Libros raros I: El arte de elegir esposa a partir de la fisionomía | Letras Libres
artículo no publicado
Alexandre Séon

Libros raros I: El arte de elegir esposa a partir de la fisionomía

'L’art de choisir sa femme d’après la physionomie (Physiognomie)' es uno de esos tratados que tienen que ver también con la frenología y que son muy entretenidos porque te puedes poner a buscar qué tipo humano eres.

El retrato del Sar Péladan por su compañero de la Orden de la Rosa-Cruz del Templo y del Grial Alexandre Séon lo muestra vestido con una túnica de mangas muy anchas entre azul y lila y mirando a su izquierda (¿hacia Oriente?). Lo más llamativo de su aspecto es el arreglo capilar: el pelo, negrísimo, es tan voluminoso que parece un gorro ruso y la barba la lleva larga y picuda, recortada de tal modo que forma una paralela con la caída del hombro. El fondo, de un dorado sucio, y la leyenda con su nombre encima del retrato completan el aire de icono. También con modos decimonónicamente medievales lo agasajó Erik Satie, maestro de capilla de la orden, cuando le dedicó una de sus Sonneries de la Rose + Croix, estridentes piezas para órgano tenebrosas y a la vez atravesadas de luz.

El retrato de Péladan por Séon aparece en el estudio Les symbolistes de Philippe Jullian, y muchas veces él mismo aparece asociado a otros artistas o a figuras que como él representan al artista fin-de-siècle y a la época sincrética y fascinada con lo oriental, lo misterioso, lo pasado y lo lejano que vivieron. Y es por esas razones, y no por los libros que escribió, por lo que es conocido. Por haber fundado la Orden (escindida de una orden anterior) y a partir de ella haber organizado el Salón de los Rosacruces, donde artistas como Vallotton, Roualt, Ferdinand Hodler o Carlos Schwabe pudieron exponer sus cuadros. A pesar de lo magnético de su figura, su obra está apenas traducida al español. Wunderkammer publicó en 2017 Sobre el andrógino, pero en el catálogo de la Biblioteca Nacional española no encuentro más que unos pocos volúmenes franceses de la primera década del XX: De Parsifal a Don Quichotte: le secret des trobadours, un estudio sobre “Fraus Hals” (Frans Hals, supongo, pues las fechas de nacimiento y muerte coinciden), otro libro titulado Les idées et les formes: la doctrine de Dante, y todo así. Me extraña no verlo en el catálogo de tantas editoriales españolas que en los años ochenta se fijaban en este tipo de escritores, como Laertes, que publicó por esa época a autores como William Beckford –que en su viaje por Portugal y España se llevó la cama de Inglaterra–, Gérard de Nerval o Sheridan Le Fanu (todos un poco anteriores pero que encuentro cercanos por lo amantes del misterio).

También buscando por casa encuentro una edición de 1987 de Aziyadé, de Pierre Loti, otro autor al que no sé si lee ya mucho si no es con un ánimo de extrañarse por los exotismos del pasado y cuyo nombre quizá se pronuncie más a menudo por quienes viajan a Estambul, donde un hotel y un mirador llevan su nombre, que por los lectores serios. El de Loti lo publicó en España en 1987 una editorial llamada Los libros de Doña Berta, y en el logo aparece una sirena de ondulada cabellera y doble cola enroscada (como si fuesen dos piernas); simbolista perdida. No parece que esta editorial siga en marcha.

Otra editorial donde habría esperado encontrar obras de Péladan de títulos como Le vice suprême o Autour du péché o Istar o Comment on devienne mage es Abraxas: tengo aquí delante Las extrañas bodas, de Gaston Leroux; El rey de la máscara de oro, de Marcel Schowb y El diablo enamorado, de Jacques Cazotte. Los abro al azar:

“-Exacto, la princesa. Fue su primer regalo. Yo marchaba hacia Tomsk, donde iba a esperar, junto con varios colegas de la prensa moscovita, a los automóviles que debían hacer el recorrido de Pekín a París, y la princesa temió que me aburriera durante el trayecto, por lo que me regaló este reloj-ruleta para que me distrajera en ruta. Debo agregar, no obstante, que este reloj siempre me ha traído buena suerte. Y siempre, asimismo, cuando he necesitado dinero.” [Leroux]

“Por allí pasó la cabeza negra del bastardo, quien se arrastraba con precaución. De un salto estuvo de rodillas sobre el pecho de Guillermo y le asestó dos, tres golpes sobre la cabeza, con un palo astillado que llevaba. El hombre emergió de las sábanas y un grito horrible brotó de su boca tumefacta. Pero el barbero, saliendo de abajo de la cama, asió por la cintura a Bastoigne que abría la puerta; y el bastardo cortó la garganta de Guillermo con una daga que llevaba en la cintura.” [Schowb]

“-¡Cielos! –exclamé. ¿Será falso todo lo que sucedía en el sueño horroroso que acabo de tener?... Pero es imposible…” [Cazotte]

Yo en realidad me había sentado a escribir sobre otra cosa, pero todas las estanterías, como las mañanas del mundo del libro de Quignard, son caminos sin retorno. En fin, hacia una de esas estanterías, una ociosa mañana en que entré en una librería de viejo, me condujeron mis ojos inyectados en sangre y mi temblorosa y pálida mano capaz del más terrible crimen y de las más voluptuosas caricias, como por un impulso irresistible inspirado por una fuerza de fuera de este mundo, y de entre los volúmenes indistintos saqué, como Umberto Eco en el famoso vídeo en que encuentra sin dudar en su desmesurada biblioteca su volumen de Champollion: un vie de lumières de Jean Lacouture, un libro entelado en cuyo lomo ponía SAR PALADAN (sic) / CHOISIR SA FEMME.

Me lo compré, baratísimo a juzgar por lo que he visto luego en Iberlibro. Más tarde descubro que hay una edición es español de la editorial Argonauta de 1945. La mía es la edición francesa de 1902; su título entero es L’art de choisir sa femme d’après la physionomie (Physiognomie). Es uno de esos tratados que tienen que ver también con la frenología y que son muy entretenidos porque te puedes poner a buscar qué tipo humano eres. Para que nos metamos en el mundo en que fue escrito, avisa Péladan en el prólogo: “No hay salón en que no se lea las manos o se descifre el carácter por la escritura. Son los artes menores de la adivinación”. Menciona obras anteriores de Aristóteles, Porta, Lavater, Desbarolles, Ledos, Decrespe y Porti y recuerda la clásica división en cuatro tipos a los que corresponden sendos planetas: el sanguíneo corresponde a Marte, el nervioso a Venus, el bilioso a Saturno y el linfático a la Luna. El Sol, Mercurio y Júpiter, añade, no tienen esas identidades. Su aportación consiste en que los tratados antiguos se fijaban en las tipologías y los aspectos de los varones, y él aquí se dedica a las mujeres.

Cada planeta, dice, corresponde a una actividad humana: Saturno representa el pensamiento, el Sol representa el genio, la Luna el sueño, Júpiter el orden, Venus el amor, Marte la acción y Mercurio la adaptación, y lo bonito de esto es que a continuación se detiene en cómo cada fase prepara la anterior: “la concepción (Saturno) precede a la creación (el Sol) y se mueve en un halo de sueño (la Luna), del que sale para armonizarse con el orden eterno (Júpiter) y el amor (Venus) lo pone en marcha (Marte); de este modo se operan las múltiples adaptaciones (Mercurio).

El libro estudia los rasgos físicos y los temperamentos de los siete tipos; como pueden manifestarse de manera benéfica o maléfica, salen catorce. Y más allá, existen los tipos compuestos, que son siempre entre Venus y los otros planetas o entre la Luna y los demás. Por supuesto se describen rostros redondos, labios prominentes, cejas finas, ojos acuosos, y todo de esa manera que mezcla lo mecánico y lo volátil que ahora nos parece tan antigua. Yo estoy aún tratando de averiguar a qué tipo pertenezco. Por un momento pensé que era jupiterina, pero cuando leí lo de la lengua de periquito dudé. Quizá sea una tipa más lunar.

La traducción de los libros publicados por Abraxas es de Jorge A. Sánchez