Entrevista a Txani Rodríguez: “Hemos ido perdiendo el sentimiento de comunidad sin quejarnos, pero es una pérdida” | Letras Libres
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© Miguel San Cristóbal.

Entrevista a Txani Rodríguez: “Hemos ido perdiendo el sentimiento de comunidad sin quejarnos, pero es una pérdida”

La escritora publica 'Los últimos románticos', una novela sobre la soledad y un mundo que se acaba, pero también sobre la fuerza que da el saberse sano.

Los últimos románticos (Seix Barral) es una novela ambientada en un pueblo industrial que tiene como protagonista a Irune, una mujer todavía afectada por la muerte de sus padres y un poco anclada en el pasado. Está tan perdida que apenas se da cuenta, necesita algo que la haga despertar y tomar las riendas de su vida. En Los últimos románticos Txani Rodríguez (Llodio, 1977) cuenta el camino que recorre Irune hasta que reacciona, pero también habla de la soledad, de las transformaciones sociales y de las relaciones entre padres e hijos.

La palabra romántico tiene varias acepciones y lecturas, y aplicada a la novela, tiene varias posibilidades porque va de personas que hacen cosas que quizá no están de moda o que están viviendo sus últimos coletazos, pero ¿quiénes son los últimos románticos a los que alude el título?

La protagonista y la persona con la que habla por teléfono, al menos eso intuimos, precisamente por esa mirada tan melancólica. De hecho, al principio de la novela, ella está anclada en el pasado y todas las decisiones que toma son como ecos del pasado y de las personas con las que convivió en el pasado. Y eso es bueno, pero no creo que sea la mejor idea quedarse para siempre anclado en el pasado o mirando tanto atrás que no te permita avanzar, que es lo que le sucede a ella. Esa parte del romanticismo habría que limitarla un poco; fue un movimiento que tuvo cosas extraordinarias y muy positivas, como reivindicar que cada persona es original, y para mí es más divertido de lo que lo fue en neoclasicismo. Pero, aunque la melancolía es buena porque te permite avanzar sin olvidar, hay que ponerle límite porque si no, no podríamos vivir. Todos vamos perdiendo personas con el paso del tiempo. Desde mi punto de vista, se han ido perdiendo también valores, formas de vida. El mundo de ella está a punto de extinguirse y tiene que avanzar.

La novela empieza con la protagonista notándose un bulto en el pecho, y esa sospecha es la que sostiene una de las tensiones de la novela.

Pensaba en que la protagonista de la novela tenía que reaccionar y preguntándome cómo pensé que tenía que asustarse y luego ser capaz de cambiar, muy de acción-reacción. Pensé en lo del bulto porque a mí me pasó, no es una novela autobiográfica ni creo que salvando algunas cosas Irune se parezca a mí, pero lo del bulto me pasó y también creí que tenía algo, hice el circuito ese y tenía muy presente lo mal que se pasa. Luego cuando te dicen que estás bien es una alegría y coges una fuerza nueva. Creía que algo así podía funcionar para el personaje de Irune y que podía ayudarme a darle ese recorrido que yo quería que tuviera.

Es muy importante la relación de Irune con sus padres: de su padre, que muere trágicamente en la fábrica, conserva recuerdos felices; luego está toda la relación con la madre…

Cuando arranca la novela, no ha superado el duelo, incluso se alquila un piso para estar cerca de las lápidas para sentirse todavía cobijada con ellos cuando está en su casa. Eso tiene un diagnóstico, tanto dolor, tanto tiempo… cuenta que cuando muere la madre se siente perdida completamente y al final lo que tenía era hambre, estaba completamente dejada. Y esa sensación de extrañamiento la mantiene en la novela, aunque va mejorando. Todas las decisiones que toma en realidad son herencia: se acerca a los huelguistas primero porque está nerviosa pero también porque se acuerda de cómo actuó su padre en anteriores movilizaciones; se acerca a la vecina porque le da remordimientos pensar que su madre le echaría la bronca por no decirle ni hola estando al lado… esa herencia, esos valores aprendidos de sus padres en el pasado están muy presentes.

Incluso hay una especie de ritual cuando ella vuelve a la casa de sus padres, en la que se crió, y se pone unos pantalones de su madre antes de ir a comprarse ropa, y eso tiene una fuerza simbólica: como si para rehacer su vida y tomar las riendas de su vida ponerse la ropa de la madre, pasar esa noche en la casa, fuera un último gesto de despedida.

Va a la casa por fin, se enfrenta a los objetos de sus padres. Poco a poco con esos gestos va superando el duelo que consiste en no olvidar, mantener toda la memoria pero poco a poco tirar para delante. Hay un momento que me gustó cómo me quedó, cuando está en la puerta de un cine y suenan las sirenas y tiene un efecto en ella como de alarma, como si le avisaran de que ya es momento de salir de esa fase. La novela es breve pero le pasan muchas cosas demasiado rápido a ella, que tiene la fuerza de saberse sana, que no es poco. Con tanto lastre como el que ella lleva no se puede avanzar, entonces o lo suelta o se queda definitivamente atrás.

Hay una cosa que me llama la atención y es la relación entre Irune y el vecino, que es casi su reverso tenebroso: ella es una hija modélica, y él, un maltratador precisamente de la vecina de la protagonista. Es una manera de hablar de las relaciones entre padres e hijos, que está también en el libro, quizá de forma más diluida.

Ese personaje del vecino es odioso, es un maltratador, no solo con su madre. Y hay otra relación padre-hijo que es la del vecino sindicalista que va con su niño al que le está dando una lección involuntaria que es no ayudes al que tienes al lado. Lleva una camiseta de apoyo a algo y a ella le dice que son sus asuntos y que no se va a meter, y lo que le está dando a su hijo es una lección involuntaria de egoísmo y de muy poca solidaridad.

La novela tiene algo de retrato generacional: esa generación que vivió ETA, la caída de la industria, los cómics; una generación que creció sin internet pero que se sabe relacionar también no presencialmente, de hecho la manera en que la protagonista y uno de los personajes se relacionan es casi virtual.

La manera en que Irune usa la línea de información del horario de trenes se parece mucho a los nuevos modos y a las nuevas plataformas, pero el contenido quizá sea distinto porque para ella es muy importante la voz; la voz transmite calidez y amabilidad igual más que en un chat. Al principio no lo usa para ligar, pero encuentra esa voz tan amable y la busca. Ella cuenta que se abrió un perfil en una red social pero que nadie lo miraba y lo cerró. Es como un regalo que se encuentra en la línea telefónica.

Con respecto a lo otro, sí que tiene algo de generacional, de despedida del modo en que mi generación creció, o al menos una persona como yo, que soy de un pueblo obrero, hija de un trabajador de aceros y que sabe los problemas que tiene la industria. Evidentemente ha cambiado mucho la manera en que se manifiestan. Por ejemplo, Aceros, la fábrica en la que trabajó mi padre anunció que iba a cerrar, todo el pueblo se volcó y hubo unas movilizaciones tremendas –me acuerdo que aquel año fui muy poco a clase, estaba en el instituto– y ahora es impensable porque hay mucha eventualidad, hay mucho trabajador temporal, los sindicatos…, y también que nosotros mismos nos hemos vuelto más individualistas. Ha cambiado mucho la vida en comunidad. Me fascina esto de que ahora con lo de los aplausos y la gente comenta que se ha enterado de cómo se llama su vecino a partir de eso… todo eso lo hemos ido perdiendo sin quejarnos, ha sido casi voluntario, pero para mí ha sido una pérdida de ese sentido de comunidad, de los vecinos, cómo se cuidaban las personas simplemente echando un vistazo, estando un poco atentos, un poco pendientes de la gente mayor, de la vecindad. Y también creo que hemos perdido el paisaje tal y como lo conocimos, eso está más en marcha, pero se está transformando rápido.

Uno de los temas de la novela es la soledad, precisamente, de la protagonista, pero también de la vecina, que quizá ejemplifica eso que estás diciendo. ¿Querías hacer una novela sobre la soledad?

Es que creo que no lo puedo evitar, me parece que aunque escribiera de una fiesta de los ochenta acabaría haciendo una novela sobre la soledad. Me asusta mucho a mí la soledad y la conjuro. He tenido un fuerte sentimiento de soledad desde siempre, aunque haya estado acompañada. La soledad me parece pavorosa, no vivir sola, sino la soledad de no tener alguien a quien llamar y que te escuche sin tener la sensación de que le estás incomodando o hastiando. Esa soledad me aterra.

Otra de las líneas que tiras en la novela es el mundo de las fábricas, aparecen las huelgas y cómo ha cambiado la manera de movilizarse, también la globalización, la robotización y las transformaciones que amenazan un mundo establecido. En algunos momentos recuerda a un cierto cine social, y me pregunto si hay un equivalente literario.

Ahora mismo tengo la impresión de que no se escribe mucho sobre el mundo de las fábricas, algo sí, hay algunas aproximaciones humorísticas al mundo de la empresa, más de la oficina. La generación de los Angry young men sí hablaba de las fábricas, pero luego eso se perdió en la literatura, o al menos como lectora no me he encontrado con demasiados protagonistas que sean trabajadores de una fábrica. Para mí es normal porque es mi mundo, mis amigos trabajan en fábricas y para quedar con ellos tienes que acordarte del turno que les toca. Hay mucha gente que trabaja en fábricas, lo que me extraña es que no haya más reflejo de esa realidad. A mí la literatura de esa generación de ingleses que escribieron sobre las fábricas me llamaba mucho la atención, La soledad del corredor de fondo, de Allan Sillitoe, y otros. Sí que ha tenido sus momentos, también con Dickens, pero lo pienso y tengo que mirar bastante atrás. Puede que me deje alguna novela reciente, pero ahora no me viene.

Por eso preguntaba, me da la sensación de que no es uno de los temas de moda o que no aparece demasiado en las novelas de ahora. Es tu mundo y lo defiendes aunque vaya contracorriente.

Puede que no parezca muy interesante, pero yo creo que el mundo de la industria da para mucho, para muchas tensiones y para muchísimas novelas.

Hay muchas cosas dentro de la novela: por ejemplo, una historia dispersa del papel en Occidente, también una historia de la llegada del eucalipto. O frases más o menos lapidarias que funcionan como resúmenes o reflexiones: cuando Irune habla de las gasolineras, escribes: “venden unos bocadillos malísimos a precio de carabineros, el hilo musical es odioso y la selección de títulos de sus librerías, abominable”; “Considero la amistad una emoción inconstante; en cambio, los enemigos pueden odiarse hasta la obsesión”; “Yo creía tenerlo todo claro y aquel documental, tanta información, me confundía”; “Salvo en los cementerios, el silencio siempre da miedo”.

La lógica de la primera persona que empleo no contrasta la realidad mucho, por no decir nada porque no se comunica con mucha gente, va alcanzando unas conclusiones que para mí son lúcidas pero que parecen estrafalarias. Es una persona reflexiva o casi neurótica que está todo el rato consigo misma; me pareció que sí que podía lanzar esas frases sin que quedara forzado o poco natural. Es su mirada sobre el mundo, y esa voz también me ha permitido que haya una cierta comicidad involuntaria por parte de la protagonista y por mi parte más buscada. Esa mirada suya es lo que más satisfecha me ha dejado del libro.

Antes mencionabas el asunto del paisaje, que es otro de los elementos del libro…

El paisaje se va transformando, no solo por los eucaliptos, que tienen sus defensores porque son muy rentables, pero las gestiones forestales del eucalipto haya que pensarlas mejor. No se puede plantar en cualquier tierra porque drena mucha agua, las copas no son densas, hace que la hojarasca y el sotobosque se secan… Aparte de eso, creo que a estos montes llenos de eucaliptos no podemos llamarlos bosques, para mí ya no son un bosque, son una plantación, pero no un bosque como nosotros los conocimos. Y el paisaje no es solo estético, también es político porque habla de cómo vivimos, de cómo consumimos, con qué velocidad funcionamos. El paisaje también habla de cómo se trata el sector primario, que siempre ha estado en ciertos entornos. Cuando miras el paisaje se ve mucho de la sociedad, el paisaje no son tres árboles y un helecho, el paisaje es político.

Y por eso quizá la resolución que toma Íker, uno de los personajes.

Es una respuesta muy rabiosa. No son bosques, pero hay animales y hay vidas que se llevan por delante. Son respuestas que quizá no se ponderan, pero el personaje está muy rabioso. Lo de los eucaliptos es como la escena de La piel dura, de Truffaut, en la que hay un gato y un bebé en una cornisa y se genera una tensión muy angustiosa. Eucaliptos y gente enfadada es una mala combinación.

Has puesto en la novela todos tus miedos: la soledad, los incendios…

Es ficción ficción, así pretendía que fuera. Pero es una lucha en vano: la mirada de los escritores está en lo que hacemos, aunque sea un personaje muy alejado… si escribo de un dj seguro que acabo hablando de cosas parecidas, con variaciones, sino aburriría a todo el mundo. Pero es nuestra mirada y es nuestra mirada y es lo que hace a cada autor distinto, si no escribiríamos todos de forma muy parecida.