Entrevista con Paula Corroto: “La fascinación por los crímenes que tiene nuestra sociedad es la misma de siempre, pero el consumo ha cambiado” | Letras Libres
artículo no publicado
Álvaro Minguito

Entrevista con Paula Corroto: “La fascinación por los crímenes que tiene nuestra sociedad es la misma de siempre, pero el consumo ha cambiado”

La periodista estudia la cobertura mediática de los sucesos, la fascinación social que ejercen y cómo la historia de un país se puede contar a través de sus crímenes.

El crimen mediático (Akal, 2019), que llega a las librerías esta semana, es el primer libro de la periodista freelance Paula Corroto, especialista en cultura y el entorno digital. Un libro que parte de la premisa de que “la historia de un país se puede contar a través de sus crímenes”. Así, como nos comenta Corroto por teléfono, dos son las bases que alientan esta obra: de un lado el querer “revivir a las victimas, para saber cómo eran y ver a quiénes tenían a su alrededor” (y así les sirve, pues, también de homenaje), y del otro, para confirmar una sospecha que tenía la periodista, la de que el modo en cómo la prensa estaba tratando la crónica de sucesos había cambiado en los últimos años.

De estas dos premisas surgen la forma y los contenidos del libro. En primera instancia, el marco temporal objeto de estudio: diez años, tomando como punto de partida -y de inflexión- la desaparición y asesinato de Marta del Castillo, sucedido en 2009. Y de otro lado, la elección de los casos (cuatro casos con perfiles muy vulnerables: los que involucran a niños asesinados y chicas adolescentes “normales”, guapas o atractivas y de familias no desestructuradas), así como el esquema de cada uno de los cuatro capítulos, que se abren con un perfil/crónica de las víctimas y sus últimos movimientos antes de desaparecer, seguido del análisis de la incidencia del crimen en los medios, su interés y los diferentes picos informativos que producen.

La década del cambio

“La idea del libro -nos cuenta Paula Corroto- surge cuando desaparece Diana Quer, en el verano de 2016. De ver que desde finales de agosto y en los meses sucesivos no se habló de otra cosa; se le dio muchísima importancia en medios nacionales que solían cubrir sucesos, pero de una manera en la que antes no había sucedido”. Y, así, cuando a finales de diciembre de 2017, 16 meses después de su desaparición, detienen a su presunto asesino y este confiesa que ha sido el autor del crimen y consiguen extraerle información sobre el paradero del cadáver, Corroto se da cuenta de que algo ha cambiado: “La información de sucesos pasaba por encima de los temas de política o economía”, afirma. Y se dijo: “está pasando algo en los medios con los sucesos que no es muy normal”.

Para ver si su intuición era cierta, primero habló con diferentes periodistas de sucesos, Mayka Navarro (La Vanguardia), Cruz Morcillo (ABC) y Oscar López Fonseca (El País), y ellos le confirmaron que sí, que en efecto algo estaba cambiando. De ahí surgió el artículo, publicado por Letras Libres, “Por qué nos fascinan las noticias de sucesos” y, seguidamente, la investigación ya con datos objetivos y medibles para este libro, que le llevó un año de trabajo de visionado de programas de tv y lectura de periódicos en papel, suplementos, digitales y búsqueda y rastreo en las redes y foros.

Lo que hace Corroto en El crimen mediático es muy interesante y valioso, ya que nos permite ver de una manera diáfana no solo cómo ha cambiado la forma en la que el espectador/lector consume las noticias de sucesos, sino también el estilo y los mecanismos narrativos a través de los que se vehicula esta misma información para dar respuesta a esa demanda (virando en muchas ocasiones hacia la especulación infundada del amarillismo y el morbo de la prensa rosa), en una suerte de endiablada maquinaria de retroalimentación contra la que tienen que luchar, día a día, los propios periodistas de sucesos.

Corroto nos ofrece en su investigación datos concretos que sirven para mapear la evolución de la intensidad informativa que generan los crímenes, así como sus causas. Son tres, en opinión de Corroto, las razones para este cambio: el desarrollo de las redes sociales, la voracidad insaciable de noticias de los periódicos digitales y la canibalización informativa de las televisiones, que son quienes -paradójicamente- están marcando la agenda noticiosa (y arrastrando a todos los demás medios). Detrás de estas tres razones se hallan la tan cacareada crisis del periodismo, que ha forzado a los medios a buscar el click desesperadamente, y una creciente “desconfianza en el Estado de derecho”, amplificada por el griterío de los foros y las redes sociales. Contra este percepción creciente de que las penas en España son demasiado bajas (y en torno a la cual se articula el debate de la prisión preventiva revisable), afirma Corroto que, en realidad, “en España matar no sale nada barato”, siendo uno de los países europeos donde las penas tienden a ser más altas. La justicia, además, es eficaz: “Hay datos que reflejan que en nuestro país el noventa y pico de los casos acaban en condena. Esto no sucede en otros países”, explica Corroto.

Necesitamos una buena historia

A los seres humanos nos hace falta entender la realidad, sobre todo cuando nos resulta incomprensible y nos amenaza con su maldad. Pero también necesitamos la tranquilidad de saber que se ha castigado al transgresor de la norma y que pagará por ello. De ahí surgen los cuatro casos (todos ellos paradigmáticos) que elige para estudiar en su libro Corroto: el del asesinato de Marta del Castillo; el de Ruth y José, los niños de seis y dos años a quienes mató su padre, José Bretón, para vengarse de su exmujer; el crimen que acabó con la vida, una madrugada, de la joven Diana Quer; y el asesinato del niño Gabriel Cruz, por parte de la novia de su padre, Ana Julia Quesada (y cuyo veredicto acaba de hacerse público hace unos días).

Los cuatro casos comienzan como una desaparición que, de inmediato, abre una narrativa muy concreta: se ha de resolver el enigma, se ha de encontrar a la persona desaparecida. El caso de Marta del Castillo marca un punto de giro, al ser los padres los que empujan las investigaciones, con constantes ruedas de prensa desde el mismo portal de su edificio, consiguiendo así que no decaiga el interés informativo. El caso de José Breton es paradigmático al tratarse de uno de los primeros en los que se produce un amplio linchamiento virtual en las redes sociales. Por su parte, el asesinato de Diana Quer evidencia la voracidad muchas veces falta de ética de los medios y su necesidad de dar forma a una historia cuando no se tienen elementos para contarla. Así los medios convirtieron a la familia de Diana Quer en una “novelita rosa”, escribe Corroto, quien añade que, en este caso, “todo fue rocambolesco y enrevesado”. Y finalmente, el caso del niño Gabriel Cruz, que refuerza la idea de la necesidad narrativa (aquí con la dialéctica del “pescaíto” y “la bruja” -el niño Gabriel frente su asesina, Ana Julia Quezada-) y, por otra parte, marca un extraño momento de canibalización del dolor ajeno por parte de la política. Así, el ministro Juan Ignacio Zoido, desde las primeras horas de la desaparición se puso al lado de los padres, participando en la búsqueda. No es un detalle menor mencionar que la propia madre de Gabriel le regaló al ministro Zoido la bufanda azul de su hijo que llevaba puesta durante los doce días que duró la búsqueda.

El estallido mediático

Paula Corroto investiga las razones por las que un caso se vuelve mediático y otros no. Uno de los primeros detalles importantes es que se abra el suceso con una desaparición, que da pie a una narrativa que se ha de rellenar y permite construir un relato seriado. Tiene un punto de giro con la detención del asesino (la audiencia necesita dar una respuesta al misterio de quien desaparece, saber qué ha pasado y, enseguida, conocer quién ha sido su asesino, en el caso de que haya habido un crimen).

Corroto marca cuatro factores fundamentales para el estallido en la prensa, la televisión y las redes de un caso: el uso de la potencialidad de los medios de comunicación por parte de los padres (así ya no hay solo una fuente oficial), la edad y el sexo de los víctimas (niños o jóvenes mujeres adolescentes), el empuje del movimiento feminista que ha permitido que proyectemos sobre estos casos nuestras inquietudes y, finalmente, las redes sociales, que “han sido un elemento disruptivo en el tratamiento de los sucesos en estos diez años”, provocando en muchos casos, una pérdida total o casi total de privacidad de las víctimas y su entorno. Esto tiene varios efectos, fundamentalmente dos: la identificación que se produce con la víctima (en el caso de las chicas jóvenes) y la pérdida de autoridad de los medios y, como comentábamos antes, la poca confianza en el Estado de derecho, que han provocado una extensa rumorología, llena de conspiraciones y teorías extravagantes que saltan, muchas veces sin filtro, a los medios. Pero, tal como recoge Corroto en su libro y dejó dicho la escritora Sara Mesa en su momento, aquí no hay nadie impune, pues también existe la responsabilidad de la audiencia, quien elige qué y cómo consumir las noticias de sucesos.

A su vez, Corroto señala, “creo que no se ha de focalizar en los medios, sino que las decisiones vienen de más arriba, son los responsables de la cobertura mediática de un caso los que deciden el espacio que se dedica a los sucesos. Los periodistas a pie de calle se ven obligados a sacar noticias de donde no las hay o repetir lo ya sabido para cumplir con el tiempo de emisión”. Y continua: “La pauta la llevan las televisiones, porque aparecen en la mañana con los temas y esto arrastra a la web, que es un monstruito que necesita comida todo el rato. En el papel, sin embargo, una página se puede solventar con tres o cuatro noticias”.

No obstante, apunta Corroto, esa tensión informativa que obliga a los periodistas de sucesos a sacar noticias compulsivamente para saciar la demanda de la audiencia no es privativa del periodismo de crímenes y se produce también en los ámbitos de la economía o de la política. Por fortuna, la crónica de crímenes está encontrado nuevos espacios donde tratar de manera más objetiva, profunda y menos urgente los casos: podcasts, series y libros como el que nos ocupa dan fe de que el interés y la fascinación por la crónica de sucesos sigue vigente como en los primeros días del periodismo. Pues, como decíamos al principio, una forma posible de entender una sociedad es a través de sus crímenes. Y estos cuatro que estudia Paula Corroto en su libro El crimen mediático nos dicen muchas cosas sobre nosotros, sobre cómo somos y sobre cómo hemos cambiado en estos últimos años.