Entrevista a Miqui Otero: “Parecía que la Historia con mayúsculas ya no imponía un guion en nuestras vidas” | Letras Libres
artículo no publicado
Elena Blanco

Entrevista a Miqui Otero: “Parecía que la Historia con mayúsculas ya no imponía un guion en nuestras vidas”

'Simón' se abre con la inauguración de las Olimpiadas de Barcelona y llega hasta después de octubre de 2017. Su protagonista pasa de la ilusión al desencanto en esta novela de novelas.

Simón (Blackie Books) de Miqui Otero (Barcelona, 1980) es la historia de Simón, que se cría en el bar de su familia pelando patatas para la mejor tortilla del mundo, pasa por una escuela de cocina donde siempre están vigilados por cámaras, casi triunfa en la cocina de vanguardia y vuelve a su barrio. Entre tanto, admira a un primo que se esfuma y le deja mensajes en novelas de aventuras, deja de leer y ve cómo la promesa de la Barcelona olímpica se convierte en un juego de ilusión colectiva: la novela se abre con la inauguración de Barcelona 92 y llega hasta después del 1 de octubre de 2017. Pero Simón no toma partido en los acontecimientos. La novela está llena de guiños, pueden rastrearse versos de canciones, hay citas de libros y un retrato luminoso del desencanto.

Simón es el nombre del protagonista y sirve también como ojo a través del que vemos la historia. Se muestra deliberadamente elusivo del protagonismo en la historia colectiva, en los grandes eventos, pero también de la suya: es alguien que huye…

Uno de los primeros feedbacks que tuve de la novela fue Isaac Rosa, que la leyó antes de que se publicara y dijo algo así como que le gustaba que discurría la historia del país de fondo, pero sin que pareciera los Episodios nacionales. Uno escribe más por sus limitaciones que por sus dones, y desde luego yo no haría eso bien y tampoco pretendo hacerlo. En cambio, me parece bonita la idea de que sales sin querer en una foto. Me gusta ese que pasa por ahí y sale en la foto sin ser el protagonista. Me molan las novelas en las que el héroe de una forma accidental aparece entre esos episodios pero no los protagoniza. Eso también está al servicio de una de las intenciones que tenía la novela. Durante un tiempo parecía que la Historia con mayúsculas ya no imponía un guion en nuestras vidas, no incidía en nuestras vidas, desde los noventa, con la idea de que se había acabado la historia y que teníamos el completo control sobre lo que nos pasaba. Y últimamente esto no ha sido así, la prueba más evidente, fuera de la novela, es la última crisis sanitaria. Sí que me interesaba que aparecieran estos episodios históricos de alguna manera también para demostrar cómo podían influir en la vida de un personaje incluso cuando pensábamos que no. Sí había la intención de plantear un personaje que fuera un niño durante la euforia de la Barcelona del 92, que tuviera esta fe ciega acrítica en el porvenir, en el cambio a mejor, en el poder escribir tu historia, etc. y que acabara en un momento donde ese sentimiento, incluso el sentimiento colectivo, se había arruinado, donde la nota dominante no era el entusiasmo acrítico sino el descreimiento, incluso la distancia irónica o el cinismo. Me apetecía que la historia, no solo la de Simón, sino lo que sentía Simón, cómo lo veía, incluso el tono de la novela, cómo yo lo escribía, cambiara a cada momento histórico. Era algo que quería que estuviera, que en las novelas anteriores no estaba. Igual es porque me estoy haciendo viejo.

La novela empieza en el año 92, que ahora hay como una especie de revisión de toda esa euforia, y va caminando hacia una especie de desencanto, en lo colectivo, pero también en el propio Simón.

En el primer tramo de la novela, Rico, el primo, le habla de los trucos, de la magia, y son un poco semillas, que intento que no suenen demasiado solemnes, pero que están ahí sembradas para luego recogerlas yo. Recogerlas cuando sale el nacionalismo en el último tramo, o cuando ese truco ya no funcione porque la gente no se lo cree. Y el truco básico es el de la inauguración olímpica, la flecha que no cae en el pebetero y la idea de que no nos lo creímos porque estuviera bien hecho el truco, nos lo creímos porque queríamos creerlo. Ese mismo truco ejecutado con la misma precisión ahora generaría un meme explicando que la flecha no ha caído ahí ni de broma. Por eso me gustaba arrancar ahí y acabar ahora, que es un momento contrario.

Lo de que se esté repensando ahora supongo que es una cosa generacional, pensando en El año del descubrimiento, que es una peli increíble, maravillosa, que lo hace con un tono mucho más duro y muy diferente al de mi novela. En mi caso, la apuesta formal va en paralelo a lo que quiere explicar la novela, que va cambiando de tono y de registro a medida que cambia la mentalidad del país, y es algo que Luis López Carrasco, a quien no conozco pero que me parece un tío muy talentoso, también hace con la apuesta de que todo pasa en el mismo bar, de que se ambiente como en un vídeo rescatado del 92… Hay que perderle miedo a este tipo de juegos formales que cuando no son fríos funcionan bien. También leí hace poco el ensayo Cómo hemos cambiado, de Juan Sanguino, que de una forma mucho más popera lo explica muy bien: en ese momento el país era adolescente y ahora hemos crecido y es el momento de reevaluar lo que vivimos. Es una cosa generacional.

Y cierras con otra inauguración, la de la librería, que es una inauguración más pobre, pero más emocionante.

No lo había pensado, pero es guay porque además están los mismos personajes, casi. En la de los Juegos está todo el bar mirando y en la de la librería están los mismos personajes, y además él ha vuelto a leer después de haberlo dejado mucho tiempo.

Simón es una novela muy ambiciosa en lo literario. Tiene tres libros y va cambiando en función de la sociedad. Tiene algo de novela de formación, pero también tiene algo distópico con la parte que sucede en la academia de cocineros, y también de novela familiar y de novela de aventuras.

Quería aproximarme a la misma historia desde diferentes tonos o casi subgéneros. La cosa distópica es importante porque el primer latido de la novela es ese, me doy cuenta de cuál es la novela escuchando “Dame más gasolina”, en la fiesta mayor de una aldea de Zamora y conocí a un chaval que había sido becario en todo este tipo de restaurantes y me explicó su experiencia en el submundo de estas cocinas. Cuando volví a casa después de la fiesta, me iba a cortar un trozo de pan, vi el cuchillo y pensé que eso era una espada, entonces sería un espadachín, le gustarían esas novelas y de ahí sale todo. Y desde el primer momento en que el tipo me estaba explicando esa historia yo lo veía como una distopía, cuando me empezó a explicar lo de las cámaras de circuito cerrado, lo de los falsos contratos, lo de no poder relacionarse con gente de otra “casa”, todo eso me lo explicaba y yo pensaba es una novela de ciencia ficción.

En la novela es muy importante la relación con quienes admira, los héroes de la vida, en este caso el primo, pero también los de la ficción.

Admira a los héroes porque cree en el heroísmo, es como cuando se cree en estas palabras universales en las que luego dejas de creer, todas esas palabras que luego la vida se encarga de matizar. Sí que cree en esos héroes pero porque ve en ellos a su primo y lo que él quiere ser. Es como cuando está leyendo los libros subrayados y no es que no le interese el destino de Scaramouche, pero él no lee tanto para saber qué les pasa a los personajes como para saber qué ha fascinado a su primo. Al final, el verdadero héroe es el que tienes al lado. Y luego que en las novelas que él lee existe ese tipo de heroísmo y en las novelas más contemporáneas ya no existe y por eso desde el primer momento pongo la cursiva en la palabra héroe, para que tenga desde el primer momento una cierta distancia irónica.

En Simón, los libros funcionan como un elemento narrativo más. Son un mapa del tesoro porque le sirven para acceder a su primo que ya no está y también son un tesoro porque esconden el dinero, y también las canciones son un elemento narrativo. Me gusta esa mezcla de literatura y pop, convive The Cure con Balzac.

Forma parte de la educación sentimental al mismo nivel, y luego hay otra cosa: no se puede armar algo convincente solo con materiales nobles. ¿Por qué molan las novelas de Dickens? Porque habla desde el mendigo de al lado del Támesis hasta el rey. Si lo que intentas es empalabrar la calidad de la existencia, si lo que pretendes es atrapar todo eso, lo tienes que hacer con materiales diversos, con mimbre y con material más noble para que sea convincente. Y luego porque es lo que te sale porque es lo que para ti también es importante, para mí es igual de importante “Boys don’t cry” que Eugène Grandet, por eso aparecen las dos. Tiene que ver con eso, con que ya lo vives así. En otras generaciones ya pasaba, las novelas tenían letras de boleros o de piezas de clásica o a lo mejor en una novela de entreguerras del siglo XX los adolescentes iban a la ópera y entraban al café haciendo gestos como el actor de la ópera, que sería el equivalente a Rico haciéndose el rockero o el punk, siempre se ha hecho, lo que pasa es que el universo de referentes se renueva. Hay que desconfiar cuando una novela está llena de name dropping de cosas pop sin más, pero no cuando está trabajado.

Hay un asunto central en la novela que es el ascensor social, que está roto, y en eso entronca con una especie de picaresca, pero también con Marsé y con una serie de escritores que hablaban de la clase social pero de una manera nueva.

Sí, no era la manera dickensiana del obrero bueno que todo lo hace bien. En Marsé, por ejemplo, no son necesariamente bondadosos o virtuosos, eso me parece importante. No son lo que una persona con más dinero y privilegios cree que son. Tienen sus pulsiones, que son fruto del sitio donde han crecido. No puedo escribir desde el mismo sitio que Marsé porque era casi primera generación, era un tío que no completó sus estudios, y yo soy universitario, tengo un título que casi no cuenta, pero estudié una carrera, se me escolarizó en catalán, no puedo pretender tener las mismas pulsiones que tiene un novelista hace cincuenta años, pero sí determinados tics porque además de en la vida aprendes con los libros. Para mí Marsé, Mendoza o Casavella son escritores muy importantes, no solo por su manera de escribir sino por su manera de ver el mundo. Hace poco le leí una cosa a Alejandro Zambra, porque a él le preguntan un poco lo mismo, pero habla de Chile y de poetas y Bolaño. Y él dice: “Mis personajes se parecen a los de Bolaño como un hijo a un padre”. Es decir, hay algo en su genética que hace que tenga determinados gestos o incluso rasgos físicos, pero muchas veces es lo contrario, muchas veces se comporta precisamente al revés de cómo se comportaría su padre o está más domesticado o trabaja en otro ambiente más cálido, más cómodo. Me pareció una respuesta perfecta.

Casavella es uno de los escritores que más te marca, su espíritu está siempre en tus libros…

Sí, será difícil que no esté, por varias razones. Primero porque me parece el escritor más talentoso de España en las últimas décadas, no soy muy objetivo, pero nadie que emite una opinión lo es. No solo por sus libros, que me parecen prodigiosos, y al margen de la influencia directa que pudo tener sobre mí, que no se parece en nada a la de Simón y su primo, porque en mi caso, empecé a tener un contacto más o menos cercano con Casavella cuando yo ya era posadolescente y andaba diciendo que quería escribir. Hasta ese momento era un personaje que veía de vez en cuando, pero era casi mitológico. Me acuerdo que en la solapa de Triunfo, su primer libro, decía que había sido chófer de una vedette del Paralelo y resulta que no tenía ni carnet de conducir. Luego sí, a los diecinueve o veinte años empecé a quedar a comer con él una vez a la semana en un bar del Mercado de Sant Antoni. Entonces yo ya había empezado a escribir en fanzines y él me animaba, veía ahí cierto talento o ciertas posibilidades. Es importante para mí para ver la vida de una forma luminosa pero a la vez desconfiada. Tiene que ver con cómo veo las cosas, aunque con otro tono muy diferente al suyo, más domesticado. Me influye de una manera directísima porqueme retó, me dijo: “A que no publicas una novela antes de los treinta”. Y la publiqué a los veintinueve y mucho, lo que pasa es que él no lo vio.

Tengo siempre cerca Elevación, elegancia y entusiasmo, sus columnas editadas en Galaxia.

Es increible ese libro. Martí Sales dice que es como una especie de I Ching, que lo puedes abrir por cualquier punto. Ya solo el índice onomástico es la bomba: Fofito, Faulkner, ya solo con eso ves toda la paleta. Siempre da como un cierto respeto, no ser como el momento ese en que Simón se pone los zapatos del primo cuando se ha ido y se cae, que es una escena de Barry Lyndon, en realidad. Siempre te da como reparo ser el idiota que se pone los zapatos que le van grandes. Está ahí, está por ejemplo en la W que ven cuando tiene la conversación con Ona y ven la W del hotel Wella cuando están en Montjuic. Y esa W es un recordatorio de que ese tipo escribió la ciudad de esa manera y también es un recordatorio de que la ciudad ha fracasado.

Pensando en guiños, me gusta mucho cuando Simón ve a Miqui Otero firmando su primer libro en Sant Jordi.

Es una recreación de mi primera firma, de Hilo musical. Más allá de la coquetería, me hacía gracia la idea que planteo hacia el final de que no se sepa muy bien quién ha escrito la novela.

En Simón no hay miedo a lo cursi ni a lo sentimental, que no sentimentaloide, por ejemplo con el leit motiv de “cuando acabe esta historia vas a llorar”. Encuentras siempre la emoción y la ternura y me da la sensación de que te sale de manera innata.

Eso sí tiene que ver con la música, la novela no tiene muchas canciones nombradas, solo al principio. En las canciones no se es moroso con los sentimientos, se entregan de una manera mucho más frontal. De hecho no me di cuenta, pero la frase “Cuando todo esto acabe vas a llorar” lo vi en una reseña reformulada, “Toda historia de amor es una historia de llanto”, y es de una canción de Belle & Sebastian, “Get me away from here, I’m dying” (I always cry at endings).

Si pudiera definir el tono que me gusta en una frase, sería: si ves a una persona llorando, empatizas, pero si ves a una persona mal pero haciendo el esfuerzo por estar bien eso me conmovueve mucho más. Alguien que está verdaderamente mal pero que intenta sonreír y fracasa. Ese es el tono con el que intento escribir: alguien triste que intenta sonreír. Al no tener miedo a ser cursi ayuda el hecho de que escriba solo, si hiciera una canción y tuviera que presentarla y como que me viera el bajista, me daría vergüenza. O si fuera una peli y tuviera ahí al ayudante de foto mirando las cursiladas seguramente me cortaría un poco. Pero como realmente creo en esa cosa un poco mágica de que tú escribes solo y te leen solo, es casi como una confidencia, no me da miedo.