la colección Lectores de Ampersand –donde hay joyas como El texto encuentra un cuerpo, de Margo Glantz– empieza de manera abrupta, como si llegáramos a medias a una conversación ya empezada: “Es cierto: donde otros se explayaron, yo puse el punto final. Al narrar la novela de mis lecturas, me detuve poco después de un episodio de apariencia trivial: el del día en que vi a mi profesora de Castellano, detrás de mí, en la cola para tomar el ómnibus que me traería del colegio.” Habla como si ya lo supiéramos, pero solo lo sabremos al final, en el capítulo que da título al libro, “Contramarcha” y donde explica cómo abandonó el colegio, o cómo decidió que no volvería y de hecho así fue. Ahí comenzó la contramarcha, donde “se impone más la decisión por el desvío que su nuevo sentido. No hay plan ni deseo, sí lo que importa: al contrario que en la retirada, no es el otro el que nos obliga con su acción”, explica. Esa contramarcha la lleva al nocturno para continuar con sus estudios, donde conoce a su banda, su banda de los otros que incluye a un policía, un estafador y un director de cine porno, o a un joven llamado Marcelo Sambuceti –que vuelve de un accidente– y le regala El principito primero y Memorias de una joven formal después: “Comencé a leer. Comencé a vivir. Comencé”.

Historia de una fobia. Contramarcha es la historia de una fobia, la de hablar en público, que nunca se pasa del todo. Y también hay otra fobia: el terror paralizante que le hace huir cuando está a punto de subir al autobús a la vez que su profesora, la señorita Cristóbal (“que tiene la boca carnosa de mi padre y se llama como él, Cristóbal”), de la que está enamorada. Insiste en la idea de la contramarcha: “La contramarcha no es la retirada, es un cambio de dirección por razones de estrategia. Mi acto, que cambiará mi vida, no es una decisión, o tal vez lo sea sin que yo lo sepa. Si había un destino para mí, no lo eludía rebelándose, sino por imposibilidad de seguirlo. La fobia hace su aparición”.

Los otros. María Cristina Forero se hace lectora primero con los oídos, gracias a Los miserables en radionovela. Ella quiere ser Jean Valjean, después sigue con Gardel. Después pasará a Colette, hasta que su madre se dé cuenta de que no es un libro apropiado para sus once años y lo devuelva a la librería (como en Lola, de Jacques Demy). Dedica muchas páginas a una lectura inteligente y audaz de Simone de Beauvoir, no solo de los ensayos, también de la novela Los mandarines. Lee a Simone de Beauvoir y recuerda cómo la leyó entonces y cómo la manera de leerla ha ido cambiando. Es en parte una puesta al día del pensamiento feminista. La Paraguaya, una amiga de su madre le da libritos adoctrinadores, y Jorge, el seminarista, le regala una colorida Vida de Jesucristo. “La Paraguaya es Esther Ballesterino de Careaga, Madre de Plaza de Mayo, detenida desaparecida, arrojada al mar en 1977”, escribe Moreno, y “Jorge, el seminarista, era Jorge Bergoglio, el papa Francisco”. Bergoglio declaró en el juicio por la causa ESMA. Al ver su declaración en YouTube, “sé por cada uno de sus gestos que miente”, escribe Moreno.

Todo está en la familia. Los Forero eran fotógrafos y entre sus trabajos está el retrato de la plantilla de Sur. Su abuelo, que “escribía ‘hubo’ sin hache y ‘umbral’ con h”, escribió una novela a los 19 años. Después intenta hacer vida a tres, con su mujer y su amante y socia en el negocio de fotografía. Tras apacibles años de amor a tres, a la abuela le atropella un camión y tras recuperarse comienza a “vomitar unos celos retrospectivos y anhelantes a los que solo pone fin el psicotrópico que usaría el resto de su vida”. Escribe María Moreno: “A veces pienso que mi deseo de escribir nace de la novela de mi abuelo y de ese alocado discurso oral barroco y por tanto proliferante de mi abuela”.

Coda. María Moreno quiere que la muerte le llegue leyendo, “que la muerte me alcance en el momento en el que el sentido se me escapa y no sepa si sueño lo que leo y es es morir o si olvidé mi lengua y lo ignoro, irme como cuando no se recuerda por qué copa se va o qué saque o como en una sobredosis”.