Entrevista a Miguel Pardeza: “En la escritura no se triunfa nunca” | Letras Libres
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Entrevista a Miguel Pardeza: “En la escritura no se triunfa nunca”

Miguel Pardeza publica Angelópolis, un ambicioso y mestizo libro que mezcla la autoficción con lo puramente narrativo y el ensayo.

“México me dio un libro, que no es poco, pero más allá del regalo literario, me ganó tiempo para ir haciéndome a la idea de lo que se me venía encima, una etapa completamente nueva en mi vida, de la que no tenía ni idea si saldría o no airoso. Aparte, el conocimiento de primera mano de un país fascinante, en todos los sentidos imaginables, geográfico, histórico, cultural. En Puebla viví ese universo universo marcado por el desafuero pasional, las violentas contradicciones y lo sobrenatural elevado a categoría social, propio de las novelas de García Márquez. En gran parte de Sudamérica no hace falta recurrir a la imaginación para componer un relato mágico al modo del genio colombiano. Basta abrir los ojos para que esa realidad alucinada, sobredimensionada, donde lo imposible se concreta como si tal cosa, se te revele con total normalidad”, dice Miguel Pardeza Pichardo (La Puebla del Condado, Huelva, 1965), editor y estudioso de César González-Ruano y autor de otro libro autobiográfico, Torneo (Malpaso, 2016), donde narraba sus inicios en el fútbol y su llegada al Real Madrid. Ahora publica Angelópolis (Renacimiento), donde convive la autoficción con la fabulación pura o el ensayo.

¿Cómo define usted Angelópolis? ¿Es autoficción, una novela reflexiva, un manantial de historias, un relato con diversiones incursiones en el ensayo más o menos narrativo?

Es una obra mestiza, en la que he querido que los distintos géneros se alternaran con total libertad, incluso que se confundieran o se sucedieran dentro de un inequívoco propósito creativo, es decir literario. En este sentido Angelópolis es una obra de ficción hasta tal punto que incluso los ensayos los escribí dejándome llevar con fines estéticos más que académicos o críticos. La verdad o la mentira no me han supuesto ningún obstáculo a la hora de escribir, pues la única verdad que me ha preocupado de verdad ha sido, desde la primera hasta la última página, la verdad estética.

¿Recuerda cómo surgió el libro, qué buscaba?

La idea original del libro solo tenía dos pilares: uno, el escenario principal, México, Puebla; y dos, el ocaso, el final de mi carrera deportiva. A partir de aquí la novela, o artefacto creativo, como quiera llamarse, se fue haciendo por su cuenta, ayudado eso sí por algunas anécdotas autobiográficas, la memoria y la imaginación. Y en algunos casos también con cierta bibliografía que tuve que consultar, particularmente para todo lo relativo a los autores (Miguel Delibes, Albert Camus, Nahui Olin, Pasolini, etc.) de los que hablo y otros episodios que no podía conocer de primera mano.

Dice: “Al final, todo se limita a un relato de emociones y sentimientos, articulado a partir de unos cuantos hitos”. Y la cita se prolonga un poco más. ¿Cuántas novelas tiene una vida, se deja alguna vez de tener miedo?

No, el miedo forma parte de nuestra naturaleza. Es uno de los instintos más primitivos, que lleva con nosotros desde la creación. Sin miedo la vida sería otra cosa, no sé si mejor. Y respecto al número de novelas que caben en una vida, supongo que solo una, aunque admite diferentes versiones. O eso creo. La historia del arte no es otra cosa que contar las mismas historias de formas distintas, adaptándolas a los tiempos.

Por cierto, este es un libro sobre el fracaso, pero también reflexiona sobre el triunfo literario. ¿En qué consiste, cuándo podemos creer en serio que se triunfa en la escritura?

En la escritura nunca. Otra cosa es el éxito social a cuenta de la escritura. De esto hay muchos casos y me parece bien. Sin embargo, no soy de los que creen en la perfección artística, aunque, para qué negarlo, algunas obras han llegado muy cerca de conseguirlo. Las demás pueden conformarse si logran un cincuenta por ciento de perfección. Bueno, y más allá de esta reflexión sin fundamento, y dando por sentado que no existe un canon universal de perfección, está claro que esta estará siempre a merced de la propia subjetividad.

Hay un puñado de historias de amor en el libro. Una, secreta, es la de Hannelore y Rosendo, que usted narra como testigo. ¿Qué le atrajo o perturbó de ese relato?

Varias cosas, pero por resumir, en el caso de estos dos, la diferencia cultural. Hannelore, alemana, es un alma libre, que entiende el amor desde un hedonismo sin compromiso alguno, mientras que Rosendo no puede pasar de un amor convencional, ciertamente machista, cuya supremacía o mejor dicho su complejo de superioridad, una vez que fracasa, lo lleva a la autodestrucción. Y también, la reflexión de la esposa de Rosendo, que, en un acto sorprendente, pero quizá no tan raro, termina culpándose a sí misma de la infidelidad de su marido.

Quizá la gran historia de amor sea la suya con Marta. Al principio está ahí como de testigo, de compañera, de esposa, pero al volver de México es como el espejo de sus contradicciones, casi un juez. ¿Qué le debe?

Treinta años de compañía, dos hijos, haberse convertido en el espejo que me ata a la realidad, que neutraliza los demonios de la vanidad, tantas cosas, que no cabrían en esta respuesta. Cuando surgió la posibilidad de marcharnos a México, en 1997, nuestros dos hijos, Cristina y Daniel, tenían seis y tres años. La idea era profesionalmente atractiva, no voy a negarlo, pero requería entereza para abandonar las comodidades y la familiaridad de tu país para emprender una aventura como aquella. Sin una mujer como Marta, aquello puede que no hubiera sido posible. Creo en las mujeres, cabe decir lo mismo de los hombres, de las personas en general que suman, no en las que restan. Sin ella, es más que seguro que todo lo que vino a continuación no hubiera tenido lugar. No se me ocurre mejor reconocimiento ni más humilde de mis limitaciones y de su ayuda.

Uno de los capítulos más intensos es el dedicado a Albert Camus.

En mis años adolescentes, cuando más y peor leí a los existencialistas, mis preferencias estaban por Sartre y Simone de Beauvoir, a los que frecuenté apasionadamente, pero sin criterio ninguno, dando por bueno todo lo que decían. Camus era la figura atractiva sin mucha garra filosófica, más allá del incipit de El mito de Sísifo, a la que faltaba hondura de pensamiento, en el sentido de petulancia universitaria, no había leído a Husserl, ni siquiera, pese a convivir junto a marxistas irredentos, al propio Marx. Era un alma libre que iba en efecto por libre. Además, era guapo. Digo en mi libro que pocos como él supieron fotografiarse con una colilla entre los labios con ese glamour propio de galán hollywoodiense. Su muerte y su testamento maravilloso, El primer hombre, me sacaron de mi inopia. Por suerte.

Siempre le han interesado los autores raros, de segunda fila en apariencia, con una existencia entre pintoresca y desmesurada, o tal vez oculta. ¿Quiénes eran Díaz Mirón y Nahui Olin, de la que escribe Juan Bonilla en Totalidad sexual del cosmos?

Diaz Mirón fue uno de los poetas más salvajes, arrogantes, y maravillosos de la poesía modernista o premodernista mexicana. Leí Lascas como el novicio obnubilado ante la grandeza de su maestro. Un tipo singular, duelista, macho como son los machos de aquellas tierras, que pasó por la cárcel tras perseguir a uno y descerrajarle dos tiros por una cuestión de orgullo y amor. Un resumen perfecto de lo que significó la unión, no siempre bien llevada, de dos mundos dispares: Europa y América. En cuanto a Nahui, la belleza más deslumbrante en siglos, fue una poetisa, pintora, amante del Dr. Atl, muralista y volcanólogo, con quien protagonizó el mayor escándalo moral del México revolucionario. Un espíritu sensible, ultrasensible, que acabó sola, rodeada de gatos y hablando con el sol, la única lealtad que conservó a lo largo de su vida de película.

Su idea original de escribir un libro vinculado al fútbol persiste en el resultado final de Angelópolis en varios capítulos, pero especialmente en el de Pier Paolo Pasolini. Sostenía que el poeta del año debía ser el máximo goleador de la Liga… y era un defensor absoluto del fútbol.

La idea de incluir a Pasolini en el libro la tomé de Caro diario, de Nanni Moretti. Concretamente, de la escena en que Moretti en Vespa se dirige al campo de fútbol que está en el Idroscalo de Ostia, mientras suena el primer movimiento del Concierto de Colonia de Jarrett. Invito a quien no la haya visto que se la ponga en Youtube, una obra maestra que te eleva por el dolor más allá de la vulgar realidad. Allí murió Pasolini, asesinado vilmente. Lo demás lo encontré en los miles de testimonios que nos dejó Pasolini de su amor al fútbol. Si alguien amó este deporte sin tapujos, por encima de cualquier prejuicio culturalista, fue él.

Aunque tenía poco que ver con el fútbol, por más que entrevistase a futbolistas, vuelve aquí a César González-Ruano, caído más en desgracia que nunca. ¿Qué significa para usted y por qué debemos seguir leyéndole?

Antes que nada porque fue un excelente escritor. Después porque fue un testigo atento de su época –la Primera Guerra Mundial, la Guerra Civil, la Segunda Guerra Mundial– que nos dejó crónicas extraordinarias, artículos que crearon escuela. Otra cosa es el personaje al que lo ha perseguido, a veces con razón, y otras con muy mala baba, una leyenda lamentable, de dandi inescrupuloso, de inmoral, de cínico, de granuja, etc. Hace un tiempo le quisieron dar la puntilla con un libro apriorístico que, pretendiendo demostrar su nazismo criminal, se quedaba casi en el mismo punto de partida del que empezó. Con todo, siempre nos quedará su elegancia y su talento para escribir casi de nada como si nos estuviera descubriendo algo totalmente nuevo. Con eso debería bastar.

El libro está lleno de detalles. De repente, Miguel Pardeza aparece por ahí como presunto candidato político.

A mí la política nunca me interesó hasta que empecé a tomar conciencia de que la política te persigue, aunque trates de esquivarla. La política es como el dinosaurio de Augusto Monterroso, siempre está ahí por pronto o tarde que te despiertes. Lo cierto es que nunca fui candidato a nada, aunque, es verdad que no me faltaron oportunidades de serlo.